Los días después de mañana

Luis Carlos Rojas García

Hablar o escribir algo sobre el Covid-19, a la fecha, es una completa redundancia. Las redes están saturadas de información sobre el mismo, algunas de estas informaciones muy ciertas otras no tanto; de hecho, el asunto es tan abrumador que ahora más de uno se cree experto en el tema, así no tenga la más mínima idea de cómo funciona la ciencia y/o mucho menos hayan cogido un libro en su vida que hable sobre estos temas.

La cuestión se torna a veces tan irrisoria que la gran mayoría que relaciona al coronavirus con una suerte de apocalipsis, hasta ahora se están enterando que durante la historia de la humanidad han existido pestes, virus y pandemias que han arrasado con gran parte de la población y que hemos resistido, ya que si lo miramos detenidamente y hacemos un balance de lo que vive el planeta en la actualidad, la verdadera plaga somos nosotros, pero, esa es otra historia.

Lo que realmente me inquieta ahora es pensar en lo que vendrá después del virus (espero que haya un después y que sea favorable por supuesto). Y escribo que me inquieta porque se supone que una situación como la que vivimos, en donde no solo ha obligado a muchos a volver a casa para estar con los suyos, sino que, además, en países como Colombia y otros ha dejado al descubierto la falla de un sistema político corrupto que se ha robado el dinero de la salud a su antojo sin dejar de lado la arrogancia de muchos mandatarios que pusieron por encima de los ciudadanos sus intereses personales y no actuaron a tiempo sino que esperaron a que el virus entrara como Pedro por su casa, por no nombrar otras cosas, nos debería convertir en mejores personas, más reflexivas, más humanas, más agradecidas con las cosas importantes de la vida como el valorar de la familia, la comida en la mesa, el agradecimiento y admiración por el familiar que sale a trabajar porque hace parte de alguna empresa que presta un servicio esencial o el que se arriesga por ir por el mercado entre otras; se supone además que esta situación nos va a cambiar realmente la manera de ver al mundo, de amar, de relacionarnos, de compartir, de ayudar; no obstante, es solo una suposición porque la realidad es otra.

El virus, y sobre todo la cuarentena, deja al descubierto lo egoístas que podemos llegar a ser; muchos, como ya lo dije en un vídeo, de los que están en casa acostados compartiendo memes, información de la información de la información, viendo películas, comiendo a su antojo lo que quieren y sin mayores necesidades más allá de quejarse por el encierro, son los mismos que ahora se autoproclaman los salvadores de la patria, los salvadores del mundo y esta es la parte que me pone a pensar: ¿Qué será de la tierra cuando toda la gente que ahora piensan que están salvando al mundo sin mover un dedo salgan a las calles? ¿Qué les estaremos debiendo después de todo esto? ¿Cuál será el cambio con personas que se niegan a cambiar y que por el contrario creen que han hecho algo por la humanidad?

Si bien es cierto, no es momento de sembrar discordias, aunque aclaro que eso no quiere decir que yo en lo personal vaya a olvidar a cuánta gente han matado en mi país y como se han robado los dineros, también es cierto que es el momento de pensar qué es lo que les estamos enseñando a todos esos niños que se quedaron en casa al lado de estos pseudosalvadores del mundo. También, vale la pena pensar qué es lo que realmente queremos después de que esto se solucione y, sobre todo, cuál es nuestro aporte en estos momentos de crisis.

A través de la experiencia que vivo actualmente considero que aun estando encerrados podemos ayudar, tenemos la suficiente creatividad para hacer memes, vídeos y demás, así que podríamos inventar cosas para que los más necesitados, que son muchos, tengan un poco de lo que tienen los más afortunados, puesto que, quedarnos en casa sin mover un dedo no va a cambiar nada, no va a salvar al mundo y el mundo necesita que cuando las personas salgan de sus casas, sean mejores y no una nueva raza de salvadores arrogantes y ramplones que no hicieron nada.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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