Ninfomanía, más allá de la ficción

Imagen de la película Ninfomaníaca, de Lars Von Trier.

Imagen de la película Ninfomaníaca, de Lars Von Trier.

Confesiones de una adicta al sexo en la capital tolimense.

-¿Quiere que le diga una cosa? Hace rato que no pensaba en eso ¡Qué charro! La gente rara vez se acuerda de las cosas que hacen cuando están pequeñas. Pero yo si me acuerdo de todo—.

Doña Nini, como la conocen en la vecindad, hace una pausa. Por un instante no estoy seguro de haberle hecho la pregunta adecuada. Intento hacer otra pregunta pero ella insiste en responder: — No se preocupe, de todos modos yo acepté contarle mis cosas. De mi infancia lo que más recuerdo…— Toma un poco de aíre —es a mis primos Jorge y Manuel, el uno de trece y el otro de quince, metiéndome los dedos, usted ya sabe dónde. Yo tenía como seis o siete años —.

La confesión de doña Nini me deja perplejo. Ella continúa, esta vez sin vacilar y con un aíre de tranquilidad: — Pero no se ponga rojo que esas cosas pasan más de lo que usted se imagina. Al principio todo era como un juego y aunque usted no lo crea a mí, ese juego me terminó gustando. Nunca le conté a mi mamá, me hubiera matado donde yo le saliera con algo así. Yo siempre fui la mala para ella, por eso me trataba como basura. No recuerdo nunca una palabra tierna de su parte. No me bajaba de perra y cuando al fin se dio cuenta en las que yo andaba, me dejó este recuerdo—.

Doña Nini se quita sus anteojos oscuros y me deja ver la carnosidad blancuzca que cubre su ojo izquierdo y que por supuesto le impide ver. Luego sonríe al percatarse de mi expresión, se pone los anteojos y sigue su relato: — Vivíamos en una pocilga peor que esta en donde vivo ahora. Pero a la familia le encantaba ir. Yo había cumplido los nueve. Ese día como ya sabía que mis primos llegaban me puse una falda pero sin cucos. Apenas tuve la oportunidad me levanté la falda delante de Jorge, el más pequeño, pero no me di cuenta que mi mamá me estaba mirando. Ni siquiera me alcancé a bajar el vestido cuando sentí que algo me quemó el ojo. Mi mamá me dio un fuetazo con el rejo que cargaba y luego me molió a golpes. Duré dos días inconsciente, cuando desperté ya no podía ver y desde ahí mi vida se acabó de fregar—.

Melgar vio nacer a esta mujer de uno sesenta y cinco de estatura, piel blanca, cabello tinturado, senos grandes y caídos, dentadura postiza y de pronunciadas varices en sus piernas reflejo de su triste vida. Es la menor de tres hermanos y a sus cuarenta y nueve afirma que la pobreza la ha perseguido toda su vida: — Yo siempre he sido pobre, siempre fui la despreciada de la casa porque mi mamá quería más a mis hermanos que a mí. Yo era la perra del barrio aun sin haber empezado con esa manía de tener sexo con el que se me atravesara—.

Un ruido fuera de la habitación nos interrumpe. Se trata de un par de perros que gruñen con intención de pelea. Doña Nini se levanta de la silla, se asoma por la ventana y les avienta agua a los animales que se encontraban hurgando entre la basura de su vecina. Entonces la escucho gritar: — ¡Por eso es que no se va ese olor a mierda, porque esos perros rompen las bolsas y como la vieja esa es bien cochina!—

Intento que no se me note el malestar, el olor es insoportable, más con el calor del medio día. Doña Nini toma asiento nuevamente y continúa su relato: —A los once supe lo que era una violación, un compadre de mi mamá que siempre nos llevaba cosas, mercado, plata o pendejadas, le dijo a mi mamá que me dejara ir a hacerle ofició a la casa. Yo quise negarme pero ella como siempre me amenazó con darme una paliza si no obedecía. Preciso, cuando llegué a la casa el viejo asqueroso me tapó la boca y pues ya se podrá imaginar usted. El problema fue que me quedó gustando. Igual yo ya ni virgen era, eso sí me dolió, pero me gustó.

Mientras escucho lo que me cuenta doña Nini, pienso en lo mucho que me cuesta creer que una persona a esa edad y después de tanto abuso le termine gustando algo así. Sin embargo, doña Nini asegura que desde temprana edad el sexo para ella se convirtió en una rutina y que cuando se hizo mujer se dio cuenta que sexualmente nada la satisfacía. Ella siempre quería más: — Me descontrolé por completo, era una niña y ya me dejaba manosear de los compañeros del colegio, me le insinuaba a los profesores, hasta hice cochinadas con un viejo que tenía una tienda cerca a la casa. Pero fue cuando me metí con mi padrastro que la cosa se puso jodida con mi mamá y terminé en la calle. Aprendí a chupar pegante, a pedir, a robar, me revolcaba con el que fuera, me volví prostituta, pero prostituta de lo peor, de lo más bajo. Metía de todo, bazuco, marihuana, lo que fuera. Hice de todo lo que usted se imagine y más. Orgias, mujeres, hombres, de todo, pero cada vez que pasaba el rato me seguía sintiendo vacía.

Doña Nini se levanta de la silla, camina hasta su armario y saca un álbum para enseñarme la foto de su primer hijo: — Nunca supe quién era el papá, pero sentí algo raro cuando ese niño nació. Como que quería cambiar mi vida. Se me murió a los días, yo estaba muy china, llevada, muy débil, casi no comía, para rematar la partera no me atendió bien y no tenía ni leche para darle al niño, se me murió de puro descuido y además nació enfermo. Casi me muero. Después de eso mi mamá me volvió a recibir, seguro le remordió la conciencia. Comencé a portarme juiciosa, conseguí un trabajo en un restaurante, dejé de meter porquerías, pero ese asunto del sexo me podía. Eso no lo pude dejar. Ni siquiera cuando conocí al papá de mis otros tres hijos y son de él porque todos se parecen, como si los hubiera negado.

