Malos en la televisión

Alex_Correa

La aparición de una serie sobre la vida del mafioso Rodríguez Gacha, nos lleva a preguntarnos ¿hasta cuándo durará esa tendencia en hacer apología de la maldad y la violencia?

Recuerdo que en mi infancia solían ser motivo de tertulia y conversación las serias y novelas que aparecían en la pantalla chica: EscalonaLa casa de las dos palmasLos cuervosEn cuerpo ajeno, y un larguísimo etcétera. Allí, y con verdadero concepto de autor, se contaban historias, algunas truculentas y efectistas, pero que a la postre dejaban una moraleja o precepto moral que dignificaba los valores y la rectitud por encima de todo.

Pero en unos pocos años, los creativos invirtieron el concepto. Ahora no se sabe quién escribe las historias, cuando antaño gozábamos con la pluma de Julio Jiménez, o incluso un Fernando Soto Aparicio, que llevaba a la pantalla sus bien elaboradas ficciones.

Aunque se diga ahora que series de mafiosos y paracos están inspiradas en  hechos reales, el resultado termina por ser una desconfiable mixtura: cuando se mezclan verdades con mentiras, se procede a contar mentiras, y eso fue lo que le ocurrió a series como Los tres Caínes, que su autor quiso justificar diciendo que lo había basado en las audiencias de justicia y paz, y el resto en su ‘prodigiosa’ imaginación.

También, los productores de la televisión, entendieron que fenómenos tan recientes en el imaginario popular, no se pueden llevar a las pantallas, pues hieren la sensibilidad de las víctimas. Quizá ese haya sido el éxito de Escobar el patrón del mal, cuya saga vuelve a editar Caracol: la narcoviolencia de los ochenta está lejana en el tiempo, y la moraleja que quedó es la de la clase política que se vendió y negoció con el capo, fenómeno que mutó y engendró la reciente para política. Recuerdo el fervor y la tristeza de algunos adeptos, cuando la serie terminó con la muerte del narco. Quizá anhelaban otro desenlace distinto del real.

A algún descabellado se le ocurrió llevar a la televisión la historia de Garavito, el homicida y violador de niños, proyecto al que por fortuna le dieron ‘gavetazo’. Hoy, anuncian la saga de El Mexicano, pero quizá con un único acierto, mostrar desde el principio al malo en igualdad con las víctimas, para que la imagen del mal no se imponga sobre el bien, en la memoria del televidente.

Habrá que ver si seguiremos viendo en la tele con tristeza las viudas, las muñecas, los capos, los sapos; lo que indudablemente nos llevará a irnos al cable en busca de ‘mejores’ opciones. Añoro los tiempos en que la gente paraba a los actores en la calle y los recriminaba por sus roles en el cine o en la tv, pero todo terminaba en un apretón de manos o en una anécdota para el recuerdo. A Larry Hagman, actor que dio vida a J.R. Erwing en Dallas, le negaron varias veces la posibilidad de un trasplante en la vida real, porque “era el malo de Dallas”.

En Cien años de Soledad, García Márquez cuenta que con la llegada del cine a Macondo, sus habitantes destrozaron un día el cinematógrafo, al no aceptar que el actor que habían visto morir en una cinta, reapareciera en otra como apuesto galán. Esos cinéfilos se rebelaron contra la ficción que les contaban. Ojalá no nos pase a nosotros con la televisión, que despertemos un día y queramos estrellarla contra la pared, o peor aún, ni siquiera encenderla, porque  la realidad real será igual al mundo imaginario al que nos asomamos para escapar por unos minutos de la crudeza de la vida cotidiana.

Por: Alexander Correa C., codirector www.alaluzpublica.com, Contador Público, autor.

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