Los loros y las redes, o su alternativa verdad

A medida que les sean útiles las redes y hasta el mismo internet, dependerá si se les censuran o si se les erige como la verdad alternativa de hoy, o simplemente se cortan para siempre su siringe.

Desde octubre del 2001, no se leía o escuchaba por los medios corporativos colombianos y sus exiguas copias locales, a unísono, pedir por la “voluntad política” de restringir la comunicación entre los ciudadanos, esta vez a la virtual-digital, claro. Verdadera paradoja que los loros intenten un nuevo pacto social del silencio para los demás, que permita que les escuchemos la estridencia de su cotorrreo.

Las redes – o como se les denomina a los innumerables mini-programas de chat y video, desde que a finales de la primera década de este siglo, solo dos empresas de capital judío y asiento en EE.UU., secuestraron al mercado de la comunicación interpersonal – sirven a cada quien, para lo que sirve (o servía) la imprescindible intimidad: para el narcisismo, para la sodomía programada, para el voyerismo, para la alienación o para la neurosis esquizofrénica, o para todas a la vez.

También sirven para la propaganda política (que en esencia es todo lo que conocemos y sabemos con el nombre de publicidad), llámese causas humanistas o epopeyas fascistas: en lo ambiental, en lo religioso o en lo sexual.

Así, después del pre-programado 11 de septiembre, el gobierno del país donde está ubicado el único centro o almacén donde se deposita (para siempre y para cuando se necesite) todo lo que hemos visto, leído, degustado, dicho, mostrado o compartido por las redes, lanzara la famosa USA PATRIOT Act, la cual pese al discurso oficial de obstruir al terrorismo, en ultimas llevó a la total vigilancia mundial de todo lo que hacemos, por medio de cualquier aparato que tenga conexión a internet en nuestra casa; obvio, incluyendo a las bien llamadas redes.

Tal vez por esto las redes deben seguir “libremente” (ya sea vigiladas desde Valley Silicon o desde alguna oscura sala Andrómeda, pagada con el dinero de nosotros los vigilados), pero sin la censura total que piden a grito herido, las dos únicas corporaciones mediáticas colombianas o sus empleados y mancebos en las regiones, como el Tolima.

Sin duda las redes continuaran sirviéndole, entre otros, a las corporaciones mediáticas colombianas para mostrarnos, repetidas veces durante las emisiones de todo un mes, el reciente gas sarín arrojado por el gobierno socialista contra los niños venezolanos o el nuevo collar bomba hallado en alguna de las zonas veredales o la imagen virtual de colmatados escenarios deportivos ibaguereños o quizá la total felicidad de los 1100 municipios colombianos o tal vez la supremacía cristiana – católica colombiana hasta en la personal masturbación.

Y mientras eso ocurra, los demás en silencio, podremos informarnos (a escondidas y vigilados) a través de amigos o de voluntariosos desconocidos, que la alternatividad noticiosa podrá darse sobre la política o sobre la religión (su hermana gemela), pero nunca sobre los hechos reales. Estos son sagrados, como se leía en el antiguo portal de internet del diario británico The Guardian.

De eso se ha encargado y con creces, la filosofía, virtual o la real, no importa.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández
Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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