¿A dónde pertenecemos?

La Torre de la Libertad de Miami, Times Square en Nueva York y la Torre de Calgary fueron puntos de encuentro para seguir la firma del acuerdo final de paz de Colombia. Tomado: de Cancillería de Colombia

Crónica sobre la migración colombiana a Estados Unidos.

¿Qué significa pertenecer? Existen diferentes definiciones, ser de la posesión de alguien, que alguien nos convierta en su propiedad, que en algunos asuntos le correspondamos a alguien a algo y mi favorita en particular, formar parte.

De continuo formamos parte, de un momento, del cuerpo de una nación, de lo que alguna vez fue o es el amor de nuestros padres, de una finalidad colectiva, una que nos define a todos, la de sobrevivir; justo ahora mi lector y yo formamos parte de este escrito, del recorrido que se les hace a estas letras.

Era el 12 de febrero del 2017 en Bogotá, la ciudad estaba iluminada, no había tantas nubes y no llovía; todos alrededor de la mesa hablábamos de temas que nos importaban, sabiendo que aun así era mucho lo que callábamos. Nadie hablo ese día sobre la identidad del país, no dijimos la maravilla que es ser colombiano, solo nos centramos en lo difícil de la economía, en el desempleo, cosas reales, pero a la final solo una parte de la historia… hoy recuerdo cada plato de comida, cada paisaje, cada cara familiar, recuerdo como se sentía ser parte de Colombia, como todo parecía tan propio, tan cercano y tan cálido.

Estaba terminando mi carrera, periodismo, me encontraba justo en el punto en donde la profesión se ve con más claridad lo que significaba, por el contrario, verla con el terror que las presentadoras le quitan.

Pachito tenía los ojos brillantes, había algo gigante que quería decirnos, se notaba en como todo su cuerpo se preparaba como papagayo, sin más rodeos nos dijo, “mi hija se fue a Estados Unidos, está ganando muy bien, vive en una mansión con ascensor, tiene su propio carro”, entre otras cualidades de una vida de ensueño que esa mañana nos dio. Tuve la sensación de que debía ponerle atención, pero como en tantas cosas decidí sonreír y guardar mis ideas sobre el capitalismo y la patria.

No pasaron muchos meses desde aquella conversación, ya no la recordaba muy claramente, pero seguía en mi mente la pregunta ¿Qué vas a hacer cuando te gradúes? Mi respuesta era rápida siempre, carecía por completo de un plan, pero en voz alta sonaba elegante y suficiente, iba a ser editora de una revista y en mis tiempos libres a trabajar en una ONG.

Un 20 de mayo del mismo año, no quedaba dudas, mi tiempo en la universidad tenía sus días contados y era inevitable, me estaba convirtiendo en un adulto. No sé cómo sucedió, pero Estados Unidos comenzó a sonar como la perfecta salida de un futuro en el desempleo, así que puse manos a la obra, había que hacer papeleo, tener algunos cursos (que hoy entiendo todos deberíamos tener) y por ultimo emprender el viaje.

Me tomó más de un año terminar mi carrera y poder salir del país. En todo ese tiempo nunca lo tome enserio, pienso que no entendí que era yo quien se iba del país y no la hija de Pachito, que era yo quien iba a dejar de ver la cara de mi mamá con sus gestos de niña pequeña, que ya no iba a poder abrazar a mi abuela solo por el gusto de hacerla ser cariñosa y que tendría a todos a quienes amo a poco más de tres mil kilómetros.

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Pero como el tiempo no se detiene para preguntarte si estás seguro, pronto llegó el tan mencionado ocho de octubre. Llegué junto a mi familia a la entrada de Migración, había visto antes fotos de ese lugar, normalmente muchos ojos rojos, con sonrisas que querían disimular las lágrimas derramadas pocos instantes antes.

Ahora era mi turno, y empecé a sentirlas rondado sin control por mis mejillas, recuerdo de una forma extraordinaria cada rostro de ese día, recuerdo la chaqueta que mi mamá tenía, recuerdo como no queríamos separarnos de ese abrazo, recuerdo la voz tierna de mi hermanito que me pedía como último intento que no me fuera. Recordé cuando el mundo me parecía así de sencillo, como si con un sí o un no, pudiésemos cambiarlo todo.

