Literatura de cementerios

 

Cementerios

Cada siete de octubre, desde hace ya ciento sesenta y cinco años, un enigmático personaje visita el cementerio de Baltimore y se detiene durante un largo rato frente a la tumba de Edgar Allan Poe. El extraño siempre viste de negro: enorme gabán negro, sombrero alón negro y zapatos negros, todo de negro él, como el cuervo al que un día Poe le dedicó sus versos. Deposita el visitante sobre la tumba una rosa roja y media botella de coñac y parece por un instante como si balbuceara algún secreto sobre la losa que cubre el cadáver del poeta. En otro lugar del calendario y del mundo, en la tercera hilera del cementerio San Bonifacio, semejante a un pergamino de cemento se recuerda con frases filigranadas las neuronas, la noche, los alfileres y las ausencias, entre un par de floreros vacíos sobre la tumba del poeta Carlos Castillo.

Más para acá, como si quisiéramos salir del campo santo, unos metros antes de la antigua morgue, en un pedazo del jardín, un libro de mármol abierto  sobre la siempre limpia lápida del escritor Humberto Villanueva que nos deja ver la última página de El Equilibrista y la frase contundente “He tomado una fatal decisión…voy a perder el equilibrio”. 

Y  como siempre hay gente que se muere, siempre existirán las tumbas y un montón de inscripciones o epitafios que muchas veces son dictados por las mismas personas antes de morir, para que los adoloridos deudos  los estampen luego sobre sus sepulturas. Curiosas, dolidas, desconcertantes leyendas que formarían un gran inventario necrológico y que ahora se meten en las líneas de este otro fragmente de ese mismo inventario. La más tradicional de todas  a la entrada de un mausoleo familiar: “Anastasio hoy descansas en la paz del Señor pero continuarás viviendo en nuestros corazones. Recuerdos de tu esposa e hijos, hermanos y hermanas, padres y abuelos, tíos y sobrinos, compañeros de trabajo,  amigos y vecinos del barrio, colegas y parceros del equipo”. 

Otra de ellas, sobre la piedra de un sepulcro invadido por la maleza, que apenas deja leer: “En recuerdo a mi amado novio Filiberto de tu querida Mery a la que dejó solita y triste en la Vereda Pueblo Nuevo, celular 321 458450”.

Otra, unos metros a la derecha de la capilla, lustrosa y  pintada en blanco: “Muerto por la voluntad de Dios y la negligencia de un médico de la EPS”. O aquella otra leyenda de unos afligidos hijos a su madre: “con amor grande de todos tus queridos hijos, menos Agustín que no dio nada”.

Ni qué decir la inspiración de la sufrida viuda tallada sobre la última morada de su difunto esposo: “A Sebastián, mi marido, muerto después de siete meses de matrimonio, con profundo agradecimiento”.

Epitafios famosos

 

Son muy pocos los difuntos que se salvan de unos versos que quizás por remordimientos tardíos, deudas impagables, palabras que se quedaron sin decir en vida, ocupan unas líneas sobre los sepulcros. La del hombre bajo la ceiba que le da sombra eterna y al que de pronto lo asediaron mucho en vida y algún pariente se limitó a escribir sobre su cama postrera: “No molestar”. O la del fanático de fútbol retratado con la camiseta amarilla de la selección Colombia entre media docena de flores de plástico desteñidas al que le escribieron: “La culpa fue del gol de James que te hizo reventar el corazón, pero siempre seguirás siendo el mejor hincha de la tricolor”. O la de algún antaño dueño de floristería que se hizo redactar sobre el pedernal de su tumba: “Discúlpenme si ya no huelo a rosas”. O la de aquella tumba sin nombre, escrita a brochazo limpio, o sucio: “Sáquenme de aquí”.

Epitafios todos para pedir perdón,  para llorar, para maldecir, o para decir lo que en vida se nos quedo en el tintero, desde la antigua tumba de Sócrates que bien podría haber dicho su inscripción: “¿Qué me he bebido queeee?”, hasta la tumba de Roberto Gómez Bolaño, el famoso Chespirito, en la que de pronto se leerá cuando ya no sea de este mundo: “Síganme los buenos”.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.