¡Todo lo del pobre, es robao!

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Recuerdo con absoluta claridad la emoción que sentimos todos los que vivíamos en el barrio Los Ciruelos por tener nuestro propio concejal; un día cualquiera el alcalde había llegado al colegio y en medio de la multitud alguien lo postuló y le dijo que él tenía que ser el alcalde cívico juvenil. Orgullosos empezamos a aplaudir; tener a uno de nosotros, así fuera de mentiritas en el poder era algo inesperado, todos estábamos alborozados.

Era habitual encontrarnos en las calles y sentados en los andenes, mientras lo veíamos pasar con cajas llenas de cuadernos, lápices, borradores, para surtir las papelerías del barrio; “se la rebuscaba”, como solíamos decir todos y cuando uno estaba ‘pelao’, sin un céntimo en el bolsillo, iba donde él y solucionaba el apretón.

Crecimos juntos luego de salir desterrados del sur del Tolima, la violencia nos amontonó en Ambalá. Varias caminatas, tertulias, parrandas nos unieron desde Playarrica, la Florida, Roncesvalles, a Ríomanso, Rovira, hasta volvernos a encontrar en Ambalá, él en Los Mandarinos, nosotros a cinco minutos del Vergel, o sea en Los Ciruelos.

Uno va prosperando y va cambiando de casa, un poco más costoso el arriendo, entre tanto más “se baje” uno a la central, a la civilización, cerca de los ricos.

Lo veía llegar surtiendo, revendiendo a las cacharrerías locales: todos sabíamos que si alguien tenía moneditas era él, al final de la tarde cuando ya la resolana caía, nos gustaba juntarnos pa’ oírle la lengua, por supuesto, nos gustaba escucharlo hablar exageradamente de sus aventuras por las carreteras, repetía sin descanso todos los resabios de los arrieros, las retahílas, los cuentos y las grandes conquistas de su padre y el mío.

Todos empezamos a sentir por él una especie de admiración y envidia porque pese a no ser un hombre atractivo (churro no es) la amplitud de su sonrisa, su excelente sentido del humor, la agudeza de su inteligencia y la generosidad de su personalidad lo hacen atractivo (personalmente aún lo molesto diciéndole que es feo pero ‘gustadorcito’).

Luego de muchos años sin reencontrarnos, tropezamos en la calle: ¿por qué andan diciendo que te robaste una plata y compraste una casa? Ya en nuestro años mozos y antes del maremágnum de la política le había advertido suficiente. “Los pobres no tenemos derecho ni a comprar casa, ni a comprar carro, porque todo lo del pobre es robado”, le recordé el debate narrado por Alberto Zalamea (Gaitán, autobiografía de un pueblo ) entre Lopez Pumarejo y Laureano Gómez Castro, cuando se aliaron contra “el negro Gaitán”, y le increpaban por tener droguerías, gimnasio propio y cambiar de Lincoln cada año, hasta el jugo de huevo con naranja le criticaban; Gaitán les respondió: “solo la independencia económica nos garantiza la independencia política y afortunadamente no dependo ni del lapicero suyo Dr. Lleras ni de la limosna suya Dr. Gómez, no tengo que esperar el salario del erario para solventar mis gastos”, (algo así fue la vaciada).

Al pobre no se le permite, ni se le perdona que tenga oportunidades en la vida, que sea luchador creativo y emprendedor; ese derecho está reservado exclusivamente para linajudos personajes de la parroquia o para los herederos de noble cuna.

A nosotros los pobres nos toca conformarnos con la ilusión de cualquier moneda que logremos conseguir para construir la vida misma.

Angustiada por las difamaciones de su nombre, siempre le consideré como un hermano y en mi familia se le quiere como un miembro más; lo busqué para preguntarle qué tan grande era la casa, por la que tanto se le difamaba sin compasión y qué tan cierto era que había conseguido tanto dinero; no puede ser que tenga un amigo millonario y no lo sepa.

Me sorprendió saber que todavía está pagando el leasing de la casa donde viven sus hijos al lado de su exesposa, Obviamente él, luchador como en aquellas épocas de pequeños negocios, los suyos prosperaron y pudo ir pagando sus obligaciones, invirtiendo con inteligencia y cambiando como el negro Gaitán, no el Lincoln, sí el Sprint.

Le dije, le advertí muchas veces que el camino de la política es culebrero y que si iba a iniciar tal aventura, tendría que tener los ojos abiertos y las garras dispuestas para defenderse como gato ‘patarribiado’ ante las injurias y las calumnias que algún día habrían de cobrarle la generosidad de su carácter noble.

“Es que usted pelea mucho paisana”, me dijo; – y es que usted se deja mangonear, le respondí.

¿Qué vas a decirles a tus hijos cuando en estas eras tecnológicas escriban tu nombre en Google y lean con asombro que te acusan de tantas mentiras y falsedades?

Se quedó silencioso y pensativo; “es cierto”, me dijo, “pero a veces el silencio es la mejor respuesta”.

Te equivocas, todos tenemos derecho al buen nombre y me parece que ya has callado suficiente, le pregunté si tenía o por sus actividades había investigaciones, indagaciones, procesos; me sorprendió saber que no hay ninguna y nunca las hubo.

Se dedicó a seguir creciendo, fue nuestro concejal en dos periodos. No hay alguien en el barrio a quien no le haya servido con cariño, salió de nuestro entorno a un lugar donde ninguno de nosotros podía cuidarlo de la voracidad y el odio que sienten los linajudos por quienes no se someten a sus látigos, aquel, donde la mezquindad humana lacera y acorrala sin compasión a quienes no son de su estirpe. Mi padre decía que los seres humanos nos juntamos por especies, como en la selva, pelos con pelos, plumas con plumas y escamas con escamas.

Se aventuró a salir hacer algo diferente, la suerte lo ha acompañado y su vida ha prosperado, sobrevivió a toda clase de injurias y calumnias, guardando silencio estoico, pagando 15 años una casa, intentando que su camino público y privado, merezca aunque sea el derecho al buen nombre, ya ni siquiera por él, pues quienes lo conocemos sabemos lo que hay en su corazón y en su bolsillo, más no es así para sus hijos que han de saber en un momento cercano, todo lo que en silencio soportó su padre, quizás en el ostracismo de la ignominia, o la incapacidad de pedir ayuda.

Él sabe que tiene un hogar a donde puede volver siempre, por abrazos, por regaños, por votos y por los amigos de siempre.

Hay que aprender a levantar la voz, a no callar las injusticias, a defenderse ante la prensa implacable que ha usado los medios para despellejar a quien les sirva y se resigne a ser botana de buitres, a veces, con más frecuencia de la que se debiera, hay que levantar la voz, denunciar, no permitir los atropellos y sobretodo antes de defender a los demás, aprender a defenderse a sí mismo.

Escribo hoy a mi amigo, Oscar Alexander Berbeo, nuestro concejal de Ambalá, Las Delicias, Mandarinos, Los Ciruelos mi amigo de La Florida, Roncesvalles y Playarrica.

Mi hermano, del que espero aprenda la lección más importante de la vida pública.

No quedarse callado y que como decía el negro Gaitan, “es cuestión de justicia, defenderse”.

Espero que esta pequeña crónica sea para él y sus hijos, para quienes los conocemos, una especie de oda al Mío Cid, un memorial de desagravio que le recuerde lo mucho que para nosotros vale, tener un humilde luchador que también pueda cambiar de Lincoln cada año, “porque no todo lo del pobre es robao”.

Por: Nubia Flor Russi, defensora de Derechos Humanos.

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