Todos flotan

Luis Carlos Rojas García.

“—Flotan —gruñó la cosa—, flotan, Georgie. Y cuando estés aquí abajo, conmigo, tú también flotarás”, (It de Stephen King).

Solemos escuchar que todo tiempo pasado fue mejor; también, que la infancia en décadas anteriores, era más segura, inocente y que los niños podían salir a la calle a jugar o ir a la escuela sin miedo a morir en el intento. Solemos escuchar tantas cosas bellas de esos tiempos del trompo, el tin tin corre corre, las series de televisión en donde nos vendían la guerra de una manera tan bonita, y en donde muchos aprendimos a besar con una ingenuidad sin igual.

¡Cómo olvidar! La jugadita de fútbol en la cuadra, el ponchado, la lleva lleva, y muchas cosas más que, al final de cuentas, no son más que un imaginario para no darnos cuenta de la cruel realidad.
No, no todo tiempo pasado fue mejor, menos, cuando hablamos de la infancia. A Lolita la abusaba su abuelo y todos en la casa lo sabían, pero no decían nada. A José lo tocaba su padrastro. A Milenita se le ponían los pelos de punta cuando llegaba su tío Marcos, el mismo que misteriosamente solía hacer apariciones cuando la mamá de Milenita no estaba. A Carmenza la tocaban sus primos desde que tenía cuatro años. A José Luis, a Sebastián, a Braulio, a Mary, a Susana y a otros más, en aquellos tiempos que supuestamente fueron mejores que los de hoy, les tocó vivir sus peores pesadillas. Les tocó ver cómo su inocencia se hundía en una alcantarilla pestilente. Pero, lo más espantoso del asunto, muchos se dieron cuenta y nadie dijo nada.

Así es, los abusos infantiles no son cosa nueva; de hecho, solo falta hacer un poco de memoria para recordar que los derechos de los niños son cosa de ahora. Los seres humanos, sobre todo los adultos, a través de la historia, se han destacado por su comportamiento animal cuando de niñez se trata. Grecia antigua, Roma entre otras, son la muestra fehaciente del papel de los niños en la sociedad. Y para no ponernos tan clásicos, podemos dar una mirada por el conflicto armado de Colombia o, simplemente ir a cualquier barrio marginal de alguna ciudad.

No obstante, uno creería que en pleno siglo de las tecnologías cosas así ya no deberían suceder. Para nuestra desgracia los niños siguen siendo abusados por propios y extraños; siguen desapareciendo en las puertas de sus casas, rumbo al colegio o llegando a casa; desaparecen en los parques, en las piscinas, en los supermercados; desaparecen en sus propias camas.

Los niños, nuestros niños, siguen viviendo en las sombras, debajo de los gritos y los puños; siguen siendo esos objetos que se llenan con las frustraciones de sus padres o de sus profesores. Los niños, nuestros niños se siguen muriendo de hambre, son vendidos, alquilados, regalados, abandonados. Son una suerte de desechable que se puede romper, cortar, tirar. Son los protagonistas de una película de terror cuyo final, definitivamente no es el mejor.

Si bien es cierto, existen leyes para protegerlos, también es cierto que, gracias a las redes sociales, nos podemos dar cuenta que esas leyes de nada sirven, y menos en un país como el nuestro, porque los casos son cada vez más brutales.

Solemos escuchar que los niños son el futuro del mundo… Solemos escuchar muchas cosas que se quedan en el aire, porque al final:

“Flotan, todos flotan”.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

Deja un comentario