Tintipán: la joya escondida del caribe colombiano

Destino imperdible para pescar, bucear y desconectarse del mundo.

A una hora en lancha desde Tolú, se pueden conocer las islas del archipiélago de San Bernardo, en la costa norte de Colombia, donde se aprecian destinos como isla Boquerón, Palma, Panda, Mangle, Ceycén, Cabruna, Tintipán, Maravilla y Múcura. Al igual que un islote artificial donde viven apretujadas más de 500 personas, en su mayoría, pescadores y gente humilde.

De unos años para acá, se ha potenciado el turismo en el islote, donde puedes incluso nadar con crías de tiburones; o pasar el día y almorzar con pescado o langosta en Múcura. Pero lo mejor es ir a quedarse uno o varios días en Tintipán, un destino al que, inexplicablemente, hasta los lancheros prefieren evitar y mucho menos ofrecer. Uno de ellos me dijo, la primera vez que fui a Múcura una mentira piadosa: que no iba a Tintipán porque el viento de la tarde pegaba muy fuerte en la playa.

Lo primero que encontrarás es que hay una muy débil señal móvil al igual que de internet, lo que te hará apagar por obligación tu teléfono. Un plan no apto para hípsters, geeks, ni mucho menos usuarios de la hiperconexión. Solo lo usarás para tomar fotos, los mejores amaneceres y atardeceres que querrás guardar en la memoria.

Amén de bañarte en las aguas azul celeste a primera hora de la mañana, podrás ir a ‘caretear’ en el arrecife al que te llevan los lugareños y donde al sumergirte en aguas poco profundas te deleitas con peces y corales de todos los tonos del arcoíris.

En una de esas inmersiones, me encontré abandonado un carrete de nylon para pescar. Compré dos anzuelos, me regalaron unos intestinos de pescado y pedí permiso para pescar en el muelle de acceso a una inmensa cabaña solitaria que pertenecía, según me dijeron “a la exministra Lacouture”. Tras varios minutos de no acumular sino radiación solar en mi cara, el joven encargado de la vigilancia me dio consejos para sacar los tres pargos que devolví al mar de inmediato: “tienes que soltarle nylon cuando él empiece a tirar, para que coja confianza y luego muerda de pleno el anzuelo”. La emoción de jalarlos, desengancharlos y regresarlos al agua valió la experiencia.

Encontrarás infraestructura hotelera, servicio de restaurante, de acuerdo a tu bolsillo. En un hostal se cotiza la noche a 230 mil pesos, sin incluir comidas; pero en otro lugar, más sencillo, la noche alcanza los 70 mil pesos, con una comida. La habitación, en madera sencilla, tiene una cama doble, un ventilador y una mesita. La energía eléctrica viene de paneles solares y cuando cae el sol, solitarios bombillos alumbran la velada.

Un punto negativo: el menú se repite entre comidas con la reiteración de pescado frito, patacón en igual presentación y gaseosas para bajar el alimento. Una solución podría ser traer en una nevera portátil fruta, agua, o alimentos sanos para consumir en la estadía. También se aprecia basura en algunas zonas no habitadas de la isla.

Polvo de estrellas

En la segunda noche que pasé en Tintipán, uno de los encargados del hotel nos ofreció a los cinco ocupantes de esa zona de la isla, un plan diferente: por senderos oscuros nos subieron a una lancha que navegó hasta una laguna o ensenada.

Tras descender de la barca, se nos indicó que nos sumergiéramos en la orilla, provistos de una careta. Cuando uno mueve los brazos o nada, ve como si estuviera nadando entre diminutos puntos de luz o ‘polvo’ de estrellas o de hadas: es el plancton bioluminiscente que puebla esta isla del caribe colombiano. Otra razón más para venir a conocer este paraíso inexplorado.

Una pareja (alemán y bogotana) que también se alojaba en la isla, declinó de venir a esta experiencia porque salimos media hora después de lo planeado. La dama, colombiana, me lo explica de esta manera: “los alemanes son muy cumplidos, muy estrictos con los horarios. Como dijeron a las siete y no salimos, él perdió el interés en ir”.

Globalización turística

Terminada la experiencia con el plancton nos juntamos Fernando (Argentina), con su novia paisa; Kelly, paisa también, y su compañera de Canadá; y el suscrito. Los vallenatos del quiosco donde nos atienden suenan bien hasta cuando se hace evidente la escasez del repertorio y se repiten las tonadas de Rafael Orozco, Diomedes Díaz o Jorge Oñate.

Al calor de whisky, aguardiente, y Ratafía (una bebida preparada en Italia, regalo de un amigo empresario), empezamos a conversar y a contar cosas de nuestras vidas. Los lugareños también se divierten: a escondidas en el fogón, preparando el almuerzo los sorprendí fumándose un bareto: “nos la traen de Cartagena, pero toca con mucho sigilo, porque el patrón se da cuenta y no le va a gustar”, me confía uno de ellos.

Fernando dice que en Argentina, parte de la actual crisis se originó porque el gobierno de Cristina Kirchner subsidiaba a grandes hacendados y a otros sectores. “Los gringos (finqueros), botaban la leche, no les importaba. Querían más plata”. El porteño, furibundo seguidor de Maradona, nos cuenta que en su país están enganchados con las series y películas de Pablo Escobar. Tanto se le han quedado los modismos colombianos que su novia le enseñó a decir groserías: “gono.., hijue…”, se le escucha de manera reiterada, con su acento gaucho.

Kelly nos cuenta que viene de trabajar, junto con su amiga, en un refugio para animales lastimados o víctimas del tráfico de especies, ubicado en la Amazonía ecuatoriana. Para retirarse de laborar allí tuvieron que esperar muchos meses hasta encontrar a los reemplazos adecuados. “Imagínate un miquito bebé, tener uno que levantarse varias veces en la noche a darle tetero. Eso no lo hace cualquiera. Solo alguien que de verdad ama a los animales”, cuenta la joven canadiense.

Gracias por compartir”, me dice Kelly cuando nos despedimos y cada quien busca su habitación.

Cae la noche en Tintipán, y una brisa tranquila arrulla las olas y a los que deben ir a buscar la cama. Otra jornada termina en el Caribe. Mañana habrá que regresar a la ciudad, al ruido, la polución y la conectividad que nos roba vida real para sumergirnos en una vida virtual de la que quisiéramos escapar. La vida nos demuestra, por lo visto en Tintipán, que pequeños momentos, detalles sencillos, pueden conectarnos con personas de otras nacionalidades, extraños, si se quiere, pero que no llegaríamos a conocerlos si nadie se decide a romper el hielo o generar conversación sobre algún tema. Otra vez nos encontraremos en el mar: “mar adentro, más adentro“.

¿Cómo llegar?

Desde Ibagué sale un bus de Expreso Brazilia que te lleva directo a Tolú. Vale 130 mil pesos el pasaje y se viaja de manera cómoda. Se puede pasar la noche en hostales agradables como Villa Juakiana, con cabañas confortables con todas las comodidades: aire acondicionado, nevera, internet, televisión satelital. (Vea imágenes del hostal)

Si vas en auto particular debes hacer el presupuesto de gastos de combustible y peajes.

En Tolú, te puedes embarcar en el muelle y el transporte en lancha hasta Tintipán cuesta 80 mil pesos, ida y regreso. También venden una pasadía y paseo por las islas, incluido el almuerzo, a 60 mil pesos.

Texto y fotos: Alexander Correa C.

Contacto para hospedaje en Tolú: 301 7015110.

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