Recuerdo caminar y pensar en no mirar atrás, después la llamada de mi abuela recordándome mi amistad interminable con mi mochila rosada, recuerdo las personas a mi alrededor, todos vestíamos bien, no era para menos, estábamos yendo a cumplir “el sueño americano”.

Desde ese día han pasado 11 meses que he contada fervientemente, he amado vivir en Estados Unidos y también lo he odiado. Claro que crecí, todos aprendemos cosas similares de una forma muy distinta.

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Hoy puedo contar entre mis aprendizajes que, sí existen diferentes formas de ver la vida, que algunas garantías, las básicas sí cambian realidades, pero que aún en la diferencia abrumadora entre los países desarrollados y los países que siguen viviendo la misma guerra, no como regla general sino como una realidad ¡nos hemos quedado con la parte que ve de la misma forma a todos los seres humanos!

Algunos escritores han planteado la idea de la incapacidad del ser humano de preocuparse por cosas desconocidas, para este esas realidades simplemente no existen, no son. Puede que en algún sentido la ignorancia sea seguridad, ser pequeños nos esconde de múltiples realidades, crecemos creyendo.

Como por ejemplo creemos que no hay diferencias, que no nos dividen las fronteras, que incluso hay cosas que se pueden hacer con respecto al lenguaje; pero es solo hasta el día en que lo confrontas que te das cuenta de la infinidad de cosas que pueden diferenciarnos (claro que también unirnos).

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Entre estos para no mencionarlas todas, diré que después de ver todos estos contrastes, ahora reconozco con admiración y amor, la amabilidad sincera de mis compatriotas, cada sonrisa, cada saludo y cada una de las formas en que se comparte. Veo en un colombiano y esto con asombro, la buena fe y la capacidad de seguir caminando, literalmente con los pies descalzos.

Hoy pienso con mucho amor sobre la expresión “cara de colombiano”, cada acento y cada plato típico. Es muy fácil desde aquí llegar a entender que, aunque diferentes somos el resultado de muchas cosas parecidas, un solo cuerpo, aquí el colombiano es uno solo, nos vemos como apoyo, entendemos de cercanía y que lo que representamos es un pedazo del lugar que tanto añoramos.

En definitiva, para apreciar mejor las cosas que se tienen, hace falta por un momento perderlas, hace que recuerdes lo que significa, lo mucho que le aprecias, lo mucho que te ha hecho feliz, te quita la ilusoria idea de que jamás lo vas a perder.

Hace años me cuestionaba sobre ¿qué haría un país tan potente, si ya no fuese matarse los unos con los otros en la eterna patria boba? en este país he visto la respuesta, la forma tan diferente en que se vive aquí, hace incluso que se olviden las necesidades básicas… ver el hambre que se tiene por la literatura, el arte, las vivencias, las experiencias, en resumen, se vive una forma de utopía, como si soñar fuese la forma de empezar y no solo la libertad de imaginar.

Por: Vania Rocha, comunicadora social y periodista tolimense.

3 comments

  1. Jhonn Jairo Rojas

    Fascinante el sentido de pertenencia que se tiene por las raíces familiares sociales y culturales que demuestran que nosotros los colombianos sobresalió y valoramos nuestro contexto de vida felicidades y éxitos en esas fraces palabras que llegan al alma. Un abrazo

  2. Norma Rodriguez

    Emigrar..soñar..reinventarse. Al otro lado de la frontera tambien hay pobreza y hambre. Para tener carro y vivir en un apartamento con door man o portero hay que tener al mes Por lo menos $1.500 dollares solo para la renta sin contar Los servicios. Eso significa al menos 2 empleos. Y si tienes suerte uno de ellos te dara un seguro medico sino rece para no enfermarse. A estas alturas del cuento y para no hacerlo tan largo aqui tambien se vive al dia… y como dice Vania.. a kilometros de la tierra Los olores..Los colores y los sabores nos ponen nostalgicos.

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