Los niños, los políticos y el suicidio

José Asunción Silva

El pasado viernes 17 de marzo en el Concejo Municipal de Ibagué, desapercibidamente, se enfrascaron en un acostumbrado ir y venir de diatribas, dos de los políticos con asiento en esa corporación. La ira mediática entre estos, no era otra que la conveniencia o no, a que unos niños y niñas, llevados por uno de los políticos, opinaran libremente (aleccionados o no) sobre el milenario y libre ejercicio de la personalidad del matarse o aniquilarse a uno mismo, o dicho en la técnica de la “ciencia” psicológica: el suicidarse.

Con el acostumbrado e impostado aire docto que circunda a la desvaída oratoria de los noveles políticos, el mensaje era claro y tajante: que ante la evidencia y contundencia numérica de datos (cifras, llaman ellos a las personas) de aquellos o aquellas quienes eligieron abreviar su paso por este mundo (para los cuales, los enconados políticos y los de la Oficina de Estadística de la Secretaria de Salud socialdemócrata, que nos gobierna, dan por sentado a esos números como hecho científico, por sí solos) solo deben y tienen que opinar los expertos – sean viejos o sean niños o sean los dos al mismo tiempo – para dar ternura al lenguaje de los profesionales de los “papitos y mamitas”.

Y ahí viene lo subliminal del oficio y del debate de los señores políticos – incluida la estadística socialdemócrata – en su diatriba “científica”: con cuantos millones de pesos (dinero de todos obviamente, no del bolsillo de los alterados polemistas, ni menos del jefe socialdemócrata) en este año y los que vienen, se pagará la elucubrada opinión experta, o se pagará a quien consiga esa esquiva opinión, o sobre todo, se pagará, dando por sentado comunicacionalmente, que de diletante opinión experta se pase a percepción ciudadana y de esta última a una “verdad alternativa” medica.

Lo demás no importa… porque que va a importar, sí a los suicidas (niños o viejos, o una mezcla de ambos) o a los que lo intentaron o a los que al menos lo han pensado una vez en su vida (que somos casi todos), se les ha olvidado que vivimos – desde aquellas décadas, igualmente moralistas, en que la polémica política la hacían santofimistas vs jaramillistas – en el mejor de los mundos: una ciudad que todo lo provee, desde el alimento sano, el agua gratuita y saludable, la vivienda sin costo, el trabajo a granel, el espacio público, deportivo y comunal extasiadamente orgásmico, una convivencia ciudadana casi mesiánica y, sobre todo, una educación pública sapiente y derrochadora, en formar infantes, mujeres y hombres libres.

Mientras tanto, en Ibagué o en el mundo, cada quien en su soledad existencial – niño o viejo o una mezcla de los dos – sin opiniones prepagas y al decir de Immanuel  Kant o de Sören Kierkegaard, al saberse consciente que no se necesita más de alguien o algo que le domine, que le quebrante su voluntad para sentirse obligadamente feliz (de lo cual los prepagos expertos también tendrán datos o cifras) a contrario sensu, decidirá su felicidad en su libre y autónoma manera de dejar de existir, que en ultimas es lo único que nos diferencia de los otros animales.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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