Los niños y la navidad

Papá Noel

Hace pocos días mi sobrinita tenía una conversación navideña con su papá. Él le relataba como Papá Noel lo contactaba mediante sobres rojos para finiquitar todo lo de los regalos. El carretazo era que el barbudo y gordo viejo entrega unos sobres, que luego recogía, para finamente con ayuda de los papás, entregar regalos a todos los niños del mundo. Palabras más, palabras menos: los papás de todos los continentes financiaban a Papá Noel.

Cuento que la niña escuchó, sonrió, pero no creyó.

Yo, un amador del raciocinio, de la inteligencia, de la perspicacia; aprecié la capacidad de interpelar de la niña, de dudar y de responderse, de bloquear la fantasía para darle paso a lo real.

Mi sobrinita de nueve años es racional, todo lo escuchado lo pone en su cabecita y lo gira y gira, lo desmenuza, lo mastica. A ella no hay que contarle nada, hay que convencerla. Siempre le hace falta un argumento sólido “pero por qué”, “cómo así”, “explícame bien, tío”, “yo no creo en eso, papá” “yo ya sé que no existe”. A mí, oírla en esa tónica, con ese talante, me permitió verla resolver a futuro dudas más trascendentales para la vida humana. Porque quien duda busca certezas y bien pudiera la pequeña encontrar respuestas más plausibles a la del descubrimiento que Papa Noel no existe.

Podría ella descubrir que hay vacunas que la humanidad añora y trabajar para crearlas o proyectarse en conocerlo todo, a saberlo todo como respuesta a sus muchas dudas. Un perfil profesional así para su edad adulta seria lo máximo. Todo esto lo pensé en silencio pero ahí viene la contraparte, la respuesta del papá que es mucho más idónea, mucho más apta para estas fechas. Una enseñanza de un hombre con dotes paternales, sabio y soñador.

Apreciador de la capacidad racional de su hija la felicitó por ser deductiva no sin antes invitarla a soñar, a no dejar de ser niña. Le aseguró que entre más pudiera creer en lo que no se podía ver sería más feliz y le presentó de ejemplo al dibujo animado Peter Pan. Un hombre que quiso seguir soñando siempre y que por creer, podía ver a las hadas, cuando su fe menguaba todo desaparecía. La invitó a soñar, a creer que todo se podía, que cuando se le acabara un sueño reinventará otro y que guardara la inocencia de su hermanito menor. Todo el discurso del padre me cacheteó la cara y fue como si fuese pa’ mí.

Crecemos y nos menguamos, nos aferramos a la realidad aunque sea grotesca y llana. Nos despojamos de poder creer y creemos erróneamente que creer en lo que no es tan próximo es ingenuidad. Los afanes de los días ya no nos permiten encender una vela para conectarnos con la vida y el conocimiento, en vez de generarnos sensación de regocijo, nos pesa fatal. Ya no cantamos un villancico porque le hacemos todo un análisis de contenido a la letra. Ya los niños no creen en nada ni sueñan y fallidamente creemos que son muestras de grandeza. Los niños deben seguir siendo niños y nosotros los adultos guardar mucho de los bríos de esa niñez y adolescencia. Esa fuerza y esperanza que nos impulsaba a ser lo que hoy somos o aun queremos ser.

Los niños deben llegar a sus verdades solos porque cada edad dará para un sueño distinto y una verdad develada. El juego sigue siendo igual para los adultos. Pero siempre, siempre, siempre, valdrá la pena creer en alguien, en algo y en ti.

El cuento de la navidad me lo sigo creyendo aunque haya visto a Papá Noel en calzoncillos y sepa que no exista. Porque siempre será buena una disculpa para dar y recibir, para compartir entorno a lo que sea .La navidad es una muy buena excusa. El mes de diciembre por nuestro contexto socio-cultural siempre nos llevara al niño que fuimos y nos permitirá reír. Les dejo la historia de cuando vi a Papá Noel en calzoncillos. Para que recordemos lo bonito de creer y celebrar.

Un papá Noel en calzoncillos

Yo no entiendo bien cómo son las cosas en mi casa. Tengo siete añitos y estoy convencido de que Papa Noel existe y que trae regalos. Por cosas de la vida mi mamá es amiguísima de Papa Noel al punto, de que el viejo deja ver el regalo a mi mami para que me lo muestre y yo dar el visto bueno.

Mi mamá me lo muestra de lejitos. Es un “transformer”, un luchador que es carro y a su vez avión y que lo he visto por televisión luego de que se acabe el Chavo y empiecen los Super Campeones, por el antiguo Canal A. Me sudan las manos y trato de tomarlo de inmediato pero mi mamá para su dedo índice y lo mueve de lado a lado traduciendo un rotundo: No. Lloro, hago berrinche, le escribo una nota a Papa Noel para que venga lo más pronto posible porque tengo bastante afán.

Son las nueve de la noche, aún lloro pero ya en silencio porque nadie me presta atención. No juego con nada ni con nadie porque lo único que está en mi cabeza es ese transformer ¿Será que Papá Noel ya no me lo dará a mí? Con tantos niños que hay en el mundo ¿Qué tal que se confunda y se lo dé a otro niño? Todas esas dudas me reviven el llanto cada 15 minutos al punto de que exaspero a mi mamá, a mis tíos, a mis abuelos.

Mi abuelito me sienta en las piernas y me cuenta que conoció a Papa Noel varios años atrás en Anserma, Caldas, y que al señor solo se le da por visitar a las familias cuando los niños duermen.

¿Papá Noel en mi casa? una alegría me recorre el cuerpo, porque si él viene y yo lo veo no le pediré solo el transformer, le pediré el monopatín que pidió Andrés y la bicicleta que pidió Camilo, mi primita pidió la casa de la Barbie pero pues si viene don Papá Noel le pediré también el carro rosado que ella también quiere. Definitivamente si sigo aquí en la sala no pasará mucho. Mi abuelito me motiva con señas a dormir.

Me ‘empiyamo’, me cepillo con la crema del Doctor Muelitas, me acuesto, veo como todos los adultos van hincando la cabeza y hablando más lento. Veo a mi tío quedarse dormido, a mi tía dirigiéndose al cuarto, la música cesa y yo me duermo.

Veo a un Papa Noél tambaleante, que se toma de las paredes, que dice “chito”, “chito”, como invitando a alguien al silencio. No está vertido de rojo y anda en calzoncillos. Efectivamente trae mi regalo y cuando lo pone sobre mi pecho. Le envío un manotazo para comprobar que es real y lo era. Gritó el viejo recursivamente su tradicional “jo jo jo” pero lo siguió una risa conocida. Somnoliento refregué mis ojos y no lo vi más. A lo lejos por los lados de la escalera escuché un golpe seco, como cuando los renos de Papá Noel emprender el vuelo.

Al otro día le conté a mi mamá que había visto a Papa Noel en calzoncillos, que me había dejado el transformer y que lo había escuchado volar por el lado de la escalera. Mi mamá sonrió y le hizo un guiño a mi abuelo quien andaba enguayabado, en calzoncillos y con el rabo moreteado pues por no tener renos, casi se mata en una caída libre por las escaleras. MI Papá Noel aún existe, es un viejito bonachón al que le digo abuelo.

Por: Germán Gómez Carvajal, Universidad de Ibagué.

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