Los niños invisibles

Niños en las Farc

Niños en las Farc

Caminó todo cuanto pudo, lo que sus pequeñas piernas le daban, lo que sus pies resistieron; escasamente contaba con 13 años de edad. Al atardecer, a lo lejos titilaba la luz de una vela; tímidamente tocó la puerta y se encontró con una sala amplia llena de estampitas de santos, un curandero o brujo que llaman, le abrió la puerta. -¿Qué hace por ahí, niña?, le preguntó: – voy pa’l pueblo, dijo ella: “es muy tarde, mija le puede salir un animal por ahí, algún oso, algún perro e’monte, de pronto le pasa algo Arrecuéstese aquí y mañana madruga”.

Despuntaba el alba y con el nuevo día renovada de energía después de tomar aguapanela con arepa retomó su camino, ya con la esperanza en que la huida lograría frenar los abusos contra su alma y contra su cuerpo; ella solo quería alejarse lo más rápido y posible de todo cuanto le causaba dolor, de la responsabilidad de tener que criar a sus hermanos menores , levantarse temprano y hacerse cargo de una finca, trabajadores, ganado, quehaceres, cuando debía estar aprendiendo en la escuela y disfrutando de su niñez; ¿qué más podía hacer?

Huir, Aunque de nada le sirviera, porque cuál condenada tendría que regresar una y otra vez a manos de sus verdugos.

¿Qué puede ser más doloroso que estar preso de su propia familia?

¿Qué puede ser más desconsolante que ver pasar íntegros los días en la crueldad de la monotonía que no ofrece nada más que la supervivencia?

Demasiada tenue era su voz para que alguien la escuchara, demasiado invisibles sus lamentos para que alguien reclamara por ella. Si tan solo pudiera parar los abusos contra su cuerpo, quizás le sobreviviera su espíritu.

Ella tenía el presentimiento de que había otra vida, una donde la ropa era nueva y se le ajustaba al tamaño de su cuerpo, donde las maestras enseñan a danzar bambucos y donde las galletas no son un privilegio, las batallas diarias contra su espíritu fueron calando poco a poco, creando el sentimiento de desconsuelo y olvido, sembrando la semilla de la rebeldía.

Así que un día, mientras vendía gelatinas los vio: ella caminaba voceando:¡a 500 a 500¡ Los veía ir y venir , poderosos, con autoridad, uno de ellos había parado la masacre de palos que su madre encarnizada descargaba contra su espalda : “no le vuelva a pegar”, le dijo, “sí lo vuelve a hacer, la multo y la pongo a barrer el pueblo….”.

Ella lo vio como su protector, anhelaba estar a su lado, huyendo de las paleras, del hambre, de los abusos. Cansada de vender gelatinas de bar en bar y cansada de que la molieran a palos por tardar demasiado con el producido y andar entretenida en las maquinitas tragamonedas, un día simplemente dijo: “me voy con ustedes” El comandante la miró y le dijo: “usted está muy chiquita y no puede con el fusil”. Ella se empinó y le increpó: “¡claro que sí. Sí puedo. Llévenme. ¡Yo me quiero ir”.

Los persiguió varios días y se fue tras ellos, sin más preámbulos se fue.

Se perdió en medio de un combate; agradecía que en los campamentos tenía tres comidas al día, la protección de sus mayores y la seguridad que le daba la fraternidad de una nueva familia. Se perdió en medio de los bombardeos, el tableteo de ametralladoras y el fragor de la guerra.

Caminó sin descanso y con sus pies llenos de llagas, encontró un pueblo; preguntó dónde estaba y recordó que ahí tenía familia, los buscó, con tan mala suerte que ya conociendo su destino previo se negaron a recibirla. “Es mejor que se vaya, mijita, aquí no quiero problemas”.

La embarcaron en un bus, rumbo a la capital, buscando a quien tuviera el sagrado deber de cuidarla hasta que por fin entregó su confianza a quien no debía y terminó en manos del Estado. La interrogaron, creían que ella sabía dónde habían caletas, órdenes de batalla, campamentos; la sentaron por horas a mirar las fotografías de los que antes eran sus compañeros; algunas veces les dijo lo que querían escuchar, otras veces simplemente les mintió.

