No, diputado, no: las cosas de Dios son de Dios, pero la ley debe ser panteísta e incluso atea

Jorge Duque

En una de las emisiones de esta semana que terminó, en alguno de los distintos enfoques editoriales de los tres noticieros diarios que nos brinda la veterana emisora análoga “La Voz del Tolima”, el señor diputado Jorge Duque, confeso creyente de la vertiente local del cristianismo no apostólico conocida como Mira, iniciaba la diatriba acerca del cerramiento de una iglesia en el norte tolimense, donde sus igualmente creyentes, presuntamente veneraban al diablo o Belcebú o Lucifer o quizá al mismo criollo mandingas o simplemente, a la antípoda de la fe cristiana institucionalizada en occidente, por el emperador romano Constantino I.

Le secundó en ello, radialmente al instante (gracias al acertado reportaje del novel periodista Fernando González) un delegado sin curul política, pero sí con asiento en el poder romano del cristianismo católico local, quien a unísono con el diputado creyente, llamaron a la unidad y a la condena social de todo aquel o aquellos(as) que imbuidos por “la ignorancia y la alienación” (se presumió oírles decir) caían en estas “demoníacas” convicciones (también se les imaginó leer en su apremiada voz).

Digamos que hasta ahí, prestos en su papel social (que igual político): condenar y orientar a su grey (de paso advertir al ateísmo y al panteísmo local), que cualquier iglesia o culto que no predique la fe monoteísta, o el culto a la jerarquía del apostolado (lo cual históricamente es una imprecación: pues apóstol es antítesis de jerarca) o a la convivencia moral y ética de lo que conviene (claro, al que predica), sin más debería ser ipso facto declarada ilegal (entiéndase perseguida), ante dios y ante la ley. Valga como ejemplo (uno se atreve a interpretarlos más allá de su grito estratégicamente lastimero), que igualmente se debería (o se debió) declarar ilegal, por ejemplo: a líderes o lideresas religiosos que abusaron impunemente de niños y niñas en escuelas, colegios y cofradías; a líderes y lideresas religiosos que amasaron y amasan fortunas no declaradas, a merced del ciego diezmo de sus creyentes; a líderes y lideresas religiosas que testimoniaron el horror, el salvajismo y la barbarie de la guerra colombiana desde el siglo XIX hasta la, esa si bendita, firma del Acuerdo de Paz Estable y Duradera, pero que convenientemente miraron hacia el cómplice lado de los asesinos y criminales de lesa humanidad, hoy condenados o fallecidos; a líderes y lideresas religiosas que supieron de oídas – mientras aupaban ilegales tierras, baldíos y edificios, en medio del ensordecedor carnaval – de las innombrables bellaquerías oscurantistas (registradas judicial y oportunamente en la honorable y valiente Fiscalía General de la Nación, en sus primeros años), financiadas por los otrora muy poderosos colombianos que se saciaron en su ethos patológico, con la sangre aún caliente de mutilados bebes raptados a humildes familias, sin que entonces un pastor, sacerdote o diputado, les defendiera con el mismo grito unísono.

No señor diputado, no. Lo de dios, su dios o el de cualquiera con fe, es cosa de usted y de su fe y de la de cualquiera que cree trascender a lo esencialmente humano, demasiado humano. Lo de la ley es otra cosa, es cosa de los ciudadanos y ciudadanas suficientemente informados, bien informados, y de pronto, en algún lejano mañana, mayoritariamente bien educados, por aquellos – las excepciones son pocas – que en vez de ello, ahora les dio dizque por enseñarles a sus alumnos “a luchar”.

Entre la desinformación educativa y la persecución de creencias, de las cuales usted mismo se lamentó hace un año (http://ibague.extra.com.co/noticias/local/mas-queun-culto-214744), está el caldo de cultivo del totalitarismo mediático religioso y de la fe nacida en el miedo hacia lo “otro”, lo “raro”. Y de ser catalogados precisamente como “raros” u “otros”, les salvó a usted y mucho otros antes que a usted, la anti prédica política de expresidentes tolimenses como Murillo Toro o López Pumarejo, que gobernaron para todos y en contra de la antigua estrategia de enseñar “a luchar” de la entonces muy poderosa educativa iglesia católica.

Cualquiera, señor diputado, como usted sabiamente lo reclamó en junio de 2016, está protegido por la ley y la Constitución en adorar a quien le convenga, a quien quiera y con ello de fundar todas las iglesias que quiera (así no nos guste su atuendo o su fe monoteísta) pero sin infringir el Código Penal ni el Estatuto Tributario: esto es, sin extender su fe hasta ver como objeto de deseo sexual a niños o a sodomizar mujeres; sin empobrecer a su grey, a punta de diezmos; y sin creerse que su fe le da patente de corso para hacer invivible a la Nación como se decía en los años 30 del siglo XX, o en su versión más moderna, de hacer trizas los Acuerdos de Paz firmados.

Le invito a que se siente muellemente en la Plaza de Bolívar y vea pasar alegres, frente a la Catedral, a algunas familias tolimenses luciendo orgullosas su nuevo sombrero judío (Kipa), o a algunas adultas mujeres tolimenses vestir su velo musulmán (Hiyab), o a las bellas nativas Embera Chami luciendo, en medio de su indigencia, sus hermosas joyas artesanales, o de paso, a las inquietas adolescentes de cabellos coloridos, ennegrecidos vestuarios y tatuajes alusivamente demoniacos, cuya única intención es verse “auténticas y creyentes” en su fe, tal como sus pares, las bautizadas cristianas del Mira o las púberes católicas en su primera comunión.

A todas y todos les protege, según ellos, su Dios. Pero por encima de esto, les protege la Ley y la Constitución y esta no dice que se deba perseguir a nadie por su creencia o por la iglesia que construyó (artículo 19 CP).

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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