Píntela que ellos se la colorean

Luis Carlos Rojas García

“Un pueblo sin pasado y sin memoria es un pueblo sin futuro”, (De eso que dejan por ahí).

A uno le gustaría recibir buenas noticias de la ciudad donde uno nació, creció, aprendió, se enamoró, se decepcionó e inclusive, en donde hasta puedo uno pensar en morir de viejo, aunque como está la situación es más factible que a uno le adelanten la muerte. Realmente, sería un sueño saber, por ejemplo, que las medidas de protección en tiempos de pandemia son las mejores o, al menos, que se cumplen.

Sería genial saber que la delincuencia disminuye y que no están arrastrando a las personas por robarles un bolso; sería maravilloso saber que existe la cultura ciudadana, que se puede conducir sin estar pensando que se lo van a llevar por delante o que se puede ser un peatón que tiene la vía o que tal vez y solo tal vez, guarda uno la esperanza de escuchar y comprobar que la gestión del nuevo alcalde es realmente buena, que ha superado a su antecesor y que la ciudad, a la fecha, ha salido del atolladero en el que se encuentra, pero… no, no y no.

Mientras Ibagué sigue en su atraso milenario, mientras vemos a toda esa cantidad de muchachos vendiéndole el alma al diablo para poder ir a la universidad pública o privada, incluso, para terminar sus estudios de bachiller o entrar a un instituto como el Sena o a alguna universidad de garaje como… bueno, hay varias.

Mientras vemos cómo el rebusque aumenta, el hambre y la desesperación de muchas personas que ya completan meses y hasta años sin conseguir un empleo, la administración actual vuelve a lo mismo que han hecho siempre en una ciudad que tiene de todo para salir adelante pero que por culpa delos corruptos dirigentes y el “importaculismo” de su gente, no avanza.

Entonces, recuerda uno cositas como, por ejemplo, cuando Edward Amaya, hijo putativo de la vieja escuela del periodismo de Arnulfo Sánchez, y quien saltó de ser presentador de noticias a secretario de Gobierno, tuvo la IDEOTA, de marcar las motocicletas de la ciudad con una, dizque pintura especial, en todas las partes de la misma, para acabar con el tráfico de piezas robadas.

Entonces, el negocio no se hizo esperar y la Policía y la gente que pintaba las motos comenzó a cobrar un dinerito adicional para que los motociclistas no tuvieran que hacer largas filas como las que se veían en la permanente de la plaza de la 21. Claro que detrás del negocio siempre habrá otro negocio más grande, o que lo digan los expertos en el tema. Como sea, este pequeño pero lucrativo desvare aumentó cuando pusieron fecha límite y los motociclistas se desbordaron a pagar lo que no tenían para que no les fueran a quitar sus vehículos. Curiosamente, llegada la supuesta fecha límite, la pintura se acabó y con ella, se terminó la IDEOTA.

Como todos esos casos sin resolver, nunca más se volvió a hablar de ello, así como no se volvió a hablar de las encuestas que se hicieron con los zorreros, cuando existían, un estudio muy costosos por cierto y ni qué decir de los contratillos a dedo para ciertos dizque comunicadores en las fiestas del folclor, nada nuevo a decir verdad; tampoco se volvió a hablar del comunicador de la Cultural que gastaba más de lo que ganaba, ni de ese gran corazón que tenía el alcalde este, el que todos creían era el mismo mesías, el mismo que solía gritar a sus empleados, hombres y mujeres por igual, como si fuesen sus esclavos, ese de contratos y puesto que se suponía no se iban a dar como los dio. Mucho menos se volvió a hablar del gobernador este con su colección de investigaciones y que por esas cosas del destino volvió a gobernar, ni de los escombros de que dejaron la patética construcción de escenarios de los juegos nacionales de nunca jamás, y cuando digo escombros no me refiero solo a las construcciones que nunca se construyeron.

Como sea, así como estas pequeñas píldoras muchas más que poco a poco se olvidan, que a nadie le interesa recordar o que, como no le dieron la publicidad que le suelen dar los medios a una notica cuando les conviene, pues ya no existen.

En definitiva, la nueva admiración de la ciudad de Ibagué, de la mano de Hurtado, está haciendo lo propio, invirtiendo el erario por supuesto, pero, ya todos saben que quieren más y vienen por más. Entonces, la historia se va a repetir, no se necesita ser adivino para saber que al final de dicha administración, como ya ha pasado antes, justificarán cientos de millones con pinturitas. Mejor dicho: ¡Píntela que ellos se la colorean!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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