Lo que mal empieza, mal termina

YEMMIL_ARMANDO

La desastrosa campaña del Deportes Tolima, en el segundo semestre del año, tiene varias causas. Para aquellos que carecen de memoria y que olvidan muy rápido recordaremos los episodios que condujeron a la eliminación.

Este capítulo comienza el día en que Antony Silva y Charles Monsalvo protagonizaron un bochornoso espectáculo, al mejor estilo de una riña callejera. Cómo olvidar la dedicación de aquel gol, con palabras de grueso calibre, del delantero hacia el arquero, cómo olvidar las agresiones físicas y verbales en el vestuario entre estos dos “compañeros” de equipo. Ese incidente comenzó a generar grietas al interior de la institución.

Luego pasamos por la venta de Andrés Andrade (ya había pasado con Marrugo, en la fase de semifinales en 2012). Este capítulo tuvo como escena principal la dudosa amarilla de “el rifle”, al minuto 89, cuando se acumuló en tarjetas para no jugar la última fecha frente al Itagüi y dos minutos más tarde desperdicia una pena máxima cobrando con un estilo muy distinto al que se le conocía. Andrade ya sabía que se iba para México y queda la incertidumbre si la amarilla fue buscada de manera premeditada.

Aterrizamos en una de las presentaciones más groseras e irrespetuosas que haya visto y que generó un escándalo de grandes proporciones. La versión que circuló (y que circula aún) es que los jugadores solicitaron aumento en los premios que ya estaban pactados meses atrás, Gabriel Camargo no accedió a la petición y en una actitud sumamente sospechosa varios futbolistas se pararon no queriendo jugar.

Una fuente me contó días después lo que dijo Javier “Choronta” Restrepo, capitán del Itagüi, a los jugadores del Tolima mientras se jugaba el partido: “corran, jueguen es que no se dan cuenta que ganando llegan a la final, nosotros no vamos a ceder, vamos a jugar a ganar”. La actitud de los once titulares fue evidente, aunque en unos fue más notoria que en otros. Dicha actitud fue la gota que colmó la copa en los hinchas, que tras un cúmulo de decepciones no aguantaron su ira y la descargaron contra Gabriel Camargo, el menos culpable aquella tarde-noche. Los directamente responsables fueron los jugadores, quienes salieron corriendo cual ladrones apenas concluyó el partido.

Y llegamos al punto de giro de esta novela. Todos los asistentes al estadio insultaron a Camargo, en un coro jamás escuchado en Ibagué. El presidente del equipo tomó la decisión de no volver a la ciudad y vender a la entidad. Aquí nace otro capítulo de esta eliminación. La incertidumbre contagió al equipo y muchos jugadores no sabían de su futuro.

Algo me queda claro: los directamente responsables del no paso a la final en el primer semestre fueron los jugadores, pero la deficiente campaña en el segundo semestre recae sobre el presidente de la institución. Es cierto que la grosería de los hinchas alejó a Camargo del estadio pero su decisión rayó en lo radical, no quiero pensar que el dirigente estaba buscando una excusa para no volver a la ciudad, porque si es así, encontró la perfecta.

El amor por la camiseta está devaluado, a los jugadores de fútbol (especialmente aquellos de equipos chicos) solo les interesa el dinero y no los títulos que hacen grande su palmarés.

Por: Yemmil Armando Aragón

Comunicador social y periodista
Acord-Tolima

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