Mezquindad

Alex_Correa

Alexander Correa

“Poderoso caballero es don dinero”, Francisco de Quevedo. 

Mi papá se disgustaba con los empleados que tenía en la finca, porque no le pedían permiso para disponer de los animales que morían en un accidente. Recuerdo su ‘neura’, una vez que de la cocina emanaba un efluvio de sopa y al preguntarle a la mujer que debía alimentar a cuatro retoños y a uno más en su barriga, esta contestó “estoy preparando caldo de pisquito”, al aludir a la cría de un ave de corral que había expirado bajo las llantas de un vehículo, y que ella se proponía dar a sus hijos como el más exultante alimento del día.

Mis primos también tenían una finca en El Salado, donde hoy se alzan cientos de casas apretujadas, y exigían a los administradores guardarles los cadáveres de animales, así fuera por varios días, a fin de comprobar que en realidad habían fallecido y no eran vendidos por sus empleados para redondear los ingresos con la miseria que ganaban al mes.

Fernando Vallejo, dedica decenas de páginas de algunas de sus mejores novelas, al dolor que le producía y le produce, el saqueo de naranjas, bananos y plátanos, de las fincas de su abuelo (Santa Anita); y de su padre, el pobrecito exministro Iván Vallejo, ejecutadas por “esa roña, la chusma que sigue empuercando el mundo, reproduciéndose y votando en las elecciones”.

Los anteriores ejemplos, me llevan a pensar ¿por qué somos tan mezquinos y miserables? ¿Qué mandato del inconsciente nos impide darle propina al mesero que nos atiende o al muchacho que se esmera en brillar nuestro vehículo en el lava autos? Acaban de informar que Sofía Vergara, en sus vacaciones de fin de 2013 en México, pagadas o regaladas por algún admirador, no dejó un solo dólar de propina a recepcionistas y camareras. Y eso que a corte de diciembre pasado, la ‘Toti’ ajustó ingresos por 30 millones de dólares, de su aparición, a veces no tan afortunada (me disgusta su acento), en series y películas. Con razón le negaron por cuarta vez consecutiva el Globo de Oro; pero los gringos siguen obnubilados por sus curvas y figura, al punto que le dieron el estelar en una película donde hace un trío de cama con Sharon Stone y ¡Woody Allen!, nada menos. Dirige Jhon Turturro.

La mezquindad se extiende por todas las capas de la sociedad (¿suciedad, a lo Calamaro?). Santos y su equipo de tecnócratas, la mayoría egresados de Los Andes, nos regalaron en diciembre un ‘exagerado’ aumento del salario mínimo, que el primer día del año se ajustó con alzas en la gasolina, arriendo, peajes, alimentos, matrículas. Alberto Carrasquilla, exministro de Hacienda, durante el régimen de Uribe, dijo que el salario mínimo “era ridículamente alto”, un pernicioso argumento para negar el justo incremento pedido por trabajadores y centrales obreras. Otra ‘joya’ de los ochos años de la seguridad democrática, Fernando Londoño, el exministro que birló miles de millones de pesos en acciones de Invercolsa, se declaró indignado a pocas horas del atentado que por poco le cuesta la vida, por la desaparición de su fino reloj Rólex. En su soberbia, le echó la culpa en directo, en una entrevista con el imparcial Canal Caracol, al paramédico que lo atendió, prestándole los primeros auxilios. El humilde trabajador de la salud, denunció a Londoño Hoyos por injuria y calumnia: ¡el reloj se lo robaron los mismos escoltas que creyeron al ahora periodista impoluto, muerto o inconsciente!

Con razón la gente en el mundo admira más a Bill Gates que a Ardila Lulle, o a Sarmiento Angulo. El fundador de Microsoft, es ponderado por sus obras de caridad y fundaciones filantrópicas; mientras que los ricos de Colombia anuncian con bombos y platillos que patrocinan una orquesta, construyen un teatro, o regalan una biblioteca, pero no porque les nazca de corazón hacerlo: ¡es para disminuir el impuesto de renta que deben pagarle al fisco nacional! Y lo sabré yo que me buscan a cada nada para evadir impuestos, empresarios y gentes de distinto pelaje.

En el plano local, fuera de concurso deben declararse los políticos mezquinos, que no gastan un peso de su dinero, pero sí les sonsacan a sus ahijados y contratistas hasta el cincuenta por ciento de sus ingresos mensuales por salarios  y honorarios. “Esto del diezmo se acabó, ahora es cincuenta – cincuenta”, me dice un dirigente político que conoce bien los entresijos del poder y de la contratación en la alcaldía de Ibagué.

¿Saben quiénes pagan en estos días de campaña, los gastos de publicidad, vallas y afiches?: los contratistas y empleados, que así deben devolver el favor de haber sido colocados. En el Ibal, empresa de acueducto y alcantarillado, conocí por buena fuente, se ha repartido la tajada burocrática a partes iguales entre el exalcalde Jorge Tulio Rodríguez (el gerente Carlos José Corral, es cuota directa suya); el representante Carlos Edward Osorio; y un senador de extracción conservadora (pero de los puestos, no de las ideas). Se ha excluido de allí, a cualquier dirigente del partido Liberal, pues conocidas son sus ansias de poder e insatisfacción a la hora de quedar llenos con puestos y contratos. ¿No son todos así? De razón Carlos Edward Osorio tiene inundada la ciudad con vallas y propaganda, muchas veces instaladas en contravía de la normatividad legal vigente, como lo denunció en las redes sociales el concejal y exdirector de la oficina de Espacio Público de Ibagué, Camilo Delgado.

Podríamos decir que la esperanza en que las cosas cambien radica en la educación, los jóvenes que se están formando, recibiendo instrucción en las aulas. Iván Melo Delvasto, cuando fue rector de la Universidad del Tolima, llegaba los domingos a la sede de la institución, no para trabajar, que poco lo hacía, sino para llevarse las suscripciones de periódicos y revistas, y así no tener que pagar por los ‘costosos’ diarios. Lo pude comprobar, cuando adelantaba estudios de pregrado en la Universidad Cooperativa, donde Melo también estuvo enquistado por diecisiete años: muchas veces no podía acceder a leer la revista Semana, o el diario El Tiempo (Le Miento, nos dice ahora Vladdo de manera acertada), en épocas en que la penetración digital era un sueño lejano, porque dichas publicaciones “estaban en rectoría”, según contestaban en la biblioteca de la universidad, con evidente falta a la gramática, la decencia y las buenas costumbres.

Demos propina, dejemos circular el dinero. Paguémosle lo justo a empleadas del servicio y demás subordinados. No nos ofusquemos porque nos cobran monedas de más en la cuenta, o porque el de la buseta no nos devolvió cien pesos. No nos echemos mal karma por pequeñeces. No seamos esclavos del dinero.

Por: Alexander Correa C., contador público, autor, codirector A la luz Púbica.

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