Por qué no votar por la (ultra) derecha tolimense este 11 de marzo

Sacrificios humanos

La última semana de febrero, la centenaria revista cultural norteamericana The Atlantic, coloca un debate sobre la mesa: ¿El sacrificio humano ayudó a las personas a formar sociedades complejas?

En dicho artículo, se plantea como dos distintos grupos científicos por separado, se han dado a la tarea de recopilar todos los hechos hasta hoy evidenciados sobre la inveterada costumbre humana del sacrificar ritualmente (asesinar) a otro ser humano, ya sea por poderío militar, por afición religiosa o simplemente tratando de imprimir miedo y terror en los demás, cuando alguien se las da de héroe y de hecho nadie se lo reconoce, por las buenas, dirán ellos y ellas.

Uno de los grupos, el del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana en Jena, Alemania, ha elaborado la base de datos Pulotu, la cual está basada en las tradiciones de más de 100 culturas de los pueblos austronesios (antiguos pobladores de lo que hoy es Oceanía y el sudeste asiático).

El otro grupo, el de la Universidad de Oxford en el Reino Unido, elaboró la base de datos Seshat, la que reúne los hechos de más de 400 sociedades o culturas que poblaron al planeta por lo menos en los últimos 10.000 años.

La anécdota con la que The Atlantic inicia el debate, sucede con un registro de 1598 según el cual un minero europeo trabajando en las altiplanicies de lo que hoy es Bolivia, halló aún con vida dentro de una urna funeraria, a una niña de 10 años quien había sido “sacrificada” tres días antes.  A pesar que el imperio Inca había desaparecido décadas atrás, las costumbres aún permanecían entre los pobladores andinos.

Con ello, la revista gringa se pregunta e incita al debate científico: ¿nuestro mundo moderno surgió de las creencias de aquellos que enterraron a la niña con vida, o de aquellos moralmente afines al minero que la liberó?

Para los científicos de Pulotu, sin ninguna consideración moral los que ordenaban los sacrificios tenían un estatus más elevado que sus víctimas, llevando a los investigadores a preguntarse si la violencia tenía un propósito social: el mantener alineadas las castas o grupos inferiores.

Para Joseph Watts del Instituto Max Planck “las élites sociales usaron el sacrificio humano como una herramienta para infundir miedo y mostrar su poder” y “en lo que respecta a los métodos usados, fue bastante sangriento y dramático”.  Concluye Watts y su equipo en 2016, que los datos de Pulotu respaldan la teoría del control social, bajo la cual con el tiempo, a medida que las sociedades se hicieron más grandes, también tendieron a ser menos igualitarias y más jerárquicas, y por tanto los sacrificios humanos estabilizaron a las sociedades a medida que estas se estratificaron más, al legitimar las distinciones de clase y la autoridad política; finaliza Watts sentenciando que: “probablemente no sea una coincidencia, que las víctimas a menudo eran personas que representaban una amenaza para las élites, o que habían perdido el favor de estas”.

Contrariamente, para los científicos de Seshat, la teoría del control social no es del todo cierta o concluyente, sin que aún se publiquen sus resultados.  Cuestionan que ninguna sociedad en Pulotu abarque más de un millón de personas, mientras que Seshat incluye a “mega imperios” cuyos registros abarcan decenas de millones.

Para Harvey Whitehouse y los fundadores de Seshat en la Universidad de Oxford, esta base rastrea la complejidad social más cerca de los niveles modernos y hallaron que por encima de las 100.000 personas asesinadas, el sacrificio humano se convierte en una fuerza desestabilizadora; agrega Whitehouse que “nuestra sugerencia es que esta forma particularmente perniciosa de desigualdad no es sostenible a medida que las sociedades se vuelven más complejas” y “desaparece una vez que pasan ciertos umbrales, porque no pueden sobrevivir con ese nivel de injusticia”.