Doña Nina suelta una sonora carcajada al punto que se le mojan los ojos. Por un instante pienso que está llorando, luego me da una palmada en el brazo y me dice que no vaya a pensar que está llorando, que son sólo lágrimas de risa. Enseguida me señala las fotos de un niño y dos niñas: — Se los dejé a la abuela. No los aguantaba y les pegaba como me pegaban a mí. El papá de los niños no era un mal tipo, era mecánico, trabajaba por los lados del Terminal. Yo le hacía de todo en la cama, pero en la casa nada, con decirle que ni le lavaba los chiros. Manteníamos de agarre y en una pobreza que daba miedo, una racha como si nos hubieran hecho brujería. Una mañana se fue a trabajar, llevé a los chinos donde la abuela y no volví. Me fui para los Llanos, a raspar coca. Allá conocí al papá de estás dos niñas que ve aquí — Señala a dos niñas que parecen gemelas — Pero Igual, las ganas me podían— Sonríe de manera maliciosa — ¡Ay! ¡Si esos cultivos hablaran! Me acostaba con el que fuera. ¿Si ve a este otro muchachito? — Me muestra la foto de un chico flaco y cabezón, moreno y de enormes dientes — Creo que es hijo de un guerrillero con el que me acosté un tiempo, lo digo porque es la misma jeta. Era obvio que el papá de las gemelas no se iba aguantar más. Cuando se fue a largar le dije que se llevara a las chinas. Yo me regresé para Ibagué con el niño y al ver que no conseguía trabajo y que seguía en esa mala vida, se lo dejé a la que fue la madrina de bautizo. Creo que se lo llevó para Bogotá.

La historia de doña Nini me deja sin palabras. La mujer se muerde las uñas y hace una mueca espantosa. Luego le escucho decir: — Me imagino que estará pensando que soy una mala madre y a lo mejor tenga razón, pero esos niños no tenían un buen futuro conmigo. Después de que se llevaron a Santiago, mi último hijo, me mandé a operar. Me fui un tiempo para Armenia y trabajé en casas de ricos como empleada de servicio. Pero como siempre terminaba metida en líos de cama. Esos ricos no son sino cochinos. No quieren otra cosa que cogerlo a uno. Hasta las viejas son todas degeneradas. En el último trabajo que tuve me dieron papaya y me les volé con unas cosas. Me devolví para Ibagué y hace como quince años conocí a alguien que me cambió la vida.

Doña Nini me ofrece un café, durante su ausencia observo en un rincón de su habitación una mesa pequeña que hace las veces de altar con una veladora ya gastada sobre un plato metálico. A su alrededor, un cuadro de la Santísima Trinidad y dos estatuillas, una de la Virgen del Carmen y la otra del Divino Niño. Pegadas a la pared, en un cuadro hecho de cartón, la foto de sus hijos, de una señora entrada en edad y una de ella abrazada al cuello del que parece ser su pareja actual. Doña Nini entra con el café y me encuentra fisgoneando el altar. Con un tono de voz fuerte expresa: — Dios me salvó. Cuando encontré al señor todo cambió para mí. Me entregué al señor, aunque para una mujer como yo que se ha entregado a tantos hombres eso suena charro. Conocí a una amiga que me enseñó de Dios y por ahí fui encaminando mi vida. He tenido tropiezos pero igual, Dios me ha dado muchas bendiciones, me pude reencontrar con mis hijos, ya están grandes y me perdonaron. Hace como ocho años conocí a mi Alfredo, es el de la foto— Señala la foto en la pared —Trabaja de celador, hoy tiene el turno de la tarde. Yo con mis arepas me defiendo y sigo juiciosa de la mano de Dios. Con decirle que en otros tiempos ya se lo estaría pidiendo, pero he cambiado—. Doña Nini ríe a carcajadas.

La última parte de la historia no me deja muy convencido. Finjo dar un par de sorbos a la taza de café. Miro el reloj y me levanto de la silla. No resisto el olor. Agradezco a mi entrevistada por compartir su historia. Salgo de la habitación, doña Nini me despide con un: “por aquí lo que se le ofrezca”. El olor a orín de perro y a pañal sucio en el inquilinato es realmente insoportable. Me despido e intento salir lo más rápido que puedo.

Mientras atravieso el lugar me doy cuenta de lo espantoso del panorama. La pobreza es abrumadora, el hacinamiento, la suciedad y los fétidos olores de ese sitio son el claro reflejo de la situación que viven cientos de colombianos, por no nombrar otros lugares del mundo. A esto se suma la historia que acabo de escuchar y que retumba en mi cabeza. No cabe duda que observo la otra cara de la moneda, veo a la otra sociedad, esa que no muestran en la televisión y mucho menos en cine, en donde los intentos por plasmar la realidad son infructuosos ya que la vida del ser humano se puede tornar tan compleja al punto de llegar a la degradación total como si se tratase de una maldición o una condena impuesta por quién sabe quién.

Días más tarde, y con la intención de escribir hechos basados en la verdad, me encuentro con la persona que me llevó a conocer a doña Nini y quien por supuesto la convenció de contarme su historia, se trata de la mujer que le habló de Dios y quien desde hace quince años es su mejor amiga. Efectivamente doña Nini no mintió con todo lo que me contó, sólo omitió un pequeño detalle. Ella, como cientos de personas en igual o mejor condición, sólo utiliza a Dios para poder pecar, rezar y empatar.

Por: Luis Carlos Rojas García.