Las locuras de Jairo Cuéllar

En el centro, Jairo Cuéllar.

El político tolimense “que fue borracho, parrandero y jugador”. 

Nancy, traiga más hielo que se acabó”, le dice José Jairo Cuéllar a su mujer, en la sala de la casa del barrio La Francia de Ibagué, donde la parranda comienza un jueves a las 10 de la mañana. Cinco minutos después la letanía se repite: “Nancy, pida dos botellas más de Old Parr”. Al rato: “Nancy, vaya encargando tres pollos pal’ almuerzo”. La sumisa mujer, sin rechistar palabra, y con la paciencia de Job, atiende los deseos de su marido que podrían llegar a desesperar a cualquiera que no conozca al loco Cuéllar.

Las nuevas generaciones quizá no escucharon de José Jairo Cuéllar Devia, menos ahora que el oficio de la política está tan desvalorado y es sumamente repudiado por los jóvenes y quienes opinan en las redes sociales al vaivén de las tendencias. Cuéllar, ha sido alcalde de Espinal, diputado del Tolima, y por quién sabe qué designio oscuro o mágico llegó a sentarse ¡en una curul del Senado de la República!

Pero todo lo ha aventado, fiel a su personalidad de gocetas y desabrochado. A los seis meses de posesionarse renunció a ser alcalde de Espinal. De la Asamblea salió porque dijo que allí había mucho bandido. Y la palomita en el Congreso, donde ‘legisló’ en la Comisión Séptima del Senado, le duró hasta que el antioqueño Luis Alfredo Ramos, le ordenó abandonar el Capitolio. Pero mientras fue congresista, y en una borrachera donde el Deportes Tolima se jugaba la clasificación a una final en Ibagué, Cuéllar increpó al dueño del equipo, Gabriel Camargo, agitando en la mano un carné y diciéndole a grito herido “es que yo también soy senador”.

Sus desafueros y escándalos son memorables y peligrosos: ha estrellado autos nuevos contra un hotel en Espinal donde no lo dejan entrar a parrandear; echa bala al aire donde vive, motivo de sus constantes mudanzas; y en una emisora de Ibagué lo vetaron porque en una entrevista al aire cogió a madrazos a un oyente que se atrevió a increparlo.

No se conocen sus estudios o pergaminos, ni su grado de preparación o que haya alcanzado título en área alguna del conocimiento, pero para la muestra este botón, referido por uno de sus amigos: “llegamos a la finca y Jairo dijo mire ‘mandé a hacer el portón, y en cada puerta, bien grandes las iniciales mías. La jota de Jairo y la Q de Cuéllar’”.

Alfredo Gutiérrez, en el último cumpleaños de Jairo Cuéllar.

En una ocasión organizó su cumpleaños en Espinal, con más de 500 invitados, entre los que se encontraba el propio Luis Alfredo Ramos, o el gobernador del Tolima, Fernando Osorio (2005 – 2007), y otros dirigentes. En medio del convite, Cuéllar ordenó que 12 personas que él escogería ingresaran a una sala VIP, con aire acondicionado, meseros y demás atenciones. Una vez adentro, Ramos se quejó porque no aparecía su lapicero, un costoso bolígrafo que valía varios millones. Jairo Cuéllar se paró en la puerta, llamó a sus escoltas y les ordenó: “háganme el favor y nos requisan a todos porque acá hay un ladrón”. La ironía y la carcajada fue general porque el salón estaba lleno de políticos que son conocidos por todo, menos por su sentido altruista y desprendido y por la avaricia desmedida al dinero.

En esa misma fiesta, apareció completamente ebrio un anciano que iba de mesa en mesa, increpando a los comensales, buscando problema y hasta repartiendo uno que otro puño. Cuéllar se dirigió hacia la tarima, tomó el micrófono y anunció para prevención de los asistentes: “mucho cuidado con mi papá que él es muy peligroso”.

Su último cumpleaños, en septiembre de 2016, estuvo amenizado por el rey vallenato Alfredo Gutiérrez (foto).

Jairo Cuéllar reparte su tiempo y en temporada de festival vallenato es común verlo con cantantes y compositores en Valledupar. Son compadres suyos varios de los Zuleta, los Gnecco, los Araújo y uno que otro paraco y ‘mágico’ de La Guajira y zonas circundantes de la costa norte colombiana.

Muchos se preguntan de dónde saca dinero para parrandear a lo grande y vivir sin estrechez y consagrado a la adoración del dios Baco. En sus buenos tiempos, Cuéllar llegó a poseer más de 300 hectáreas arroceras en Espinal, que no cultiva él, sino que arrienda a otros agricultores. Por cada hectárea le pagaban dos millones de pesos cada semestre, con lo que al cosecharse dos veces en el año, Jairo Cuéllar fácilmente se embolsillaba 1.200 millones de pesos, mismos que derrochaba en viajes, joyas, mujeres y whisky.

Sobre esto último, fue conocida su fama de Don Juan y conquistador. A unas las seducía con atenciones y a otras las convencía a golpes de chequera. Jairo Cuéllar se ufanaba de haber gastado sus buenos millones con una exreina de Colombia, que llegó a Espinal en total sigilo, para pasar con él una noche, en tiempos en que no se popularizaban todavía las chicas prepago. Es célebre la anécdota que protagonizó en el aeropuerto Perales de Ibagué cuando para llamar la atención de la diva Amparo Grisales agitó una cadena de oro por los aires, con intención de regalarle la joya a la actriz. Esta, se acercó enfurecida y casi le pega al sospechar y adivinar sus libidinosos propósitos.

Tal es la famita que se ha forjado que cuando en Santa Marta se informó que un arrocero tolimense andaba tirando dinero por los balcones de un condominio, todos en Ibagué y Espinal pensaron de inmediato en el loco Cuéllar. Pero el autor de la ‘pilatuna’ era James Tovar, apodado como el ‘Cacique’, oriundo de la población ‘pelachiva’ y ferviente admirador del cantante Diomedes Díaz, quien habría de fallecer meses después de realizar esa ‘proeza’.

Amigos suyos afirman, que su patrimonio a la fecha se ha reducido a unas escasas 50 hectáreas de tierra cultivable. Le pasan factura también su edad y el último de los escándalos: en mayo de 2016, lesionó a una mujer y a una niña de 10 años al conducir en sentido contrario por la vía Ibagué – Espinal. La Policía lo capturó y reveló que Cuéllar registraba grado dos de alcoholemia.

De La Francia lo sacaron sus constantes desafueros y griterías. Ahora se refugia en un modesto apartamento. Le ha bajado a la rumba. Todavía Nancy lo acompaña y él quisiera tener la fuerza de otros años para ponerse el sombrero, calzarse botas texanas, fajarse el Smith and Wesson en la pretina, destapar la botella, llamar a uno de sus compadres y parrandear a lo grande porque como dijo Chavela Vargas: “todo lo tuve, pero todo lo aviento porque quiero morirme desnuda, como se muere mi pueblo”.

2 comments

  1. Joselo

    La Oda a un borracho, bruto, pelmazo y negligente. La fiel demostración que desde siempre hemos tenido y elegido unos cafres de dirigentes.

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