Paint It Black

Luis Carlos Rojas García

Recuerdo que de niño me vendieron la guerra con una canción de los Stones y una serie de televisión que, en su intro, mostraba a cuatro helicópteros y un grupo de soldados gringos disparando sus fusiles en las malvadas tierras de los vietnamitas. La melodía se metía en mis oídos y luego volvía a mis juguetes para recrear las escenas en donde esos hombres y mujeres de ojos rasgados atacaban a los valientes soldados que eran nada más y nada menos que el símbolo de la amistad, del patriotismo y, sin lugar a dudas, de la: “Misión del deber”.

¡Cuánta entrega en esos muchachos! ¡Cuánto miedo! Pero a la vez, ¡Cuánta tenacidad! Para poder soportar las pruebas de esa gente que se escondía entre la maleza o en chozas y que luego ponían bombas que los soldados gringos tenían que repeler con sus armas.

De ahí vinieron otras películas de helicópteros y soldados que iban a esas tierras malditas a morir por su patria. Y con cada escena se iba creando en mí el imaginario de la guerra como parte de la solución a los problemas de las naciones y esas ganas de querer ayudar a la gente de mi país y de otros países; mejor dicho, la guerra como muestra del buen corazón que tenemos los seres humanos que luchamos por la “libertad”. Por supuesto, si existe un ente con un corazón enorme, no cabe duda que es el gobierno de los Estados Unidos, y desde hace unos años, un personaje a quien parece que estas series y películas gringas le tostaron el cerebro y lo convencieron de que la guerra es la mejor alternativa para la juventud de ahora y las que vienen.

Sin embargo, no deja de ser curioso que la guerra para este sujeto, que en verdad ya no se puede ni nombrar, es una guerra en donde sus hijos no participan, al menos no sus hijos de sangre; esto debido a que, en repetidas oportunidades, y mientras da alguno de sus discursos bélicos, suele decir: “hijitos míos”. Lo que deja en evidencia que este sujeto se cree el padre de todos los colombianos, y al mejor estilo de esos viejos norteamericanos que habían peleado en cualquiera de sus guerras, impone a sus hijos la misión de ir a pelear contra el enemigo invisible. Aunque él nunca haya estado en la zona de combate.

Como sea, muchos años después de haber visto tanta serie y tanto cine bélico, me llegó el momento de enlistarme y, como nos suele suceder a los seres humanos que no aprendemos hasta que nos pasa, pude comprobar que mi camino no estaba en el monte echando bala, odiando y matando a gente que no conozco. Me di cuenta que las armas no eran lo mío, nunca atiné en la diana; comprobé también que prestar guardia frente a un río a la espera de un ataque tampoco era para mí. Me comenzaron a parecer absurdos los gritos e insultos que salían de personas que eran igual a mí. Y, aunque había mandado una carta a mi familia diciendo que me pensaba quedar porque mi país me necesitaba, un Comando de Contraguerrilla, que llevaba muchos años en el Ejército, me hizo desistir.

Aún recuerdo aquella calurosa tarde frente al río Orteguaza y mientras prestaba guardia, cuando pasó mi amigo el Comando. Se sentó a mi lado y comenzamos a hablar de la vida en el Ejército. De repente, sus ojos se perdieron en el infinito del sol que se dormía y fue ahí cuando le escuché decir que pensara bien las cosas, que la guerra no era como me la habían contado; me confesó también lo mucho que extrañaba a su familia y de todo el tiempo que había perdido estando allá. Me dijo además que, si hubiese tenido la oportunidad de estudiar, se había quedado en la civil, disfrutando de su esposa, sus hijos, sus padres, sus amigos; compartiendo en navidad o cumpleaños con los suyos. La tristeza en su rostro fue inevitable, la voz se le cortó, le puso en pie, me estrechó la mano y se fue.

A la semana siguiente, a él y a un grupo de muchachos que había conocido en aquel curso de contraguerrilla, los mataron cerca a Florencia, Caquetá; los mataron como suelen matar a la gente en este país y en todos los países en donde justifican la guerra y la adornan en películas, series o comerciales de televisión y, ahora, en vídeos de la internet. Fue entonces cuando decidí que no me quedaría allá. Decidí, como un acto de rebeldía pura, terminar mis estudios e ir a la universidad aunque todo jugara en mi contra. Y así lo hice. Tiempo después, comprendí que los vietnamitas no eran tan malos después de todo, que los gobiernos que invaden países no tienen tan buen corazón como parece y tampoco tienen las mejores intenciones. Comprendí además que es tan fácil mandar a los jóvenes que deberían estar estudiando a matarse entre sí, mientras que un grupo de viejos dementes y sus familias que todo lo tienen, están sentados desde sus oficinas ganando el dinero que nunca vamos a poder ganar, y desde ahí, en la comodidad de sus vidas perfectas, dictan las leyes para que continúe la guerra, para que la puerta roja, el cielo azul, el mar multicolor, el verde y las sonrisas de sol se pinten siempre de negro:

Paint It Black forever my friend!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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