Se la llevaron a un hogar de paso, mezclada con otros combatientes menores de edad, de un lado y del otro; se sentía cada vez más desolada, nunca encontró a su familia porque nunca la tuvo realmente, pero su alma le dio la fortaleza para sobrevivir, para enfrentarse a la ignominia, para tener cancha en la vida, para volverse cerrera, como las mulas del campo a las que nada les duele, a las que nada las detiene.

Sobrevivió.

¿Cuántas historias cómo éstas hemos escuchado?

Unos porque querían y otros porque les tocaba.

Debiera dejar de repetirse esa fatídica historia, preocupados cómo están por los niños de las Farc ,nunca se han preguntado si quiera por qué se van de sus hogares, cuántas veces comen al día y a qué dificultades y penurias son sometidos en su sobrevivencia. Prejuzgan creyendo que para los jóvenes ser guerrillero es una deshonra, nunca les han preguntado si han sentido orgullo de portar un uniforme para defender lo que ellos bien saben, les fue negado, porque lo vivieron y lo siguen viendo en sus entornos: la educación un entorno protector, una familia, el alimento, su niñez misma.

¿Dónde estaba el Estado cuando nuestros niños empuñaron las armas?

¿Dónde estábamos nosotros como sociedad?

Resguardados en los iPhones, los escritorios y la soberbia de nuestras vidas perfectas; vanagloriándonos de los logros de nuestros hijos en las redes sociales: son perfectos, decimos; las mejores notas, presumimos, el más churro y elegante, posteamos.

¿Y los demás?

¿Es tan mezquina nuestra alma, que no nos permite tratar de entender por qué ocurren las cosas?

¿Son los mismos que otrora pedían bombardeos sobre los campamentos de las Farc los que ahora piden a gritos por los niños de las Farc?

En las Farc hay niños y no solamente niños; familias, hermanos, primos, las Farc, son de hecho una familia, que ha sobrevivido 52 años y nosotros somos los primos ricos, arribistas y envidiosos que no queremos compartir con ellos nada de las bendiciones y abundancia que presumimos se nos han dado por derecho propio.

Sea la hora y el momento de entender que este país nos pertenece a todos, aquí todos hemos puesto la gota de sangre dolor y lágrimas, algunos escasamente habrán tributado un impuesto de guerra para financiar la muerte que ella causa y cuyos muertos son siempre los pobres.

¿Qué somos, aparte de seres humanos?
Nadie,

¿Qué tenemos que no podemos perder?
Nada

¿Qué nos queda por construir? Todo, y la reflexión hoy es: ¿usted tendría el valor, entereza, gallardía y la disponibilidad de recibir un adolescente de las Farc en su casa, que comparta con sus hijos, la lonchera, el recorrido, el colegio?

No, verdad, los quieren, pero lejitos, donde no contaminen su visibilidad, atrás del muro de sus jardines perfectos, sus rejas doradas y su cercas espinadas.

¡Ahí están¡

¿Qué le hace pensar que son huérfanos, desarraigados sin familia, Qué le hace pensar que no están ahí porque ellos, las Farc; son, fueron, seguirán siendo su única familia?

No he visto nada más doloroso que la exhumación de un adolescente muerto en la guerra, aún están varios desaparecidos, mientras veo a mi hijo Gabriel crecer, sin más penurias que la lentitud del internet.

Mea culpa, no hacer más, mea culpa no hacer lo suficiente, mea culpa haber permitido tanta ignominia bajo mis narices y haberles fallado, a ellos, a los niños de las Farc, a los sobrevivientes de la guerra, a los hijos de las víctimas mortales que perdimos en el camino, a ese “son el futuro” que no son otra cosa que nuestros niños.

Los niños, que simplemente se volvieron invisibles, ¿cúando les ofreceremos una disculpa?

Por: Nubia Flor Russi, defensora de Derechos Humanos.

2 comments

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