YOLANDA

CRISTINA_RESTREPO._EL_COLOMBIANO

Dicen que cuando en la plaza principal de Líbano, Tolima, alguien grita “¡hey…, poeta” todos voltean a mirar… porque todos se sienten poetas.

Allá nació Yolanda.

Yolanda es trigueña, de mediana edad. Y su perfume huele a flores. Además de los chécheres que todas solemos cargar en la cartera, ella empaca una blusa de repuesto por si acaso.

Cuando va por la calle, se mueve con la serena naturalidad de las mujeres que no se creen observadas, pero si pasa frente a una vitrina o una ventana del colegio, repara en su reflejo.

Una vez en el salón, corrige su postura (luce altiva) y, sutilmente, alivia su cansancio contra el tablero: ¡jamás se atrevería a sentarse sobre el escritorio…

Ella sabe que es ejemplo.

En los intervalos laborales, llama a sus hombres (esposo y dos hijos) a lugares diferentes de Colombia (Ibagué, Bogotá y Medellín):

“Hola, mi amor. Está haciendo un calor impresionante. ¿Ya desayunaste?”.

Conversaciones mínimas que dan sentido, orden a su mundo.

A los 17 años, Yolanda fue la mejor bachiller de su colegio. Ingresó a una universidad pública para ser enfermera, pero se arrepintió. Pasó un par de meses sin estudiar hasta que aceptó hacer un reemplazo en una escuela.

Lo primero que hizo fue organizar una rifa destinada a comprar libros para la biblioteca. En las aulas se comenzaron a escuchar las voces de autores como Mario Benedetti y Andrés Caicedo.

Yolanda es licenciada en Español e Inglés y, en la actualidad, enseña en el Colegio de la Policía.

“Uno nunca tiene el respeto de preguntar por las vidas de los estudiantes”, reflexionó una noche. Entonces, descubrió que sus alumnos estaban llenos de angustia por sus padres secuestrados, muertos, asignados en zonas rojas.

Pensó que la escritura los podría liberar de ese sentimiento.

En 2005, una niña de noveno grado llamada Lissette, escribió “Las siete vidas del gato”, una crónica que contaba con orgullo cómo su padre, Álvaro Pulido Cabrera, había sobrevivido a varias tomas guerrilleras.

En la semana de la última reescritura, el agente Pulido fue asesinado. Por supuesto, Lissette incumplió con su tarea.

Dos años más tarde, justo antes de su graduación, la estudiante entregó la versión final de su relato: “La sonrisa del último adiós”.

La profesora Yolanda López, Premio Compartir al Maestro 2010, a veces viaja invitada por el Ministerio de Educación como modelo pedagógico para replicar.

Yolanda tiene nombre de canción, vive al ritmo que cada día le impone en armonía con la cotidianidad de sus alumnos. Pero cuando habla se convierte en una sinfonía coral: cientos de niños que sufren en silencio expresan su dolor a través de ella.

Y por eso la llaman maestra.

Contexto

LA SONRISA DEL ÚLTIMO ADIÓS

Hace dos años, en las clases de Castellano, iniciamos con la Maestra un proyecto sobre crónica. Entre todo el grupo se acordó que los temas a tratar en ellos serían acontecimientos que a diario vivían nuestros papás todos ellos pertenecientes a la Policía Nacional y que la idea era darles un tratamiento muy humano. Así que cada estudiante comenzó a indagar la experiencia más acogedora para desarrollar la Crónica y llevar a feliz término el proyecto.

Yo, como todos mis compañeros, busqué la experiencia más linda de todas aquellas que a mi padre le habían pasado y me había relatado. Así que para iniciar busqué un título que compaginara con lo que yo iba a escribir sobre mi padre; la crónica se llamaría “Las nueve vidas del gato”.

Pasadas unas semanas, entregué mi primer borrador donde contaba con detalles las experiencias que mi padre vivía a diario como derrumbes, ataques guerrilleros, problemáticas intrafamiliares, secuestros, entre otros, que los policías tienen que atender a lo largo de su trabajo y donde yo me enorgullecía y daba gracias a Dios por tenerlo con vida y sano.

Después de la última corrección que me hicieron los compañeros y la profesora Yolanda López, yo debía entregar mi “texto público”, es decir el texto final depurado de errores tanto de redacción como de ortografía y ella nos había dejado unos días para la entrega final.

Por: Ana Cristina Restrepo.

Tomada del diario El Colombiano

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