Simón el Bolívar, un siete de agosto

Siete de agosto

Acercamiento literario a la conmemoración de la independencia.

A Simón el Bolívar le encantaban las indias, las mulatas, las criollas, las negras, las mestizas, las Chorolque, las Tolobas, las sambas, las venezolanas y sobre todo las Manuelitas. Una de ellas fue la mentada Sáenz, hija de hidalgo español, quiteña ella de trenzas duras y mirada desafiante, también conocida como la Libertadora del Libertador, la mismísima que lo salvó una noche de truenos de la Conspiración Septembrina.

Otra de las Manuelas amadas la apellidada Pistán. Morena pizpireta, ojizarca, estatura mediana de india Tunjana, locuaz, sonriente y coqueta, dueña de esos tres lunares que le adornan en línea descendente desde la oreja izquierda hasta el hoyuelo perfecto de su hermoso mentón, que se alcanzó a robar uno de los últimos pedazos que aún le quedaban libres y sanos del corazón de Bolívar.

Y el cuento con la Manuelita Pistán, la otra, fue más o menos así:

Corría el 23 de mayo de 1819, más bien por la tardecita ya, para ser exactos, cuando Bolívar, luego de un largo baño de hierbas aromáticas en compañía morena y desnuda de la Pistán, se reunió con los jefes del ejército patriota en la aldea de los Setenta para exponerles el plan de la campaña libertadora de la Nueva Granada, arrancando desde los Llanos Orientales, trasmontando los Andes por el páramo de Pisba y ganar luego las tierras de la antigua provincia de Tunja, en la grata y necesaria complicidad del general Pacho Santander al mando de las tropas venezolanas, y de paso mamarles gallo a los españoles que podían jurar que la invasión patriota se haría entonces por el valle de Tenza.

Los jefes patriotas lo escucharon atentos y entre ellos, curiosa y encantada Manuelita la Pistán. Todos aprobaron el plan, y luego del conciliábulo, Simón el Bolívar acordó con la ojizarca de los tres lunares, que ella partiría primero, un día antes del siete de agosto, y se reuniría luego de la batalla con él, para disfrutar unas merecidas vacaciones en ese pedazo de tierra paradisíaco que hoy conocemos como la Isla Margarita.

Así las cosas, el seis de agosto de 1819 Simón y Manuela se despidieron. Viernes apasionado y nocturno era. El sábado siete de agosto, bien tempranito, el ejército Realista partió de Motavita camino a Santafé con la malévola intención de recoger las fuerzas del Virrey Sámano y organizar un frente militar contra Bolívar; y escogieron, ni más ni menos, la vía por el Puente de Boyacá en el camino real. Simón el Bolívar, que de atolondrado no tenía ni un pelo se las olió de una y dispuso la marcha de su ejército, también hacia el Puente de Boyacá y atravesándosele a Barreiro Chepe María, que comandaba los Realistas.

Los que gustan de llevar cuentas aseguran que el ejército libertador tenía 2.850 combatientes entre la división de Vanguardia, la Infantería de Batallones, de Cazadores y el Batallón de Línea de Nueva Granada, la División de Retaguardia y los Batallones Rifles, Barcelona, Bravos de Páez, Caballería de Retaguardia, Escuadrón de Lanceros, Dragones y otro puñado de voluntarios de Tunja y del Socorro, armados de lanzas, espadas, rifles, machetes, caucheras, palos, piedras, cuchillos y gritos de guerra. El ejército Realista a su vez, tenía 2.670 soldados, ni uno más ni uno menos, al mando de los Tenientes Barreiro y Sebastián Díaz, con sus respectivas división de Vanguardia organizada por el Batallón Primero del Rey y el Batallón Segundo de Numancia, la reserva con el Tercero de Numancia, la Caballería con el regimiento de Dragones, los Flanqueadores, los Granaderos y la Artillería; armados de rifles, lanzas, granadas, cañones, sables, espadas y gritos de guerra.

A las diez de la mañana, luego de Simón el Bolívar observar con paciencia desde el Alto de San Lázaro en Tunja los movimientos de la tropa Realista, ordenó a sus tropas que se atravesaran entre Samaná y Motavita para impedir el paso de los Realistas. A las dos de la tarde los patriotas descendieron hasta la Casa de Teja y sorprendieron a los de Barreiro en plena hora del sancocho, y fue el mismísimo Santander el que los correteó en reversa hasta el Puente de Boyacá. A las tres de la tarde el infierno ya estaba armado. La batalla se volvió intensa, sangrienta y sin treguas. La infantería Patriota avanzaba envolvente y rápida; Bolívar lanzaba espadazos cortando orejas, fracturando piernas, cercenando brazos y vaciando entrañas, mientras los Lanceros de Juan José Rendón arremetían y doblegaban a la Infantería Realista y Pacho Santander ganaba el riachuelo Teatinos, para volver pedazos a la vanguardia realista e instalar en el Puente de Boyacá definitivamente a sus Batallones Cazadores y Primero de Línea, mientras el coronel Barreiro huía como perro espantado con el rabo en medio de la piernas, para ser capturado esa misma noche del siete, por un adolescente mulato, Pedro Pascasio Martínez, que no tendría entonces más de 12 años.

La Batalla terminó a las cuatro de esa tarde. Los Patriotas perdieron no más de 13 soldados y 53 quedaron paticojos, tuertos o medio reventados. De los Realistas, más de 100 fueron los muertos, entre ellos, una morena pizpireta, ojizarca, vestida de soldado Realista, dueña de tres lunares en línea descendente, que algún día le adornaron desde la ahora cercenada oreja izquierda hasta el hoyuelo perfecto del mentón.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.

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