Mi profesor de literatura

Daniel Ruiz, el segundo abajo, de izquierda a derecha.

Daniel Ruiz, el segundo abajo, de izquierda a derecha.

Daniel Ruiz Meneses formó a varias generaciones en el colegio San Simón de Ibagué. 

Era una mezcla de deportista, sibarita, amante de la poesía, pero sobre todo, un ser humano viviendo a plenitud.

Conocí al maestro cuando cursaba octavo grado y la primera tarea que nos colocó fue elaborar un texto interpretativo de una lectura que hizo, de un autor que nunca más he vuelto a ver. A riesgo de parecer poco modesto, días después anunció el veredicto del concurso al que había sometido a todos los estudiantes del colegio, y mi texto fue el ganador.

Debatía con Daniel Ruiz sobre la influencia de Tolstoi en la literatura latinoamericana del momento, el porqué de las diferencias entre las deidades romanas y griegas, y hasta del bloqueo de escritor que atacó a Rulfo tras la contundencia de Pedro Páramo, o El llano en llamas.

Se me quedaron grabadas a fuego sus palabras cuando nos leía fragmentos de poemas de Neruda: “exquisito”, sentenciaba luego de concluir la lectura, lanzando un hondo suspiro, y ver perderse su mirada en el infinito.

Años después, vine a identificar esas lecturas en Farewell o Walking around, poemas del bardo chileno. Los leía de una edición rara de libros delgados y ajados, que algún día traté de sacarle prestados (con poco propósito de devolución), pero que no lo conseguí, pues era muy celoso con su colección.

Poco gustaba de García Márquez y luego de señalar la escatología y crudeza de ciertos párrafos del Nobel, lo despachó ante toda la clase con un “eso no es cultura, señores”.

Daniel Ruiz, pese a estar entrado en años, jugaba baloncesto y competía en los juegos anuales de estudiantes contra profesores que se disputaban en San Simón. Recuerdo una vez que observaba un cotejo y un compañero de su mismo equipo lo recriminó por una jugada mal hecha. El profesor abandonó el juego con un sonoro: “pues me salgo, pendejo”, para volver algunas semanas después luego que le hubiesen presentado excusas.

Sus arranques al interior del salón de clase, también eran memorables. Una vez se indignó cuando los problemas intestinales de un estudiante se hicieron demasiado evidentes, en un recinto cerrado y donde agobiaban humores y el calor. En otra ocasión, se retiró muy molesto cuando un compañero, Jaime Edison Parra, lo dibujó en una caricatura. Volví a ver a Parra, hace poco y después de tantos años, trabajando en el almacén Metro de Multicentro.

Por tres años conviví con Daniel Ruiz, dentro y fuera del colegio. Por alguna afortunada coincidencia, llegó a vivir a mi mismo barrio, el Topacio, donde fui a visitarlo varias veces a fin de pedirle ayuda para las tareas. Lo encontré en ropa ligera, rodeado de cientos de libros, y con la sabiduría inmensa y reposada que solo pueden conceder las letras y el conocimiento.

Lo acompañaba en sus últimos años una dama y un niño al que había procreado con ella y al que presentaba con humor como “mi último esfuerzo”.

Hace algunos años, identifiqué su nombre y rasgos, en un comandante de la Policía Tolima que duró poco tiempo en el cargo: el coronel Daniel Ruiz Antía. Otro de sus hijos, también habría de alcanzar rango en la fuerza, el mayor Francisco José Ruiz Antía.

Daniel Ruiz, se retiró de las cátedras, se pensionó y falleció un buen o mal día, según se vea. Lo vi, el día del grado del colegio, en diciembre de 1994. Lo vi una vez más, cuando recién salido del bachillerato trabajaba como controlador de busetas, y al ir a registrar el tiempo del vehículo, un pasajero me saludó con su inconfundible: “señor Correa”.

El año en que salíamos del colegio, se realizaba la semana cultural en San Simón, en el mes de octubre. Estaba cerca cuando Daniel Ruiz se presentó a ver la muestra de caricatura y descubrió de nuevo su silueta, expuesta para contemplación de todo el mundo. Esa vez, sí rió y celebró de buena manera el talento del dibujante. Jaime Parra, el irreverente de entonces, se había vuelto a salir con la suya.

Sucede que me canso de ser hombre.

Sucede que entro en las sastrerías y en los cines

marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro

navegando en un agua de origen y ceniza”, Walking around, Pablo Neruda.