Que no canten los niños

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Milciades Barbosa tiene sesenta y dos años, una hernia umbilical que le mantiene inflamado el vientre, las dos piernas atrofiadas y para completar el cuadro, es bizco. Se impulsa como columpiándose con un par de muletas de madera que le salen de las axilas como si fueran una prolongación de ellas.

Usa a diario un sombrero rotoso, el único que se pudo traer de Ríoblanco cuando se vino alguna medianoche huyéndole a una guerra que no era la suya, acompañado de Alinda, su mujer, de cuarenta y tantos de edad, exageradamente delgada y bizca como él; y cuatro niños inquietos y despistados entre los siete y los diez años. La familia Barbosa, que se vino escapada en un camión mixto del cincuenta y nueve, lo único que pudo salvar de sus precarias pertenencias, fue un puñado de trapos sucios, un par de maracas sonoras, una armónica y una Biblia bien cuidada con páginas introductorias de un tal Monseñor Tarancón.

Se instalaron en una casa de inquilinato en la sórdida vecindad del Parque de Galarza y pagaron la primera mensualidad con el dinero que recogieron por la venta de un cerdo lampiño y media docena de gallinas que ocupaban el pequeño corral de su rancho; y desde el día siguiente en que llegaron a la selva de cemento de la Ciudad de la Música, se echaron a la calle a cantar salmos y alabanzas a ese Dios que traían metido desde siempre en la mitad de sus almas maltratadas. A partir de entonces es ya rutina verlos, Tercera arriba, Tercera abajo con una destartalada grabadora de pilas y un micrófono manual, disputándose con los desempleados de la peatonal un banco de cemento para montar su culto; una especie de iglesia ambulante sin paredes ni cielo raso, pero asegurándose siempre un escenario de espectadores curiosos que hacen rueda alrededor de los niños, que más que cantar, gritan con entusiasmo sus oraciones melódicas como si en ese esfuerzo, casi sobrehumano y fanático, se les fuera los últimos alientos  de su miserable ternura. Los pequeños, de pronto se toman de las manos, saltan al unísono y dejan escapar su coro infantil como si lo hubieran estado ensayando desde siempre. No miran a la gente; poco les importa si llovizna o acaso un sol inclemente les atraviesa los minúsculos sombreros que arropan a medias sus ingenuas cabezas despeinadas. Sólo esperan una que otra moneda con la complicidad de sus viejos bizcos y de ese Dios que parece guiñarles un ojo desde la espesura movediza de las nubes.

Un día cualquiera los niños y sus padres fueron abordados por la Policía que correteaba a los vendedores ambulantes; los interrogaron como si pretendieran hacerles alguna entrevista periodística; los curiosos aprovecharon para observarlos más de cerca, como descubriendo bichos raros, para tocar entonces la fragilidad nerviosa de los niños e inventarse una que otra caricia, como si fueran ellos pequeños seres de otro planeta. Los infantes continuaban cantando sonsonetes religiosos a grito abierto como si la cosa no fuera con ellos, hasta que los agentes les soltaron de golpe la sentencia definitiva: que no podían los pequeños seguir cantando más, porque aquella actividad, más que un desesperado recurso del rebusque o un piadoso culto callejero, era ni más ni menos que una flagrante explotación de los menores. Así lo contemplaban los códigos y ellos entonces debían obedecer.

Hoy sólo cantan, en la Tercera, el par de viejos de ojos extraviados. Los niños mientras tanto esculcan la raíz de alguna palmera de la peatonal, se intercambian los sombreros diminutos, desanudan de pronto sus cansadas alpargatas y cantan en sordina y a escondidas, convencidos quizá que un Dios de barbas blancas y túnica angelical les sigue guiñando el ojo desde la espesura movediza de las nubes.

Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor y editor.

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