Carta

Imagen de referencia.

Serie de textos literarios y periodísticos para reflexionar en esta cuarentena.

Adorada María G.:

Hace ya tantos días con sus noches, si las cuentas no me fallan, que apenas si puedo verte, o imaginar que te veo, al paso del viento en mi ventana, como si volaras de pronto sobre un avioncito de papel.

Fue desde aquella mañana de inicios de marzo, ¿lo recuerdas María G…?, que nos llegó de pronto desde un continente milenario, y sin pedir permiso a nadie, la noticia y la visita del virus homicida.

Tú habías ido a la vereda a visitar a la abuela de los hijos que tendremos algún día, como quien dice tu madre, porque era el día de su santo. Los medios empezaron a decir entonces que el Maligno se había escapado en el descuido de un equipo de científicos desde el cristal de una pipeta en un laboratorio chino, o desde una sopa de murciélago adobada con hierbas aromáticas en algún húmedo mercado de Wuhan. Lo cierto es que tú, María G. bonita, desde entonces te quedaste confinada entre gallinas y sacos de café en la casa de la abuela de los hijos que tendremos algún día, y yo, desde entonces, desterrado de tu risa y de esos ojos tuyos tan grandes y negrísimos que lo abarcan todo con un leve parpadeo como si el mundo todo fuera sólo tuyo.

Cierto es también, María G. de mis desvelos, que el tal virus dizque se vino cabalgando, agazapado entre las nubes, haciéndose pasar por un gigante de barbas cenicientas, caballos con crines de humo, montañas azulgrices o ballenas jorobadas, enredado en la cola, las hélices y los alerones de un Boeing 747.

Cierto también es, hermosa María G., que el virus se vino navegando aguas arriba, aguas abajo a lo largo, hondo y ancho de mansos o embravecidos ríos en planchones y en canoas, o en el oleaje caprichoso de mares sin fronteras, siempre invisible, en un crucero transatlántico con un millar de turistas felizmente contagiados.

Cierto es, amor María G. de mis amores, que el Maligno virus se vino traspasando imperceptible y clandestino poblados, ciudades y países, multiplicándose impune en primera, en segunda y en tercera clase y en el vagón comedor del tren Expreso del Oriente, del Norte, del Sur, del Occidente.

También es cierto, María G. mis ojos grandes y tan negros, que ese virus fantasma se largó transitando inatajable en los compartimentos atestados del metro subterráneo, entre la sudorosa multitud de un autobús, en la ruta escolar, en el tranvía, en las calles, los andenes, las aceras y la vuelta de la esquina.

Hace ya tantos días con sus noches, si las cuentas no me fallan, María G. madre de los hijos que tendremos algún día, el virus se vino cabalgando entre las nubes, navega navegando barco a barco, traspasa continentes y transita siempre oculto y silencioso por el mundo.

El… María G. la siempre huésped de mi alma…

El virus…

Latente, Irreverente, Inclemente… Microscópico, Cuarentenico, Pandémico… Sonámbulo, Diurnambulo, Noctámbulo… María G. contagio de todos mis amores.

Así llegó a casa el Maligno disfrazado de cualquier cosa y me encerró de pronto entre los cuatro puntos cardinales de mi alcoba. Confinado a esta habitación y a esta ventana que sólo tu conoces, exiliado de tu risa y de tus ojos tan grandes y tan negros, condenado a estos barrotes sin cortinas, imaginándote pasajera de un avioncito de papel, en esta habitación sin ti, en el lugar exacto, María G de mis adioses, donde yá no alcanzo a verte.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo.
Ventana de segundo piso
Pandemia de 2020.

*Si tienes textos, crónicas o notas literarias sobre esta pandemia puedes enviarlos al correo alexcorrearcn@hotmail.com, y los publicaremos en nuestro medio.

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