Saludos desde la escuela San Marino

Fotoilustración

Fotoilustración

Arribo a la escuela muy temprano. Está ubicada en las montañas de Colombia, adscrita a la vereda San Marino, donde están unas hermosas cascadas, afortunadas ellas aún al no ser descubiertas o no tener sus habitantes con que pagar para que salgan en un gran periódico de circulación nacional como sitio vacacional recomendado.

Por estos días debo pasar por un tapete de mangos en buen estado que normalmente no son recogidos por los campesinos. ¿Es esta una forma de protestar contra el enorme cartel nacional de los intermediarios? A lo mejor. ¿Es muy costoso el traslado de la fruta a los centros poblados?; puede ser. Bueno, también es cierto que las divisiones provocadas por los colores azul y rojo en los moradores de la zona han impedido que nazca una cooperativa y de paso, se solucione parte del problema de la falta de comercialización adecuada de los productos agrícolas.

Durante el camino que me conduce al paraíso (vereda San Marino) normalmente me rompo el coco pensando qué estrategias pedagógicas usar para que mis queridos pequeños dejen de pensar que la música de despecho es la única sobre la faz de la tierra y además para poder convencer a sus papitos de que la cacería es nociva para la salud ambiental y de paso hacerles caer en cuenta que dicha práctica está tipificada como delito.

A veces me quedo en la escuela, a veces no. No me quejo, tengo agua y luz, televisor, cocina, nevera y aire puro. Eso sí, no hay Internet por lo tanto no hay Face, la señal de celular es bien pailas, el Whatsapp funciona a medias. Cuando le cuento mi modus vivendi a mi amiga Sonia Botero de una escuela norteamericana –donde hice un poquitico de patria hace un par de años- ella me dice que soy afortunado y que los niños no van a perder su creatividad estudiando en dichas condiciones, pues en nuestro país, en apariencia, la tecnología no es del todo bien utilizado en el campo pedagógico.

En la mañana de hoy, en el patio de le escuela, mientras veo crecer la barriguita de Yuma cada día más –sobre la cual los estudiantes hacen chistes respecto a cuál de tantos que la “cogieron” será el papá de los hijos- miro al frente, a lo alto y veo cómo una gran montaña que hasta hace poco había sido quemada adrede, viene produciendo severa cosecha de maíz. Claro que ella corre el riesgo de perderse por cuenta de los ñeques, los venados y los loros.

Es curioso, los niños cuentan que a los loros toca es echarles bala pa’ que no acaben con la mazorca. Cuando les indiqué que usaran mejor los espantapájaros, los niños casi se hacen popó de la risa y me chismoseaban que los primeros días de instalarlos, los muñecos esos eran efectivos pero que con el paso del tiempo, los pájaros terminaban subidos en los espantapájaros, jugando con ellos, arreglando el país y en general, mamándole gallo a esos nuevos huéspedes de la maicera.

Los chicos van llegando a clase, generalmente están a media hora, una o hasta dos horas. Hay quienes vienen en moto, otros a pie y otros tantos en macho (hijo de caballo y burra o de burro y yegua sino estoy mal). Normalmente los niños llegan alegres -¿resignados?- y sin estar preguntando, comienzan a contar historias de toda índole. Esas ricas conversaciones a veces se convierten en un buen insumo para el desarrollo de temas para las distintas clases.

De un momento a otro los chicos reclaman que qué pasó con el fulano de tal quien pasó por la escuela no sé qué día, cuando estaba otro profe; ese mismo señor a quien junto con el profe que se fue, se le cantó una canción inédita compuesta por una maestra de una vereda cercana y el fulano prometió unos instrumento musicales para los niños de San Marino –pues en un artículo de la revista Semana habíamos leído con los chiquillos que el uso de instrumentos musicales volvía a los niños más pilos y ser pilo: paga- pero que a la fecha solo se sabe que el personaje aquel tiene un muy buen puesto en la capital, se le escucha por la radio ocasionalmente hablando muy bonito pero no volvió a contestar el teléfono. A él se le dedicará de seguro el estribillo aquel: “aparecen en elecciones a esos que llaman caudillos”.

A media mañana, ya en clase, me hago el que me voy lejos del salón, me hago el pendejo como si no lo fuera, me escondo tras de una pared y compruebo que mis educandos son muy parecidos a mí, ¡ole son igualitos a como era yo en mi edad de escolar! Me tienen sobrenombre, son un poquito burleteros y critican la vestimenta de algunos de sus compañeros y del profe. ¡Ah y también se quejan de las actividades tan mamones dejadas en clase!

En el descanso, los niños pelean por las que uno considera cosas sin importancia (en el fondo y en realidad son cosas muy importantes), se comen su refrigerio bien empacado, esto “según la cosecha”; por estos días, por ejemplo, son tortas de chócolo, jugo de mango o dos de las variedades de la bebida nacional: aguadepanela o aguade café. En ese espacio, en el break, nuestros amados chicos también inventan cualquier cantidad de deportes, muchos de los cuales, con el tiempo, de seguro aparecerán en algún lugar del mundo donde les harán su debido boom publicitario y hasta llegarán a convertirse en deportes olímpicos.

La mañana pasa volando, llegó la hora de partir a la casita, uno sigue con el miedo de si ponerlos a hacer aseo o no, pues estaría violando alguna norma protectora del menor de edad y ruega para que les vaya bien en el camino. Se queda uno reflexionando también sobre esa carta que se le hizo firmar a los papás para la empresa privada el año pasado, que a lo mejor nunca será leída por nadie y en la cual se les imploraba a unas personas pichas en plata que nos regalaran unas 10 gafitas con filtro solar y unos sombreros de pava y de ala para unos chicos que deben andar por largo rato bajo los inclementes rayos solares –a veces bajo la lluvia- para llegar luego usualmente a sus fincas a ayudarles a sus papitos (en hogares que en su gran mayoría son recompuestos) en las tareas del campo, donde hay mucho por hacer.

Me refiero a ese campo colombiano que poco a poco se queda solo, habitado mayormente por personas de la tercera edad y en el cual los profesores rurales (también lo hacen los colegas de la Colombia de cemento) no nos cansamos de sembrar incontables semillas de paciencia, de aliento y de esperanza. ¡Por cierto: nunca jamás nos cansaremos de hacerlo!

Por: Luis Carlos Avendaño López, educador.

1 comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *