Marco T., sí arregla las carreteras

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Foto ilustración: tomada de Internet.

Marco Tulio Tique, también conocido en las carreteras derruidas del Tolima como ‘Marco T.’, el concesionario, salió huyendo una madrugada aciaga de Planadas. Escapaba desesperanzado y miedoso  de los actores de la violencia. Anocheció  y no amaneció.

Llegó primero a Ortega, sin más patrimonio que su mujer preñada de 4 meses, 3 hijos famélicos y despistados entre los 8 y 14 años, y un par de maletas de correas, con unas manotadas de ropa tan vieja como sucia. Se instalaron en la casa grande de don Patrocinio Murillo, que había sido su patrón una docena de años atrás, a las afueras del pueblo, y ocuparon entonces las 2 antiguas habitaciones de los agregados, mientras consiguen para donde irse, como le sentenció el antaño dueño de finca que ahora se encontraba casi al borde de la ruina definitiva, por culpa del abandono en que nos ha tenido estos gobiernos de mierda, repetía dolorido Patrocinio  Morales.

Luego de un par de semanas, Marco  Tulio se colocó de ayudante   de una Cointrasur en remplazo del titular, que luego de mes y medio  le quitó el trabajo. Fue ayudante de albañil en Guamo algunos días; lavador de carros y despinchador de llantas en Saldaña; mandadero de almacén en Purificación y portero de amanecida en un puteadero de negras a la entrada de Espinal. Oficios tan diferentes como inestables, que escasamente le daban a Marco Tulio para medio comer y para otras escasas necesidades de su miserable prole que lo aguardaba esperanzada en un rancho de agregados en la calurosa Ortega. Hasta que un día, de tantos ires y venires, entre esas carreteras, que más parecían trochas o caminos de herraduras, Marco T. descubrió el oficio que finalmente ocuparía sus días y aportaría algún dinero a su precaria situación económica.

Por aquellos días, cuenta Marco T., el  entonces candidato a la Gobernación del Tolima Luis Carlos Delgado, prometía o amenazaba con crear peajes a través de concesionarios para recuperar, mantener y sostener las vías en mal estado en los puntos cardinales del departamento. El candidato se convirtió luego en Gobernador, y como la mayoría de las promesas  de político que se respete, todo quedó en veremos.

La idea seguía rondando la cabeza de Marco T., y no tardó en poner manos a la obra. Se instaló inicialmente en un tramo destruido de la carretera que de Ortega llega a Chaparral: botas pantaneras, viejo pantalón de dril recortado a tijeretazos, camiseta del Santafé,  que empezó a usar al  revés, por aquello de los asesinatos entre los hinchas  de fútbol por cuenta de una camiseta, y sombrero deshilachado para  protegerse de los soles inclementes o los chaparrones inesperados ; y armado de una pala se dispuso a arrojar escombros, sobrantes de recebo y hasta basuras sólidas en los huecos –cráteres que llenaban la vía, a cambio de las monedas que recibía su mujer de los conductores de la Cointrasur, las flotas de Contransrío o cualquier carro que quisiera agradecer su faena diaria, para hacer menos penoso y difícil el tránsito por aquel desastre de carretera.

Desde entonces a Marco T., le agregaron los choferes el sobrenombre de ‘Concesionario’; y él llegó a creerse, desde entonces también que estaba trabajando en algo así como lo que había prometido el candidato a gobernador: con su pala salpicaba de escombros los huecos dándole “mantenimiento” a la vías; mientras su mujer embarazada cobraba “el peaje” a los conductores.

Con la llegada del cuarto hijo, Marco Tulio Tique, dejó a su mujer en casa de agregados y continuó deambulando por las carreteras con el mayor de sus hijos, un muchacho silencioso y pálido que andaba por los 14, y que ahora hacía las veces de cobrador del  peaje.  Regaron cascajo, piedra triturada, escombros de obra, latas de cerveza, cagajón de vaca y otros materiales inservibles de construcción en los cráteres de las vías entre Castilla y Coyaima, Ataco-Planadas-Gaitania, entre Saldaña y Purificación, y otras veces repetía Ortega-Chaparral, viajando en los buses de ruta  que a veces no les cobraban pasaje, o en las carrocerías de camiones o volquetas que se dignan a remolcarlos gratis  de vez en cuando.

Hace unas semanas le contaron, y nos contó Marco T., que el gobierno departamental pensaba, prometía o amenazaba con reparar y darle mantenimiento a la malla vial de por lo menos  el sur del Tolima. Marco Tulio Tique piensa angustiado entonces que eso sería  para él  y para su negocio, algo así como una catástrofe: ruego al cielo que el Gobernador no le meta mano nunca a estas carreteras, se dice para sí Marco Tulio.

El Gobernador escucha la súplica y generosamente le hace caso.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.

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