“Ya no tenemos libertad en el Llano”

Atardecer en la Laguna. Primavera, Vichada.

Crónica de un viaje a la última ‘frontera’ de Colombia.

El Llano siempre aparece con su aire de misticismos: es la tierra de la mamona, el joropo, de leyendas. Nombres que no tienen equivalente para los cachacos como morichal, cachicamo o alcaraván, inundan el repertorio, la jerga de los locales, la tradición oral.

En el Llano hay de todo: colonos bogotanos, de Boyacá, y criollos que todavía andan a pata limpia, con los pantalones arremangados y un cuchillo al cinto. Su sombrero es fino, costoso y de arte elaborado. Otros criollos, pero que viven del arroz o de los grandes hatos ganaderos andan a pata, pero se bajan de modernas camionetas de doble tracción.

Es la tierra donde literalmente se funde el cielo con el horizonte y los amaneceres y atardeceres ofrecen una acuarela interminable de luces y colores para quienes quieran deleitar el ojo.

El criollo anda a pie limpio.

Los caños, no son cañerías: son ciénagas o humedales donde se puede pescar o refrescar la resolana de la tarde. En el caño San Miguel, situado a las afueras de Orocué (Casanare), se puede apreciar el delfín rosado que a veces se deja ver en la desembocadura del río Meta.

El delfín, o tonina, como le dicen los lugareños también es protagonista de historias y leyendas: lo ven salvando a infortunados que caen al agua o agitando una canoa cuando escucha llorar un niño. “Nos rompe las redes, se come el pescado, jala lo que sea. Cuando hace frío por la mañana, salta y nos moja, como si estuviera jugando”, dice Luis Albeiro, un pescador de La Hermosa, Vichada. La tonina, la tonina está en todos lados y en ninguno al mismo tiempo. Nunca la vimos.

Hablando de peces, se consiguen de todos los tipos y tallas. Bagre, bocachico llanero, capaz, que son extraídos del caudaloso río Meta. Todavía por acá se puede consumir un pez sin temor a los metales pesados de la minería o por la contaminación de los caudales. Dos bagres medianos, de buen tamaño, me costaron 20 mil pesos para un sabroso viudo.

En la comida se degustan platos conocidos, pero no se dejen tentar cuando en los restaurantes les ofrezcan en voz baja ‘carne de monte’. El consumo de animales como la lapa, el chigüiro o el armadillo está prohibido, pero acá aún se comercia y trafica con estas especies protegidas. En Orocué vi comensales de una mesa cercana quejándose porque les salió muy poca carne en su cachicamo (armadillo). Otra mujer me cuenta que en un hato en el que trabajó hace algunos años tuvo que ayudar a preparar la carne de dos mil chigüiros que cazaron para enviar por avioneta al Brasil. A propósito, ¿qué pasó con el individuo conocido como alias el ‘Pulpo’, quien por años engañó a los ibaguereños en la entrada de Calambeo, vendiendo carne dizque de chigüiro la cual camuflaba con cortes de quién sabe qué animal?

Junto a los boyacos, criollos y cachacos viven los indígenas de varios resguardos de la etnia Sáliba. En Casanare, según rumian los raizales, tienen fama de flojos y que aprovechan los subsidios de las petroleras y del Estado. Pero en el Vichada son trabajadores y elaboran un hermoso arte de tallas en madera para artesanías que se consiguen a buen precio. Pero no les vayan a dar el soplo a los hijos de Uribe porque de pronto vienen y les montan toldo a estos hijos a los que les robaron la tierra, la cultura, les pusieron pantalones y ahora los quieren despojar de sus creencias con una soterrada y bulliciosa penetración de iglesias cristianas.

Niños del Vichada.

“Tengo que girar unos bolos, pana”

Usted puede realizar una travesía en lancha rápida (acá le dicen yate), desde Puerto López, Meta, hasta Puerto Carreño, Vichada, en la frontera con Venezuela. Subiendo por el mismo río, donde antes se contrabandeaba gasolina, coca y alimentos está llegando otro tipo de comercio: las ‘venecas’ que se rebuscan en prostíbulos para poder girar unos bolos y que coman en casa dada la crisis económica, de todos conocida, en el vecino país. En Primavera, Vichada, se camuflan como dependientes de bares y billares, pero de allá las quieren sacar porque han dañado muchos hogares o tienen fama de ‘cosquilleras’.

Aydé, una residente de Paz de Ariporo (Casanare), me dice que tuvo que salir del pueblo ya que vendía el tinto a 500 pesos y los venezolanos llegaron a competirle con café a 300 pesos el vaso. De Orocué sacaron corriendo a unos venecos que cañaban con la venta de chinchorros pero que en la noche regresaban a casas y fincas para llevarse lo que quedaba mal puesto.

Consejos: acá nadie se roba un celular o la billetera que se dejó olvidada en una mesa. La gente es honesta, querida y trabajadora. Todavía se conserva el perdido principio de la palabra empeñada. “La palabra del gallero es una escritura”, me dice un jugador de estas aves de pelea que gana 400 mil pesos luego que su gallo blanco ha matado a un contrincante en una disputa de 60 segundos. Su mujer lo abraza porque seguro esta semana habrá buena remesa y comida en la casa.

