Reforma tributaria “exenta” de demagogia y libre de micos

Miguel Salavarrieta

Miguel Salavarrieta

El paquete más impopular de los últimos tiempos es la reforma tributaria, cuya aprobación, modificación o hundimiento depende exclusivamente de los parlamentarios quienes afrontan el dilema de tener que decidir entre los intereses de la inmensa mayoría o de la “inmensa minoría”.

Con perdón de todo tipo de especialistas la cosa es tan simple como una “aguadepanela con IVA”, porque como está planteado el proyecto no hay sino dos salidas: a) Le siguen metiendo la mano al bolsillo a los sectores de menores ingresos y contribuyentes más sensibles aprobando la reforma como está o b) Los representantes del pueblo en el Congreso de la República defienden con entereza y conciencia social los intereses de los débiles y desprotegidos que no tienen sino las calles para protestar.

Aquí no está en juego la democracia, ni la paz, ni la patria, así nos echen el mismo cuentico por décima tercera vez en los últimos 24 años y ahora reforzado por el ministro de hacienda al señalar que la plática se necesita para salir del subdesarrollo.

No puedo negar que la reforma trae temas buenos como la guerra a la elusión y evasión, así sea por lo menos para ver la chispa de creatividad de algunos haciéndole conejo, pero el articulado que golpea a los más pobres debe desaparecer.

Claro que quienes concibieron la reforma no son tan perversos, aunque no se asesoraron por una dietista, nos dan la inmensa posibilidad de volvernos vegetarianos ya que productos como el tomate, la cebolla, la lechuga, las coles, las hortalizas, zanahorias y pepinos, entre otros, no causan impuesto y como esa mezcla para tratar de matar el hambre debe ser servida con “morro” adornada con un apetitoso huevo de gallina en la cúspide. Incluso trimestralmente entre todos los miembros de la familia se rifa el derecho de adicionarle una muestrica de camarones, sashimi o langostinos, aprovechando que están exentos del impuesto al valor agregado. Así su paladar conoce otros alimentos, eso sí como sobremesa, si le alcanza, puede llevar a la mesa agua, un jugo sin azúcar, una colada de bienestarina, una agüita de cebada o chancaca, también sin gravamen.

Me perdonarán el uso del término científico “chancaca” pero así lo trae la reforma tributaria, señalando que se trata de “(panela, raspadura) obtenida de la extracción y evaporación en forma artesanal de los jugos de caña de azúcar en trapiches paneleros”, que además generó toda una serie de conceptos jurídicos y tributarios, porque “ la panela obtenida en forma diferente a la de extracción y vaporización en forma artesanal de los jugos de caña de azúcar en trapiches paneleros, continúa gravada al 7 %”.

Volviendo al capitolio he escuchado de parte de parlamentarios expresiones de rechazo al tema del IVA, por lo tanto confiando en que a la hora de votar sean coherentes con su palabra considero que la reforma tributaria debe estar “exenta” de demagogia, de micos y en su defecto debe aflorar una desbordante tasa de conciencia ciudadana.

Esperemos que el Congreso se acuerde de sus electores más humildes, se la juegue por ellos y que aquellos congresistas adictos a la mermelada endulcen moderadamente su navidad pero recuerden que en exceso “empalaga”, indigesta y causa fastidio… en el pueblo.

Por: Miguel Salavarrieta Marín, comunicador social, periodista. 

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