Lo que callan los maestros

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Siempre he dicho que ser profesor no es tarea sencilla aunque cientos de profesionales piensan que trabajar con el Magisterio es la solución a todos sus problemas económicos por la “estabilidad” que da el gobierno y por eso concursan y cuando llegan a las aulas, pues no tienen ni el más mínimo conocimiento para enfrentar las mil y un situaciones que se presentan a diario con los estudiantes; llegan, literalmente, a entrenarse con los chicos y cometen todo tipo de errores, algunos garrafales, mientras le cogen el ritmo a la labor y eso cuando la cogen porque como dicen por ahí: algunos no aprenden ni siquiera a hablar.

De otro lado, para la delincuencia los docentes ganan millones y por eso atentan hasta con sus vidas. No puedo dejar de lado por supuesto a la gran mayoría de padres de padres de familia que creen que los profesores son máquinas diseñadas para criar a sus hijos, que tienen que lidiar con sus problemas psicológicos e incluso, que están en la obligación de solucionar sus problemas familiares o sus relaciones fallidas de pareja. Por si eso fuera poco, existe una figura que debería, a mi parecer, ser el líder de los docentes, el guía, el visionario. Me refiero a l@s rectores, hombres y mujeres que, aunque tienen a cargo una institución educativa, no son realmente los jefes, no son los que pagan, son docentes, profesionales diestros, o al menos así debería ser, que tienen un cargo arriba que sus colegas y por ende deberían trabajar en equipo con los mismos. Bueno, eso en el caso del sector público, porque en el privado rector puede ser desde el dueño hasta el amigo del dueño de la institución.

Ahora bien, de manera infortunada muchos de estos personajes, no todos por supuesto, hay muy buenas personas y excelentes profesionales ejerciendo el cargo y haciendo cosas maravillosas por los chicos, los docentes y la comunidad, se convierten en los peores enemigos de los profesores y abusan de su poder por considerar, a lo mejor, que la esclavitud aún sigue vigente en nuestros días.

Por esta razón, no es raro escuchar historias de docentes enfermos que han tenido que ir a trabajar so pena que su rector o rectora no reporte su trabajo y se queden sin pago; o aquellas en donde no han podido asistir a un familiar por los caprichos de su rector; o las historias de profesores que son tratados de la peor manera delante de padres de familia y estudiantes. No es raro escuchar historias en donde los rectores, muchas veces acompañados de los mismos docentes quienes creen que si llevan al “jefe” de la mano logran grandes cosas como conservar un puesto, se han ensañado contra profesores y los han sometido al más espantoso de los bullying, porque aunque sea paradójico y el  bullying sea uno de los temas que más polémica y estudios ha tenido en el campo educativo, el acoso por parte de rectores y profesores hacía un colega es de lo peor.

Ahora bien, si en el sector público el panorama es oscuro, en el sector privado la cosa no es de lo mejor. En los privados la pena para los caídos en desgracia va desde el despido, hasta que le dañen la reputación con otras instituciones educativas. Pese a esto, se sigue hablando de tener a una Colombia más educada y con un alto grado de “¡Excelencia!”. Expresiones que se pusieron de moda con la ministra de Educación anterior, la cual, ahora anda metida en esos líos que se suelen meter los protagonistas de novela de este país con cargos públicos.

No exagero cuando manifiesto que en el gremio de los docentes, como en muchos gremios, se ve: desde personas que hacen cosas heroicas por sus estudiantes, hasta personajes siniestros que hacen de todo menos enseñar. Tampoco exagero cuando afirmo que la docencia es una profesión extraordinaria que pone a prueba al ser humano que la ejerce, que le reta a ser mejor y a brindar todo de sí por sacar adelante a los chicos. No obstante, lo que callan los maestros es infinito como las artes y las ciencias que enseñan; muchos lo hacen por conservar sus trabajos, a otros simplemente lo que les importa es el sueldo de final de mes y un gran número lo hacen por pura y física ignorancia, porque los profesores prefieren morirse antes de que alguien se dé cuenta que no saben y, aunque no lo crean, la ignorancia no solo de temas académicos sino también de cosas simples de la vida es común en el gremio que todo lo sabe: en el de los maestros.

Por esta razón, se hace necesario decir que nos enfrentamos a la generación de niños, adolescentes y adultos más depresiva de todos los tiempos y aquí en nuestro querido país la corrupción ha alcanzado su siglo de oro. Entonces,  si lo miramos desde la química se puede decir que  esta es una mezcla corrosiva, desde la matemática una fórmula que no favorece a nadie y desde el castellano o español: una degeneración de la vida misma y de todo lo que en ella florece.

Por ello, los docentes debemos reflexionar sobre nuestra labor y actuar frente a la misma o terminaremos sometidos a un sistema de papel como el que tenemos, un sistema que no busca la felicidad de los estudiantes sino números y estadísticas, un sistema en donde todo vale desde que esté en un formato, aunque los formatos se mantengan archivados en los anaqueles de la vergüenza. Los docentes debemos unirnos por nuestro bien y por el de nuestros estudiantes, pero no solo para salir a marchar y gritar que nos mejoren el sueldo: ¡Aunque vaya falta que hace que lo mejoren! Sino también porque debemos comprender que es cierta aquella frase de la unión hace la fuerza y lo del pensamiento crítico o lo de aprender a aprender o desaprender lo aprendido y todo eso que repetimos y repetimos hasta el cansancio desde la academia hasta en las reuniones que solemos hacer. Los docentes estamos invitados a caminar de la mano con nuestros amigos provisionales, los de periodo de prueba y por supuesto, con los maestros del sector privado para que podamos ver el “cambio”, un cambio que debe empezar en cada uno de nosotros y luego en cada institución. Pero mientras sigan callando los maestros seguirá callando la vida como lo dice el cantor.

Por: Luis Carlos Rojas García, docente, cineasta.

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