“Tranquila, la guerra se acabó”

Nubia Russi conociendo al comandante 'Donald', de las Farc

Nubia Russi conociendo al comandante ‘Donald’ (centro), de las Farc.

Crónica de la defensora de Derechos Humanos que visitó a guerrilleros de las Farc en Tolima.

Cuando lo vi por primera vez su imagen no coincidía con los relatos de guerra y dolor que había escuchado durante cuatro meses; casi de mi estatura y con la piel curtida por el sol me recibió dándome un apretón de manos : “bienvenida, compañera”, me dijo. Lo miré a los ojos, intentando traspasar la barrera de sus lentes oscuros. “Muchas gracias”, respondí.

Su nombre de guerra: ‘Donald Ferreira’, quien olvidó al ya lejano Gustavo Bocanegra Ortegón, como lo nombraron sus padres.

Quizás mi voz debía sonar entrecortada y temblorosa, pues el horror de la guerra me ha enseñado suficiente que en tiempos de guerra todo es válido. Subí con mi corazón latiendo a mil revoluciones, pensando en que tal vez no volvería y en que sobre mí pudiera repetirse las tantas veces contadas historias de las retenciones ilegales.

La noche anterior no dormí, llamé a mi compadre y a mi editor, dándoles instrucciones sobre mis únicas posesiones valiosas (mis hijos ) y ultimando detalles sobre el tiempo de mi retorno a la civilización; todos me esperaban, como en una mesa redonda y querían escuchar de mis labios la versión de mi historia, saber de qué se trata la justicia transicional y qué era todo el alboroto que había armado en mi pueblo.

Supe que muchos fueron a “hablar” de mí, fueron a poner quejas acerca de la manera en que estaba haciendo las cosas (unos hasta me acusaron de querer meterlos a todos en la Corte Penal Internacional). Expliqué con calma y durante tres horas en qué consistía el proceso, cómo nos beneficiaba a unos a otros y cómo había que cerrar los horrores de la guerra: ellos escuchaban atentamente.

Al fondo, se escuchaba el ir y venir de las guerrilleras y guerrilleros haciendo el almuerzo. Unos pelaban papas y otros atizaban los fogones para el almuerzo. Mi corazón se fue calmando, poco a poco fui encontrando el sosiego del diálogo. Confieso que las cuatro veces en las que me reuní con ellos tuve la misma sensación de miedo, quizás porque no hay certeza en la confianza de las palabras y porque ir donde la guerrilla a llevar y traer chismes es un hábito de la gente mezquina, ya que en muchos pueblos, al igual que el mío, ellos fueron la ‘justicia’ ciega que imponía el orden, la disciplina y la manera de vivir.

No en vano ‘gobernaron’ en mi pueblo 36 meses y durante ese tiempo la connivencia con las Farc hacía parte de una realidad. Les conté acerca del mecanismo qué junto a la Fiscalía estábamos realizando en Roncesvalles, les dije también que los muertos deben volver a sus familias, los muertos de ellos y los muertos nuestros. Mi obsesión por encontrar a mi padre entre los desaparecidos me había llevado a arriesgar incluso mi vida para hacer lo ya hecho, exhumar los cadáveres de ocho guerrilleros. Fue caótico para muchos paisanos, unos se ofendieron, otros lo consideraron un gesto de humanidad, yo lo consideré una ofrenda de paz…. finalmente los muertos también tienen mamá.

No creo que estuvieran conformes al 100 por ciento con mis explicaciones pero fueron lo suficientemente generosos como para entender que todo estaba dentro de la ley y que pese a que nos guste o no debe ser aceptado ese procedimiento. Llegó la hora del almuerzo: nos sentamos todos, guerrilleros y civiles a almorzar y a la hora del tinto me dijo Donald: “Osea que, ¿usted es de Santa Helena?”, sí, le respondí. “¿Hija de quién?”, me preguntó. De Zabulón Durán. Él busca en sus recuerdos y dice de golpe: “mi papá trabajó con su papá“.

