¿Qué tienen en común el periodismo y la lucha libre?: son una farsa

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“La verdad se hizo para no decirse”, Norberto Fuentes, ‘Dulces guerreros cubanos’. 

El desprevenido lector podrá decir que la liga de la WWE (World Wrestling Entertainment), que conocimos con la expansión de la televisión por cable, en principio no tendría mucho que igualar al noble oficio de la comunicación.

¿Qué podrían tener en común las caídas fingidas, los cabezazos ensayados, las volteretas circenses con el simple periodista que con una grabadora o desde su ordenador busca cambiar al mundo?

Todo las asemeja. Desde la provincia, no digamos la estirada Bogotá, sabemos que entrevistamos todos los días a delincuentes en potencia o consumados ya (alcaldes, gobernadores, diputados, concejales, senadores, representantes a la Cámara) y dejamos que ellos mismos nos gobiernen, cada cuatro años, rotándose el poder; bien sea por los candidatos señalados por las camarillas y grupúsculos (otra asociación del delito), o por las fami-empresas electorales que lanzan al primo, al sobrino, al tío, a la mamá, porque siempre existe la incertidumbre que con un fulano cualquiera se pueda perder la forma de manipular en los cargos, curules y presupuestos.

Y los periodistas que debiéramos denunciar o ni siquiera entrevistar a esos granujas, trasladamos el engaño al pueblo raso que escucha radio, consume prensa, ve televisión o se informa a través de medios digitales. No lo hacemos por varias razones: uno, no tenemos evidencia de los delitos, aunque sabemos que sí se cometen. Si se poseen pruebas, entonces el medio las calla y oculta porque si se tiene pauta de la Alcaldía o de la Gobernación, no vaya y sea que el reyezuelo de turno se llene de ira y nos la cancele. Y si no hay pauta, entonces tampoco se informa porque de pronto hay una expectativa a corto plazo de llegar a obtenerla.

Pero si acaso una denuncia salta la talanquera de los medios o de los ‘veedores ciudadanos’, no pasa nada porque hay fichas y amigos en la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría, archivan todo, o sancionan para generar titulares rimbombantes y mentirosos, para luego cambiar de criterio con la influencia y el dinero de un buen lobista, estilo Saúl Cruz.

¿Tendremos los periodistas alguna responsabilidad, por acción u omisión, en la crisis de corrupción que en la actualidad ahoga a Colombia? Yo diría que sí.

Otra perversa modalidad anida en la comunicación y es la de someter a extorsión a gobernantes, dirigentes y empresarios, con amenazas de revelar escándalos o simples actividades delincuenciales que sean de conocimiento de los periodistas. Comerciantes de Ibagué, como el vendedor de seguros Enrique Mejía, se han ocupado del tema y han denunciado con nombre propio algunos medios y directores de Ibagué que ejecutan de antaño esta actividad no menos delincuencial y reprochable.

No estoy llamando farsante al idealista bachiller que se matricula en la universidad para estudiar Comunicación Social y que gasta una millonada o sus padres, durante cinco años, para descubrir con desilusión que si está de buenas, lo contratan en un medio que paga algo más del salario mínimo. Eso si no lo ponen a ‘negrear’ vendiendo cuñas o pauta publicitaria en los pocos medios o espacios que así ‘contratan’ a sus empleados.

Pero si una vez dentro de los medios sigue el idealismo, se estrellará con la realidad de no poder publicar algunos temas o “darles manejo”, porque existe el temor de que le cancelen la pauta al medio y descuadren el balance del gerente y los accionistas. No hay que olvidar que la mayoría de medios de comunicación pertenecen a grandes conglomerados y sociedades anónimas que más que escandalizar para conseguir audiencia les interesa es facturar. “RCN no es una empresa sin ánimo de lucro”, dijo el gerente nacional de esa cadena, Fernando Molina, en una visita que realizó a Ibagué hace algunos años.

Barreto, Jaramillo, y el arzobispo de Ibagué

Pavimentan una calle, o tendrán una carreterita más amplia. Ese es el ‘desarrollo’ de Colombia”, se dolía en una entrevista el escritor y anarquista Fernando Vallejo. Para la muestra un botón: el patético episodio ofrecido por el gobernador Barreto y el alcalde Jaramillo peleándose por quién pavimentaría primero un hueco en la calle 11, cerca al Hotel Ambalá, en 2016. Hoy, ambos dirigentes siguen en la misma pugna porque el gobernador se le mete al rancho al alcalde llevando globos de colores a los barrios y pañitos de agua tibia con sospechosa intención electorera, y este no quiere injerencias porque debe poner en el Congreso a su amigo Gonzalo Parra y para eso necesita la plaza libre de políticos foráneos que no empañen su cruzada ‘moralista’, ambientalista, animalista y dizque progresista. A ambos les cabe aquel adagio, según el cual “un buen político es aquel que no está pensando en las próximas elecciones sino en las próximas generaciones”.

Un consejo: para los próximos comicios vote en blanco, no se venda por un contrato, un tamal, una camiseta, o promesas de mil colores. O vote por otros, vote por los candidatos de las Farc (aclaro, no soy pro-fariano), por Sergio Fajardo o Mockus, si se lanza. Que roben otros, estos ya están multimillonarios y no necesitan nada. Llevan toda la vida con placas oficiales, mamando del presupuesto y de ñapa, cuando se quedan sin cargo hay que seguirlos escoltando, con policías y camionetas, porque bien tacaños y miserables sí son. Además, que por lo abultado de sus fortunas no tienen que volver a trabajar en la vida, sino esperar a ejecutar el próximo zarpazo para colarse de nuevo en el tarjetón ¿Qué aporte le han hecho al conocimiento?, ¿cuántos libros han escrito?, ¿cuántas tesis nuevas han formulado? Es la razón por la que nunca se ve a un académico o a un científico decente postulándose a la política: porque este oficio, entre las mentes altruistas de la humanidad es considerado de baja ralea, de pelafustanes, granujas, ladrones sin más.

No aparecen todavía el Sergio Fajardo o el Antanas Mockus tolimenses que saquen adelante esta región, sumida en el atraso y el abandono por una clase dirigente que no deja surgir nuevos liderazgos, y porque estos se pliegan a las reglas del sistema corrupto y clientelista que por años ha operado bajo el silencio cómplice de todos los estamentos de la sociedad.

¿Qué solución queda? ¿Apagar el radio o la televisión? Las redes sociales democratizaron la comunicación y les quitaron el omnímodo poder que por años ejercieron los periodistas. Ahora nadie traga entero, nadie se come un ‘embuchado’, como la encuesta del exregistrador Carlos Ariel Sánchez que puso a puntear a un candidato del Centro Democrático que a duras penas conocerá su propia madre, pero hará falta un periodista para darle contexto y análisis a la información. Tampoco este medio es la panacea, la verdad revelada, ni somos tan pretenciosos como si hubiésemos inventado la rueda. Usted deberá sintonizar aquellos medios que sienta que no le están mintiendo o manipulando la información a su propio amaño. O mejor sintonice la próxima pelea de lucha libre: de pronto hay más veracidad allí que en una ronda de titulares cantinflescos y amañados que perpetúen este círculo vicioso en la pobreza informativa que nos tocó en suerte padecer.

*Este es un editorial del director de A la luz Pública.

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