Sonidos de paz

Crónica sobre los niños del campo que tocan al futuro con esperanza.

Escondido entre las montañas caldenses se encuentra Encimadas, un corregimiento que es como un cuadro pintado de verde y azul y a veces, cuando la mañana despierta caprichosa o cuando la tarde entra en melancolía, el verde desaparece y se tiñe de un blanco fantasmal que se cuela por cada callejuela de piedra y tierra, y por los recovecos de las casas de madera.

Alrededor de veinte casas, un bioparque con un gimnasio al aire libre, un par de tiendas con billares para los ratos de ocio, una iglesia y por supuesto una escuela, conforman a Encimadas, que, como la mayoría de las tierras paisas, es un lugar de rostros amables, de personas dispuestas a servir, de mujeres hermosas y de un calor humano sin igual. Dicho en otras palabras, Encimadas es un lugar donde uno divinamente puede terminar enamorado tanto de su tierra como de su gente. A esto se suma la tranquilidad, el aire fresco y el silencio que solo se ve interrumpido cuando los estudiantes de la banda del colegio, que lleva el mismo nombre del corregimiento, se arman de instrumentos musicales y tocan sus melodías guiados por el movimiento de las manos del profesor, logrando así inundar a Encimadas de múltiples sonidos que más que ruido es una suerte de río que riega la tierra y a las almas que tiempo atrás solo escuchaban los sonidos de la guerra.

Así es, tiempo atrás, este lugar mágico se vio afectado por la violencia de nuestro país y los cuentos e historias que aquí se escribían y contaban eran de auténtico terror. Decirlo o escribirlo es cosa sencilla, pero, la realidad que vivieron los habitantes fue realmente desgarradora. Desplazamiento, pobreza, miedo y muerte, eran parte del diario vivir. Las familias se desintegraron en medio de las balas, las madres no volvieron a ver a sus hijos y esposos y los niños no volvieron a las escuelas, y no porque no quisieran, sino porque llegó un momento en donde Encimadas se convirtió en un pueblo fantasma. Y los colores se tornaron grises. Y no se volvió a ver a ningún alma por las callecitas de piedra, ni en las casas cuya estructura y techos bajos sirven para protegerse del frío. Y los sonidos, los sonidos de metralla se convirtieron en la melodía siniestra de la guerra. “Usted no se imagina lo que tuvimos que vivir. Llegó un día que nos tocó irnos a todos. No quedó nadie”, recuerda uno de los habitantes de Encimadas.

En el punto más alto del exilio ocurrió lo que para muchos era un imposible, las armas y sus dueños, así como llegaron, así mismo se fueron. Pasaron muchos años antes de que estas familias pudieran volver a sus tierras. Entonces, poco a poco las personas fueron regresando a sus hogares, volvieron a cultivar la tierra, a criar sus animales y por supuesto, los niños regresaron a la escuela.

Levantaron las casas, el parque y su iglesia.

Los colores se volvieron a mezclar y se confundieron con el verde de la montaña y el blanco de la bruma.

Ahora bien, como todo en materia de conflicto armado y en restauración social, Encimadas tuvo que aprender a perdonar, mas no a olvidar, porque entendieron muy bien la frase aquella de los pueblos que tienden a olvidar su pasado; por eso, ellos no lo van a olvidar pues no quieren por nada del mundo repetir lo de antes. Por esta razón, hace dos años y gracias al sueño y la persistencia de la rectora de aquel entonces, la profesora María Doralice Buitrago y de los activos: el secretario departamental de Educación Fabio Arias, Héctor Idárraga, director de la fundación HOPE, quien les regaló los instrumentos musicales y bajo la dirección del docente Leonardo Rico Ayala, nació la banda sinfónica Sonidos de Paz.

La idea nació por aquella frase que dice que es mejor empuñar un instrumento musical que un arma”, dice la rectora Doralice, que a la fecha disfruta de su jubilación. Y tiene toda la razón, la banda ha generado un verdadero cambio, no solo entre los estudiantes, también en la comunidad quienes ahora sonrientes escuchan los sonidos de la paz, los sonidos que remplazaron el sonido de la guerra.

Encimadas, Caldas, es una muestra fehaciente de lo importante que es la educación en el país. Es la evidencia clara de que Colombia, si realmente quiere ser la más educada o generar un verdadero cambio social en donde los niños, jóvenes y adultos se alejen de la guerra, debe invertir en educación. Sin embargo, estamos lejos de lograrlo, aunque tierras como Encimadas y su gente, luchan con tesón para que sus niños no tomen malos caminos.

 

La banda sinfónica Sonidos de Paz continuará cobijando a las montañas y los ríos, a las carreteras destapadas y a cada rincón que sea acariciado por el viento y en donde pueda viajar el sonido, con la melodía de trompetas, saxofones, cornos, flautas, clarinetes, congas y liras. En las mañanas, tardes o fines de semana, el silencio será interrumpido por un porro, una cumbia, mosaicos, o cualquier otra melodía que nazca de la experiencia y el amor por la música del maestro director. Encimadas seguirá escuchando los sonidos de la paz producidos por este grupo de niños y niñas, y espero, desde lo más profundo de mi ser y como un compatriota más, que nunca vuelvan a escuchar los estruendosos sonidos de la guerra.

Texto y fotos: Luis Carlos Rojas García.

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