Gallos aguardan por el combate en Primavera, Vichada.

A ese mismo tenor estaban rifando una novilla cebú a dos mil pesos la boleta. Cuando compro dos puestos y pregunto que si en verdad pagaban el premio, alguien responde: “ese sí paga, porque de lo contrario tiene cuatro horas para perderse y llegar a Yopal. A dos que no cumplieron los templaron y a otro le tienen montada la cacería para pelarlo”.

¿Por qué acumulan tanta tierra?

Acá se cumple el lugar común según el cual hay hatos y extensiones de tierra “hasta donde alcanza la vista”. La persona que se fundaba antaño en estas sabanas cogía la tierra que quería y la cercaba, bien sea que la empleara en ganadería o que tuviese lotes ociosos. Ahora, se habla de hatos de cinco, 10 y 20 mil hectáreas de los Uribe, los Efromovich, Ardila Lulle, Sarmiento Angulo y los arroceros que han transformado el Llano en megaestructuras de cultivo y procesamiento de palma de aceite. Y nada se desperdicia, se fabrica allí hasta un concentrado para cerdos hecho a base de palmiche.

Nos lo explica mejor José, un criollo que lleva buena parte de sus 68 años en el Llano: “las sabanas eran libres, no como ahora que son todas encerradas. Había caimanes, caballos salvajes. Todavía quedan unos pocos. Había una libertad, montaba usted un caballo y no lo paraba ninguna cerca. Hoy ya no tenemos libertad en el Llano”.

El yate del Meta

No es literalmente un yate ni su diseño es estilo catamarán. Es una lancha con cuatro motores fuera de borda, cada uno con una potencia de 200 caballos de fuerza. Alcanza velocidades de hasta 130 kilómetros por hora sobre el agua y puedes bajar por el río Meta desde Puerto López o Puerto Gaitán, hasta Puerto Carreño, donde el Meta desemboca en el Orinoco, en la frontera con Venezuela.

El yate desembarca pasajeros y carga en Santa Rosalía, Vichada.

Y es la línea más apetecida para transportar viajeros y remesas. Lleva encomiendas tan amorosas como la pesca de cinco días que una madre recolectó en Vichada, la cual envía en unas neveras de icopor para su hijo que está aguas abajo.

Desde Orocué son ocho horas río abajo hasta llegar a Carreño. El pasaje sí puede llegar a ser costoso, pero puedes desembarcar en parajes tan atractivos como el municipio de Primavera, Vichada, donde la puesta del sol es hermosa y te permitirá tomar las mejores fotos. Allí también te puedes refrescar en caños donde los peces te mordisquean con curiosidad.

Amanecer en Orocué, Casanare.

En conclusión: aún estás a tiempo de venir al Llano, de madrugar a ver las luces del amanecer, a disfrutar de una bailada de joropo con arpa, cuatro y bandola. A buscar al delfín o al guio que devora novillos y hasta hombres en los esteros y humedales. Hazlo, deja de ver la vida a través de las pantallas, sal de la comodidad del aire acondicionado de la oficina, no te dé miedo viajar, o porque pienses que te van a robar. Ven a conocer la otra Colombia, antes que la acaben de privatizar o contaminar. Enamórate también de la última frontera…

Texto, fotos y videos: Alexander Correa C.

Si quiere visitar estos paraísos, contacte a un operador turístico recomendado: 320 3580834 ó 311 8901791.

2 comments

  1. Francisco Javier López Quijano

    Alexander, gratamente se lee lo que el Llano de nuestro país ha sido y es. Hermosa tierra colombiana que se merece ser visitada y tener un mejor futuro. Gracias por esta crónica de la ‘Última Frontera de Colombia’. Buen viaje y retorno.

  2. luis orlando avila hernandez

    Desde las guerrillas liberales de Dumas Aljure, Guadalupe Salcedo y Jorge Fonseca, traicionados en 1953 por la dupla liberal conservadora, a traves de Rojas Pinilla, hasta la proteccion de los morichales, la construccion de escuelas, puentes y trochas por las guerrillas comunistas de las FARC EP, el llano (o la confluencia de la llanura con la selva amazonica) ha sido sinonimo de la dignidad colombiana. La huella de la colonización tolimense, expulsados del interior por los chulavitas y pajaros de los 50, es inconmensurable. De ellos, se tiene las Juntas de Accion Comunal, las Escuelas (manejadas exclusivamente por ley por la iglesia catolica) y la forma de cultivar pancoger. Sin los tolimas muchos de los avances del llano no hubieran sido posibles. Otra historia, es que los jefes de Rojas Pinilla hasta hoy, tratan de vender (regalar) el llano a los chinos, los indues, los gringos y los israelitas. Para eso tienen a los paramilitares, la version reciente de pajaros y chulavitas. Algun dia , cuando regrese, Alexander, preguntele a los mas viejos por los tolimas, que poblaron los antiguos Territorios Nacionales.

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