Mal tiempo para votar

Voto en blanco

El candidato del vestido de paño azul con su mano derecha empuñada y levantada al cielo le promete a una multitud de campesinos insolados que en los próximos días les construirá la carretera que les llevará sus productos para vender en la ciudad de la música. El candidato del sombrero rojo ha llegado a una vereda cercana para repartir cincuenta bultos de cemento, una docena de tejas y trescientos metros de manguera entre la gente que escucha su discurso.

El candidato de la gorra verde se hace tomar una fotografía besando la mejilla sucia de un niño pálido y descalzo en medio de una montanera de humildes habitantes de algún barrio del sur. La candidata que vistió la sudadera rosa durante la ciclo vía del domingo anterior trota sonriente entre bicicletas, los patinadores y los relajados caminantes que llegan a la avenida con botellitas de agua en la mano, entregando a diestra y siniestra volantes alusivos a su campaña. Ellos, los candidatos, recurren en épocas pre-electorales a recursos tan variados como ingeniosos, para conquistar el anhelado voto de sus electores; mientras la ciudad de la música se llena de vallas multicolores y afiches de medio pliego, repletas de rostros sonrientes, manos empuñadas las unas, manos que hacen con el índice y el corazón la V de la victoria, las otras, o retratos de grupos de gente de todas las razas y todos los estratos, presumiblemente respaldado a sus candidatos.

Todo ese espectáculo electoral es común verlo por estos días. Lo que no es tan común es descubrir de pronto a un candidato que no reparte techos de Eternit, que no promete carreteables, que no se besuquea con culicagados mocosos, que no hace aeróbicos en la mitad de una ciclo vía dominical, que no ofrece puestos ni contratos, y que su único lema de campaña es que voten por él, ante la ausencia absoluta de algún otro candidato que sirva para algo. Su eslogan electoral bien podría ser: voten por mí porque no hay por quien más. Ese inesperado candidato que recoge hoy casi el cuarenta por ciento de la simpatía de los votantes, no es otro que el voto en blanco.

Y ante este fenómeno que parece agrandarse hoy como pelota de nieve en picada, no puedo evitar que me asalte a la memoria aquella monumental novela del premio nobel portugués José Saramago, monumental como toda su novelística: Ensayo sobre la lucidez, que acontece en alguna capital sin nombre de un país sin nombre, en la que la durante las elecciones para escoger a sus representantes, el grueso de sus habitantes, toma la coincidente y reiterada decisión de votar en blanco.

El gobierno por su parte entiende este comportamiento inesperado de la mayoría de la población como una insurrección y un atentado imperdonable contra la majestad de la democracia y decide en consecuencia sofocar el incendio buscando culpables que deben ser castigados y mostrados como escarnio. Culpables entonces ellos, los votantes ‘blanqueros’, como los llama Saramago, cuyo único delito es el de tomar la valiente decisión de ejercer su plena y definitiva libertad contra un gobierno y unos representantes de generados y corruptos.

El territorio novelado de Saramago bien podría ser nuestra ciudad de la música y nuestro propio país, los personajes nuestra gente toda, y el resto podría ser mera coincidencia de esta verdad que vivimos más allá de la ficción.

Y cualquier parecido no es mera coincidencia.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.

 

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