Músculos

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Historias urbanas que podrían ocurrir en su propio barrio.

Es el verano del 98, la época donde los cineastas promocionan al gran Rocky con sus puños magistrales y guantes rojos, o al violento Rambo con ametralladoras de alto alcance, cada vez más grandes, dependiendo del número de su saga. Sin escatimar a los protagonistas de la lucha libre, tipos siniestros y enmascarados que golpean a sus contrincantes sin piedad hasta provocarles un desmayo que dure más de tres segundos, con los cuales obtienen victoria.

Yo me encuentro entre los ocho años de edad, próximo a cumplir los nueve, pero lejos estoy de convertirme en un superhéroe o un agresivo boxeador. Tengo unos brazos delgados y una barriguita algo pronunciada, me encanta la violencia y anhelo golpear como Rocky o disparar como Rambo pero nada…Los deportes no son lo mío, las rutinas físicas me irritan y de paso me frustran. No es fácil ver a mi vecino de ocho años triunfando en todo lo deportivo.

Juan Carlos pende de una barra de hierro, sus brazos los sostienen, él no se sostiene para sobrevivir, él se sostiene para ejercitar sus extremidades pues sueña con unos brazos gruesos capases de noquear a quien se atreva a irrespetarlo.

Ese es mi amigo, un hombre que desde su niñez a inspirado respeto, Juan Carlos es un joven atlético pero con poco intelecto, el dicho de la fuerza bruta aplica a cabalidad en su ser. Ya han pasado algunos años y su esfuerzo físico da como resultado una espalda ancha y unos brazos enormes. Su solo apellido hace referencia a su elegancia y a su melena, León. Él es apreciado por las chicas y quienes no lo conocen lo saludan tímidamente y lo miran con asombro al recibir un fuerte apretón de su mano derecha. Su corpulencia lo ha llevado a convertirse en un pedante, en un detractor sin argumentos, cuando ve perdida toda postura ideológica se desprende de su camiseta para intimidar y silenciar el debate. Lo que no logra con saber, lo logra con su apariencia ruda. De una u otra forma lo idealicé como un guerrero indestructible aunque nunca lo vi pelear.

Es la madrugada del primero de enero del 2011, unas cervezas adornan la sala de uno de mis amigos de infancia, Juan Carlos ha decidido pasar el año nuevo en otra parte pero prometió llegar más tardecito. Las cervezas vacías aumentan, los cigarrillos se consumen y las risas y el cariño se exterioriza como resultado del consumo de licor. Pero al parecer no somos los únicos “ahí viene JuanCa”.

En efecto es él, pero viene extraño, nos mira horrible, se sienta junto a nosotros con una actitud retadora, toma una botella vacía y la revienta. Mi amigo anfitrión le llama la atención, explicándole que de pronto su mama al percatarse del desorden lo entrará y apagará el sonido. Antes de terminar su explicación, el flaco de Alex cae al otro lado de la acera. Juan Carlos lo ha golpeado sin razón alguna, lo que no se imagina Julián es que en estas festividades los héroes abundan.

Él héroe de hoy es delgado, de baja estatura, no tiene grandes brazos pero luce confiado y se acerca a León sin miedo, el grande subestima al chico con acciones y palabras, pero… ¡esperen!

¿Qué pasa?
¿Ese es Juan Carlos?
¿Ese es quien -yo pensé- sería el triunfador de la batalla?

La escena fue rápida, un gancho izquierdo enviado por Juan Carlos, un formidable giro de torso por parte del flaquito foráneo seguido de dos ganchos certeros, uno en un pómulo y el otro en una ceja. Cada uno de estos dos golpes logró su heroico cometido, tal vez la huesuda mano del flaco fue su arma letal. Corte en la ceja e inflamación exuberante en el pómulo izquierdo de León. Para mi sorpresa Juan Carlos renuncia a seguir en la batalla, ayudado por quienes lo separamos.

El león se inclina como un niño y explota en llanto, sus manos tapan su rostro, tal vez quiera ocultar lágrimas, tal vez quiera ocultar los golpes, tal vez reniegue dentro de sí y se culpe por su borrachera, tal vez, muy acertadamente piense en que ya nadie lo tratará igual. Juan Carlos es un ídolo caído para gran parte de los jóvenes de un barrio cualquiera, un flaco transeúnte se familiarizó con el desgonzado Alex e hizo historia.

Desde entonces los hombres fornidos no son temibles, son lentos y flojos, esclavos del espejo, huesitos fáciles de roer. La fuerza relevante del hombre está en los bríos del espíritu.

Por: Germán Gómez Carvajal, Universidad de Ibagué.

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