El equipo Seshat critica que el sacrificio humano en vez de apuntalar hacia una mayor complejidad, se convirtió en una práctica parasitaria, a veces en un intento de héroes militares que se habían transformado en “reyes-dioses” para apoderarse y mantener el poder en detrimento de la cohesión social; lo explican diciendo que si bien el sacrificio humano podría haber aterrorizado a los miembros de una sociedad más pequeña y más simple para que obedezca a su autodenominado líder, ya no podría hacerlo en un grupo grande y étnicamente diverso, siendo así que allí, era más fácil desobedecer al gobernante, o desertar, y evadir el castigo, y la tentación de hacerlo solo se hizo más fuerte a medida que las sociedades crecían.

Argumentan los científicos de Seshat que esto importa dado que históricamente la supervivencia de las sociedades a menudo dependía de su destreza militar, al punto que aquellos que estaban menos cohesionados y por lo tanto más débiles en el campo de batalla, pudieron haber sido destruidos o absorbidos por militares superiores en fuerza que habían rechazado al sacrificio humano, y habían encontrado mejores formas de promover la cohesión social, prueba de ello según los investigadores de Oxford, la conquista española del Inca podría considerarse un ejemplo de la supervivencia de la sociedad más apta, en dicho sentido.

En ese punto, para The Atlantic, aparece otro enfoque: el del psicólogo de Harvard, Steven Pinker, quien ha argumentado que las sociedades se volvieron menos violentas a medida que mejoraron en el razonamiento abstracto, en otras palabras, las personas rechazaban la violencia contra otros, con el argumento de que no querrían que se les hiciera tales vejámenes.

Sin embargo el equipo Seshat refuta a Pinker adicionando más calentura al debate, cuando sostienen sin sonrojarse que “con asombrosa frecuencia, fue la religión en lugar de la razón, la que alejó a las personas de la brutalidad ritualizada, pero una clase diferente de religión, una que divinizaba no a un rey-dios mortal, sino a un “gran dios” sobrenatural.

Whitehouse resume el enfoque de los dos estudios, diciendo que la evolución social se ha dado entre la persuasión y la coerción.  La primera buscando mecanismos de crecimiento social sin los traumatismos de la barbarie humana; la segunda, con el mismo propósito de crecimiento, pero albergando los designios de un rey-dios y sus prácticas irracionales.

Aunque los dos equipos científicos no han llegado a una conclusión, el solo hecho de reunir tal gran cantidad de datos interculturales y su análisis, puede brindar el estudio de todas las combinaciones sociales posibles, que dieron en la persuasión el motor de desarrollo para la pervivencia de sociedades más pacíficas y prosperas de la historia.

En este punto del debate The Atlantic opina que tal utopía está aún lejana, cuando al volver a la anécdota de la niña y el minero, afirma que las raíces de la complejidad social y del mundo moderno, surgieron de los valores morales del minero, pero que esto no hubiera sido posible si los pueblos primitivos no hubiesen enterrado vivos a sus niños.

Llegado a esto, para el análisis de nuestra evolución social como sociedad compleja tolimense con solo 500 años de existencia, hay una razón sociológica que el equipo del Instituto Max Plank nos da para NO votar por la (ultra) derecha tolimense hoy representada en partidos como el Centro Democrático, Cambio Radical, la mayoría de líderes del partido de la U, facciones fascistas de los partidos Liberal y Conservador: estos y estas se niegan a liberar, y aun a evitar, a la niña enterrada viva en la urna funeraria; es más, aún creen que como sociedad se pueden encontrar nuevas formas de rituales de sacrificio humano (Corrupción/Cooptación), dado que estos estabilizan a las sociedades a medida que se estratifican más y legitiman las distinciones de clase y la autoridad política.

Por el contrario grupos políticos tolimenses de centro y de izquierda, como el MIRA, la UP, el Poder Ciudadano, agrupaciones humanistas de los cristianos o del partido Liberal o del Conservador, el Polo Democrático, los Progresistas, el partido Verde, MAIS o la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común comparten la misma evidencia sociológica de la Universidad Oxford: nuestra evolución social prescinde de urnas funerarias o de cualquier otra forma de ritual de sacrificio humano que anule el razonamiento abstracto como sociedad, sin olvidársenos que gracias a la (ultra) derecha, aun son muchas las niñas enterradas vivas que nos quedan por liberar.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, ingeniero agrónomo, propietario de la extienda cultural La Guacharaca.

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