Vida de perros: El Juete y su bellaquería

Grupo de teatro Juete

Si los rayos del sol muriendo en este Ibagué sureño, vistos en Oriente (¡ah, maravilla de las barriadas, en la gleba inerme!) desde la tarde abrileña del amado parque Ricaurte – época de tiempos idos – anunciasen la pérdida del Hombre. Así grande. En mayúscula, como especie macho/hembra. Como lo logran en oda y mímica el sabido y consabido grupo de teatro El Juete, todo sería la frase repetida: discurso de pastor, ora de cura, grito de guerrero, consigna de para policía, de fiscal camino a la cárcel, del aullido de líder en retirada.

Pero no. Es la esencia del grande teatro ibaguereño, hecho frase en el intelecto, canto lúdico de tantos años (quizá treinta, quizá dos, quizá hace un mes, cuando nace William), que de lucha en lucha, que de sombra en sombra: solo ayer con el comunista, hoy hecho facho; solo hoy con el progresista, ayer hecho jesuita; solo con el hijo del santofimista de ayer, hoy hecho ambientalista; y así, de tanto en tanto, de mucho en mucho: las mismas pistolas, los mismos fusiles, los mismos idiotas, los mismos grados militares, los mismos respetos, pero siempre la risa (la inefable) la de los nadies: de las pulgas, soñando con comprarse un perro (a lo Galeano).

Y así, no más. Triste risa del no más: la de esa, por ejemplo, “Vida de Perros” con que los Juetes tratan del saberse y del embaucarnos, con su sabida magia lúdica (¡ah, bellacos!); que una u otra, papeleta de bazuco, por acá; que un trajín de media hora de TV, por allí; que una hora de radio, acullá: qué más da.

Al fin, la grandiosa elocuencia del serse colombiano: quinta esencia de la vileza, a lo vallejiano (No la de César, sino la de Fernando; no la del cholo peruano parisino, sino la del godo antioqueño mexicanizado, como somos). He allí lo grande de la pantomima, del sortilegio de sketch’s, del orgasmo de sicodramas, que a quienes les vimos, les sonreímos, en la tarde ricaurteña de soles muriendo en Oriente (¡Qué cosa, la de estos bellacos teatreros!): no le sabíamos, no le conocíamos a los Juetes, esa caterva de nadies, que hacen arte en el suroccidental rincón de esta dizque musical, sin que nadie lo sepa, o quizá sabiéndolo: son, y eso es lo que importa, en casi treinta años.

Y los niños ríen y entienden al teatro, lo suyo. Y los efebos se pasean. Y los curas, soslayan. Y los pastores, ufanan. Y los héroes desempleados, ansían. Y los políticos, amenazan. Y las muchachas, ríen y procrean.

Y mientras tanto, Nanky Castro y sus Juetes, se divierten junto al ensueño de William. Como lo hicieran alguna vez Michel Ángelo Buonarroti, Leonardo di ser Piero da Vinci, Thomas Eakins y el mismo Darío Jiménez.

Es una obra de teatro ibaguereña, la primera, dedicada a la enfermedad mental de la adicción, que lleva a familias enteras a la desgracia y a la soledad del ostracismo social por poseer un familiar en la maldición del sufragar económicamente la fortuna de los James, de los Escobar, de los Odebrectcht, de los Uribes, de las Shakiras, en general de los exitosos de la sociedad colombiana, esa sociedad que una vez existió y que se comía a sus propios hijos, como García Márquez y su prole.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, ingeniero agrónomo, propietario de
la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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