Libanostálgicos

Luis Carlos Avendaño

Luis Carlos Avendaño

Sin duda alguna vivimos una época de nostalgia, pero en lo que concierne a un pedacito de cielo al que don Isidro Parra hace mucho tiempo fundó y decidió llamar Líbano (Tolima), dicho sentimiento se siente cada vez con más fuerza.

No estoy bien seguro de cómo es en la actualidad el pueblo donde crecí pero como muchos, desde la distancia, nos embarga un deseo de retroceder en el tiempo y de volver a vivir inolvidables momentos que han quedado marcados en nuestras mentes y corazones de manera imborrable. A mi particularmente me gustaría volver a verme en el Teatro Andino, siendo regañado por un legendario personaje que le caía a uno con una linterna y le llamaba la atención por hablar duro, por ejemplo. Yo, sería muy feliz volviendo a ser un muchacho que se perfumaba y se ponía bien elegante –cosa difícil por lo demás- para ir a misa de seis o siete de la noche en la catedral los domingos y escuchar el sermón del cura, pero a la vez, poder estar mirando por ahí echándole ojo a las chicas que también iban a rezar.

Paréntesis: A lo mejor los organizadores del Festival del Retorno en el presente año hasta se animen y creen el pueblito libanense, quien quita que volvamos a vivir y andar por ese Líbano que tanto añoramos, con olor a salchichón –del bueno-, bocadillos de guayaba y “corchitos”, (dulces de coco cuyo sabor “a Líbano” los hace únicos) mientras nos envuelve un aroma a café cordillera alucinante. el pueblito tolimense hasta puede incluir un recorrido en chiva por las siete maravillas de Líbano, como el monte Tauro, la estatua de la Virgen a la entrada del pueblo, La Villa, etc.

Volviendo al cuento de la nostalgia por el Líbano, tengo en mi haber un casete ¿what a f… es eso? dirán muchos – con una entrevista que hiciera al maestro Eduardo Santa y que luego haría parte de un artículo en el periódico local Primer Plano. Fue en su casa, en los 90’s. Entre otras me contaba el historiador cómo era que había nacido esa antipatía entre ibaguereños y libanenses a mediados del siglo XX y de porqué a los de Líbano se nos conoció con el mote de “los carrielitas”.

Jugar PAC-MAN donde un señor al que le decíamos pitillo, escuchar hablar del tucurena con frecuencia, probar un manjar de la Bizcochería Bogotana, pintar de nuevo el letrero La villa es bella en el escenario deportivo predilecto de los libanenses, alquilar una revista de Kalimán o Arandú en un puesto de revistas en el Líbano´s central Park, robar un beso amelocotonado a la novia por los lados del parque infantil, tomar un café de greca, ir a la finca del profe Fabio Martínez, trasegar por las escuelas del Líbano con mi amigo Hozman cantando el coro de una campaña institucional de cultura ciudadana: “camina chévere, camina bien, camina siempre por el andén”, eso era vida. También lo fue ir en sábado a la plaza de mercado, ponerle el alma a Yogomón una empresa de yogur local en los 90´s, hacer locuras para enseñar y aprender inglés en la academia Compuclase, tomarse un caldo en el segundo piso de la inmensa galería, ir a comprar galletas donde unas monjitas áulicas, ver una pieza teatral del maestro Javier Bejarano, ir a bailar a la piscina Villarango, jugar yermis (del cual dice Wikipedia: es un juego de terror tradicional de Colombia jugado desde 1810, con lo cual no estoy de acurdo para nada); perderse en el monte Tauro (me pasó con dos compañeros del colegio, pues fuimos a dárnoslas de excursionistas y resultamos dando vueltas y vueltas y más vueltas en este símbolo libanense), asistir a la Plaza de Ferias en tiempo de fiestas e indagar la verdadera versión de porqué se le bautizó como “el alto del crimen” entre otras, nos robaban más tiempo y hasta eran un poco más enriquecedoras que estar frente a un computador la mitad del tiempo de nuestras vidas actuales.

Por: Luis Carlos Avendaño, docente.

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