Los padrinos mágicos políticos

Luis Carlos Rojas Garcìa, ‘Kaell García

Luis Carlos Rojas García

Quién no recuerda esos clásicos infantiles que divertían a todos por igual, programas que con el paso del tiempo sencillamente cambiaron más en su estética que en sus historias. Los de ahora por ejemplo, son cada vez más grotescos y con particularidades como un humor negro desmedido. Uno de esos modernos programas se titula Los padrinos mágicos y trata de un chico cuyos padrinos mágicos le cumplen todo tipo de deseos, deseos que no siempre son los mejores ya que se ve envuelto en distintas y complicadas situaciones.

La serie infantil ha gustado tanto que hasta se encargaron de sacarle su propia película. Pero ¿Qué tiene de interesante la historia de Timmy Turner y sus padrinos mágicos Cosmo y Wanda? La respuesta es simple: deja una enseñanza al final de cada capítulo, el muchachito aprende algo nuevo y reflexiona con cada deseo que sale mal. Lo que quiere decir que el programa en medio de todo es educativo, y eso hoy en día es raro, de hecho, la película trata de la transición del chiquillo de 10 años a la adolescencia. En literatura sería algo así como la Telemaquia de Telémaco.

Ahora bien, cuando uno ve un programa como estos y analiza el impacto que tiene sobre los niños y hasta en los adultos, es cuando uno se pone a pensar: ¡Hombre! ¿Por qué no inventan, un programa que le enseñe a grandes y chicos, especialmente a los grandes, que eso de estar buscando padrinos mágicos políticos que los cuadren en algunos puestos promueve la corrupción y la desigualdad en el país? En nuestro país tenemos nuestra propia versión de padrinos mágicos, los padrinos mágicos políticos. Para estas fechas es común escucharle a más de uno que está haciendo política, pero ¿Qué es hacer política? La gente que está “haciendo política” se dedica a seguir cual empleada de servicio al político fulano de tal que promete empleos, entonces y hasta casas en el aíre. Por esta razón el vecino, el amigo o el de al lado, lo acompaña con orgullo en la campaña. Hacer política es servir tintos, sostener una valla en algún semáforo bajo el inclemente sol, convencer al uno y al otro de que vote por el fulano aunque no sea garantía.

Todos hablan de corrupción, los medios ‘denuncian’, gritan a viva voz que tienen la facultad de desenmascarar a los corruptos, pero, apenas llegan las elecciones, cierran el lenguaraz pico, monopolizan la pauta y le prohíben a los concesionarios vender o hacer publicidad política. El ciudadano es consciente, aunque se queje, sabe cómo funciona el asunto, mejor dicho, todos saben cómo es el asunto. Miles de millones se mueven por debajo de la mesa en tiempos de elecciones, hasta la entrevista más miserable y sin sentido tiene su costo, el saludo y la sonrisa tienen precio y si se estrechan manos, el valor sigue subiendo. Mientras eso sucede, los ciudadanos siguen a la espera del deseo que les será cumplido.

Los tiempos cambian, los programas de televisión también, especialmente los infantiles, aunque se repitan las mismas historias en cada generación. No obstante, la corrupción sigue siendo la misma y va a durar por los siglos de los siglos a medida que el pueblo siga pensando que tener un padrino mágico político es la solución.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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