Empezamos a tejer la historia de su vida y de la mía, las épocas en las que mi padre y don Gustavo cultivaban papa. Eramos dos adolescentes, yo me fui a la ciudad, él se fue a la guerra, aprendió el camino de la revolución y de las armas haciéndose a una reputación que hoy le sobrevive; acusado de muchos crímenes, algunos ciertos y otros inventados, la selva se devoró sus años de juventud, fue el día en que se anunció la firma de los acuerdos entre el gobierno y la guerrilla. Oscurecía y yo anhelaba mis cobijas.

No hubo retorno esa noche, bajo el inclemente frío del páramo, buscaba ansiosa dónde dormir. Uno al lado del otro acomodaban sus cambuches, colchonetas, carpas. “A usted le toca aquí, compañera“, me dijeron, señalando un rincón caluroso. ¡Ah noche larga dormir entre fusiles!, buscando un poco de paz para conciliar el sueño. Desperté sobresaltada varias veces, mi mente jugaba con pesadillas de bombardeos, tableteo de metralla y la sensación de querer salir corriendo.

Amaneció sobre la montaña, tendida de niebla, mientras yo me despertaba lagañosa, ya las guerrilleras estaban perfumadas y ‘pispiretas’, formando, uniformadas.

Buenos días”, dijo ella, con un café en sus manos. “¿Cómo le fue en su primera noche?” Sonreí, tomé mi café y le respondí: con ganas de pedir la baja. Ella soltó la risa y me pasó un cepillo de dientes, una toalla y una peinilla: “Tranquila”, me dijo, “ya la guerra acabó”.

Volví a verlo al final de la tarde antes de partir, reunido con líderes, candidatos, aspirantes, activistas, intentando que todos comprendieran la magnitud del acuerdo, cargando sobre sus hombros el desprestigio de los crímenes de guerra. Convencido de su causa y de su lucha, convencido del camino de las armas como única manera de hacer valer sus reclamos, ha envejecido, como hemos envejecido todos esperando una oportunidad de vivir en paz.

Ellos también fueron armas de guerra, muchos civiles murieron por falsas informaciones, acusados de ser infiltrados, paramilitares, colaboradores. Todavía sobrevive hoy la práctica macabra de amenazar con el ajusticiamiento al contradictor.

"La guerra se acabó", dijo una guerrillera de las Farc en Tolima

“La guerra se acabó”, dijo una guerrillera de las Farc en Tolima. Fotos: suministradas.

¿A qué te vas a dedicar? “A hacer política”, me dijo con firme convicción.

Se quejó con justa razón de quienes hoy los desprecian, pero otrora subían al campamento a pedir permiso para ser alcaldes, gobernadores, congresistas, se jactan llenándose la boca con insultos, cuando hasta su patrimonio lo construyeron junto a las Farc.

Ellos, sin duda, contarán todo y ese miedo a la verdad, exacerba su cobardía que manifiestan en “oposición” a los acuerdos.

Le digo a Donald: “necesitarás más que eso, mucho más, pero será bueno encontrarnos en el debate y no en la guerra”. Le pregunté de nuevo si sabía alguna cosa de los desaparecidos, me dio una luz de esperanza al prometerme indagar. Una cosa era cierta, en la guerra habíamos perdido todos.

Regresé cuatro veces más, ya sin el miedo a la guerra, pero con el temor de los chismes, de la mezquindad humana, de la traición que se teje sobre intereses corruptos. He de regresar, otra decena de veces más, necesitamos encontrar nuestros muertos, necesitamos curarnos, necesitamos seguir viviendo.

Necesitamos comprender con suma urgencia que el costo de la guerra ya ha sido saldado y que pese la carga del dolor, en este país, cabemos todos.

Necesitamos saber la verdad, y ellos son los únicos que saben, lo que realmente pasó.

¿Estamos listos para escucharla?

Por: Nubia Flor Russi, defensora de Derechos Humanos.

*Especial para A la luz Pública.

1 comment

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