Los grammar nazis, paciencia no lleva tilde

Fotoilustración.

Hace unos días, Sergio Narváez, mi amigo de infancia, me preguntó qué pensaba de la gente que se dedicaba a corregir tildes a diestra y siniestra, aun, cuando el texto por lógica no necesitaba estrictamente la tilde para comunicar asertivamente. Más que ahondar en el perfil psicorrigido de esas personas y su deseo de notoriedad, tuve que darle la mala noticia a Sergio, y es que las tildes están para usarlas, que esa complejidad gramática ha sido clave para reseñar tiempos y jugar con ellos, que no es lo mismo escribirle a una mujer: te amo a te amó, porque esa tilde te pasa de galán a confidente.

Pelear con la ortografía es justificar la ignorancia, dar rienda suelta a la pereza que genera asumirla, aprenderla y aplicarla. El mismo Gabriel García Márquez, pese a reflexionar y ajusticiar las normas gramaticales del español por inoficiosas, se sometía a editores que sin restarle voz, ajustaban sus textos a una gramática que no diera espacio al error.

En el Congreso Nacional de la Lengua Española en el estado mexicano de Zacatecas en 1997, García Márquez propuso: “Pongamos más uso de razón en los acentos escritos que al fin y al cabo, nadie ha de leer: Lagrima donde diga lágrima y no leerá revolver por revólver”. Ahí, el nobel Colombiano coincidía con Sergio, mi amigo. Sin embargo, la imaginación, creatividad y oficio de García Márquez, le exigió hacerse de editores para encausarse a su causa, la creación literaria.

De Gabo se conoce que es de lejos el escritor más importante del siglo XX en Latinoamérica y que pese a su lucha obstinada con la gramática —porque de ortografía él pocón — contó con amigos y coequiperos en la creación de sus obras y aquí empieza el nudo:

Él era el artista, el genio, el hacedor de las obras, el de los cimientos, el ingeniero, arquitecto y diseñador de sus novelas; Sus editores de entonces, eran los hombres del resane, los curadores de nimiedades, de cositas chicas, los más interesados en hacer de los textos joyas, y ahí quería llegar:

Estamos viviendo en los tiempos de los editores estrellas, los que quieren figurar por la tilde o la coma, el guión y el doble espacio. Ese aporte técnico, aunque valiosísimo, no da para protagonismos, el rol de editor es ser cómplice, es el de facilitador, es semejante al que cumplen los gregarios en el ciclismo. Elías López, el destacado editor del New York Times en español, asume su oficio de editor en uno de los periódicos más importante del mundo, como el de mejor aliado de un periodista o escritor.

Los editores conocedores del oficio saben que la labor consiste en: clarificar la voz de quien escribe, cuidar de su estilo y originalidad, velar y promover la autenticidad, se recuerdan los editores consagrados, así mismos, que están para servir y no para brillar.

“Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos”, sugirió el escritor de Aracataca en la misma intervención de 1997 en México, como sí pudiera vivir estos tiempos, en los cuales, desde los blogs, redes sociales y espacios de conversación textual, los “gramáticos” posan de intocables y ponen en el pódium de cualquier discusión… No lo que se escribe, sino como se escribió:

Sí se hijueputea con “H” o sin “H”; Si el verbo hijueputear existe; Si el campesino escribe con mucho gerundio y en vez, de ser los editores, lumbreras en el camino, son zancadilla en los diálogos, inquisidores de la lengua, los encargados de converger, se hicieron ruidosos y conflictivos.

Yo me pregunto, si exigir buena ortografía con ínfulas de grandeza, no es en algunos casos, clasismo intelectual, cuando es claro: No todos tenemos las mismas oportunidades de educación formal; añadiendo por demás, que la enseñanza está muy distante de la sorna. La ortografía se convirtió en una herramienta sosa para devaluar al otro, al no obedecer ciertas reglas textuales; Una estrategia de ridiculización al pobre, y una plataforma de exhibición para esos seudoeditores gratuitos, que aparecen de la nada, sin invitación y con lupa.

Esos editores de hoy, por lo general, no sabe tanto, ni tantico, porque alguien que invierte su tiempo libre en ser el caza errores del idioma, está destinado a lee sin leer, a ojear mucho y explora poco; a ahondar en el signo de puntuación y desvirtuar todo el contenido comunicativo de un texto con una altivez gacha, con una ñoñería improductiva y pavoneada solo por ellos. ¿Que qué pienso, Sergio?

Pues…La labor del editor sin lugar a dudas es importante pero hay que llamar su atención y evidenciarles que están perdiendo el rumbo, que la buena escritura debe ser una bandera que una y no que sectorice, que cabe recordarles a ellos, que pueden convertirse en gente limitada e indeseable cuando aparecen en la fiesta de la interacción sin ser invitados. Gabriel García Márquez contó con editores de lujo pero se topó en la industrial del libro con esta rareza de Showman´s ortográficos, fueron ellos los que inspiraron a Gabo para el discurso En el Congreso Nacional de la Lengua Española; Los mismos que llevaron a Sergio a preguntarme por “esa gente”,

El idioma y el manejo del mismo es importante y en la medida de lo posible, procure aprópiese de sus reglas y usarlas bien. No obstante, evite hacer de algo tan instrumental, y mecánico, su fortín intelectual, recuerde que hay gente que sabe de escritura pero no tiene nada que decir en ella. Ni en esta lengua ni en otra.

Hay gente que estudia inglés y francés para escribir bobadas en tres idiomas, para corregir a la plebe de varias latitudes, la internacionalización shick de los cocos, porque ellos no hacen ciencia, ni literatura, ni docencia, ellos hacen un oso elegante, que ya desde lo virtual, lo descubrimos: Ridiculizando se ridiculizan, queriendo presumirse doctos se les escurre lo corrientes y pandos. Poner comas, puntos y corchetes de manera acertada, no los hace inteligentes, aunque ellos crean que sí.

Por: Germán Gómez Carvajal, comunicador social, Universidad de Ibagué.

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