No voy a hablar de política

DIEGO JIMENEZ

Diego F. Jiménez

Cómo se sentiría usted, si donde trabaja, hay un cargo que todos anhelan y ninguno de los compañeros que lo ha ejercido, lo ha hecho satisfactoriamente. Quienes deciden, piensan que ya nadie funcionará en ese cargo, porque creen que todos serán igual de malos, y en la compañía seguirán reinando los mismos, porque además la excusa es “mejor malo conocido que bueno por conocer”, y por ende, su oportunidad de demostrar lo contrario, es nula. La probabilidad de que usted tome el cargo y no funcione, existe, pero también existe la posibilidad que sí funcione y las cosas cambien, de alguna manera.

Guardando las proporciones y los matices, es importante ponernos en los zapatos de quienes son abarcados (justa o injustamente) en expresiones generalizadoras y cortantes. No voy a hablar de política, pero sí de politiquería. Entendiendo a la política, desde su concepto académico como aquella práctica que se ocupa de organizar, gestionar y de resolver los conflictos colectivos y de crear coherencia social”  (prometo no volverlo a hacer en esta  columna) y a la politiquería como “las acciones que ejerce un gobernante para beneficiarse o beneficiar a terceros, valiéndose de su cargo”. Esta actividad politiquera no sólo se ve en la administración pública. También en distintas organizaciones de carácter privado y en profesiones distintas. O acaso ¿no hay veterinarios, abogados, contadores, ingenieros, comunicadores o administradores que ejercen la corrupción desde sus cargos? Entonces la doble moral está por doquier.

En el imaginario colectivo de nuestro país, existe la percepción que las personas que aspiran a ocupar cargos públicos son “políticos corruptos”. Y con dicha justificación damos paso para que las maquinarías politiqueras, hagan lo propio a través de contratos y puestos para amarrar el poder (situación cómoda para algunos); mientras tanto los honestos (irrisorio porcentaje), son encapsulados en la generalización “todos los políticos son iguales” y las probabilidades que estos lleguen lejos en el escenario político, es igual de nula a nuestras frustraciones cotidianas (ejemplo inicial). Mientras tanto, una realidad poco analizada por las masas, es  la de las familias: Santos, Lleras, Gaviria, etc. que  tienen polarizado a un país con sus delfines provenientes de Harvard u Oxford, mecánica que sitúa a Colombia entre los países más desiguales… se me olvidaba que también es el más “feliz”.

Las cuestionables encuestas, polarizan a un más. Personalmente no conozco a nadie, repito, a nadie, que tenga una fiel convicción de votar por el candidato Santos (sin que tenga interés); es más, la apatía en redes sociales hacia él y la mermelada, abunda. Y aunque el uribismo no es para nada de mis afectos ideológicos, sí conozco a quienes votarían por dicho movimiento. Pero quien repunta en las encuestas, es Santos. Repunta de una forma sospechosa. Bueno pero si en un municipio como Ibagué moldeaban encuestas, cómo no hacerlo  quien tiene abundante mermelada en la nación.

El país está polarizado entre el santismo y el uribismo. Y no es efecto de la política, tema al que no me referiré en esta columna, es efecto de la politiquería. Peñalosa entra a refrescar el escenario politiquero, no digo político porque seguramente en segunda vuelta se unirá al uribismo.

Supuestamente vivimos en una República y en España en una Monarquía. Creo que es más nociva una monarquía agazapada e interesadamente transitoria, como la nuestra. La diferencia y ventaja es que,  podemos ser activos de los procesos democráticos. No, recuerdo que también estamos mal ahí. Los resultados de las pasadas elecciones legislativas no son contundentes aún. La Procuraduría General de la Nación ordenó revisar los votos nulos, se vio obligada a hacerlo luego que en las redes sociales empezaran a aparecer cientos de imágenes del documento E14, (formato donde se consolidan los votos) con graves errores, que no evidencian otra cosa que: corrupción electoral. Entre otras movidas, a unos partidos les quitaron votos (actualmente siguen reclamando), a otros les multiplicaron más de lo normal, y hoy reciben credenciales como honorables congresistas. Por cierto, 69 están siendo investigados por serios índices de vínculos con grupos ilegales y corrupción.

Algunos dirán “si ve, por eso yo no voto”. Si nos quedamos en esa zona de confort seremos una generación fallida, y nuestros hijos y nietos sentirán vergüenza, porque la politiquería nos envolvió, de tal forma, que nos convertimos en cómplices. Sin contar a quienes vendieron  su voto por 50 mil pesos.

Por: Diego Jiménez Agudelo, periodista

Formación Profesional en Comunicación Social, Relaciones Públicas y Social Media

@diegojimenez01