Una firmita por el amor de Dios

Luis Carlos Rojas García

Columna de opinión por Luis Carlos Rojas García.

Se firma para realizar todo tipo negocios, para darle el apellido a alguien o casarse con alguien, para dar o para recibir, para declarar el amor o la guerra a los demás, para demostrar que estamos en total acuerdo, que respaldamos al otro o viceversa; y aunque parezca irónico, ya que la firma es algo personal y de libre albedrío, se firma por obligación, por necesidad y hasta por lástima. Dicho lo anterior y como lo escribía un columnista de cuyo nombre no quiero acordarme pero tampoco quiero plagiar: “y va de cuento”:

En cierta ocasión asistí a un respetado centro universitario el cual ha sido golpeado por la espantosa corrupción y todas esas firmas que han ayudado a que la misma esté como esté: al borde de un cierre, y me encontré a un profesor que estaba en la ardua tarea de recoger una cantidad indefinida de firmas para que no sacaran a ciertos colegas suyos. El profesor me contó la situación y me pareció que era una noble causa. Lo acompañé durante su recorrido y me pude dar cuenta de muchas cosas, como por ejemplo: el miedo de otros profesores o de las personas de servicios generales cuando el profesor les pasaba el formato de las firmas.

La frase que más escuché aquella tarde fue: ¡Qué pena fulanito pero yo en esas cosas no me meto!

Debo decir que fue una experiencia extraña y por un momento gratificante. Pero, como suele ocurrir en nuestro país y en nuestra humanidad en general cuando se trata de esos asuntos, la satisfacción del deber cumplido duró poco ya que días después me enteré que el supuesto despido de los docentes de la universidad tenía truco, como en los actos de magia. Por este motivo, sacaron a los que querían sacar y dejaron a los que hacían parte de ese circo de los hermanos amigos de los fulanos y mujeres de los otros; fulanos, amigos, mujeres y hermanos que por supuesto estaban en el listado de los que iban a despedir y por los cuales se recogieron firmas, pero que no iban a despedir.

Fue en ese momento en donde comprendí a la fuerza que a uno de vez en cuando le ven la cara de pendejo y estoy seguro de que al profesor que recogía las firmas le pasó igual. Aunque no ha de faltar quien piense que descubrí que el agua moja; sin embargo, no deja uno de sentir indignación por la manera como los señores dueños del poder abusan de las personas, de su necesidad, tanto de comer como de trabajar.

Ahora bien, en las dichosas épocas electorales, incluso antes de las mismas, algunas empresas privadas y públicas que van de la mano de los corruptos, obligan a sus trabajadores a recoger cualquier cantidad de firmas para ayudar a políticos que lo único que buscan es perpetuar en el poder a esos personajes que han hecho de las suyas durante décadas; me refiero a los Pastranas, los Uribes, los Gaviria, los Santos y los otros de los otros, y los incautos, que siente no tener más opciones o simplemente gritar un “NO”, terminan accediendo a recoger las engorrosas firmas so pena de perder su trabajo o no poder comer.

Recoger firmas entonces se volvió un negocio redondo y por eso ahora no es raro ver a nuestros amigos, familiares, colegas, conocidos y desconocidos, con cinco, diez y hasta más formatos pidiéndonos que le regalemos una firmita por el amor de Dios. También encontramos a muchas personas en las puertas de los edificios, en supermercados, tiendas, bares y demás lugares públicos pidiendo firmitas por el amor de Dios porque que uno se muere y nada se lleva, y eso es obvio, los que se llevan todo son esos sujetos de carros lujos y trajes caros que pagan o amenazan y con eso tienen para arrodillar a más de uno.

En resumidas cuentas y como ya lo he escrito antes, la corrupción no nació en Colombia; no obstante, aquí vive muy amañada y al igual que las noticias sangrientas a la hora del almuerzo que nos han hecho tan fríos frente a la tragedia ajena, nos hemos acostumbrado a ver a la corrupción como parte de nuestra familia.

Por esta sencilla razón algunos seguirán siendo corruptos por omisión, por acto propio o por firmar lo que no se debería firmar, ya que cuando lo hacemos lo perdemos todo, aunque parezca exagerado, dar nuestra firma para apoyar a un corrupto literalmente es perderlo todo, hasta la dignidad, la cual, hubo un tiempo se decía: nadie nos podía quitar.

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