Conviviendo con un depresivo crítico

Imagen de referencia.

Serie de textos literarios y periodísticos para reflexionar en esta cuarentena.

Con la llegada del amanecer se escucha el cantar de las aves, su melodía contrasta con los vendedores que gritan repetidamente; “Cebolla larga, Tomate, Aguacate maduro”, entre las armoniosas notas de los pájaros y los alaridos de la plaza ambulante, que funcionan mejor que cualquier despertador análogo Casio, comienzo abrir mis ojos, con la tranquilidad que todos sentimos en ese preciso momento en que despiertas y tu mente aún está en blanco.

Al comenzar a reiniciarse mi cerebro, vuelve la nostalgia y el recuerdo, que en la habitación contigua se encuentra mi primo convaleciente, quien dos noches antes tuviera que traer a casa, por una crisis a la que el psiquiatra diagnóstico como; Depresión psicótica.

Lentamente me voy levantando de la cama, me calzo las chanclas y voy hacia la repisa en donde reposan los medicamentos que se le deben administrar a quien por respeto a su condición llamaré Felipe. Antes de ir a servir el agua para que pueda tomar las pastas, me cruzo con su habitación y lo observo despierto con el rostro desencajado y con una mirada que aunque fija en mí, me hace dudar si realmente me está viendo.

Un sentimiento de escalofrío y tristeza me recorre por mi cuerpo y lo único que atino a decir es “buenos días, hermano ¿cómo amanece?”, él sin responder absolutamente nada solo sigue mirándome, me acerco un poco más y le repito la pregunta, ¿cómo amaneció?, con una mirada de quien observa a alguien que piensa que le va hacer daño, me responde, “bien, ¿qué vamos hacer?”.

Le digo pausadamente, “hermano, tranquilo que de esta salimos”, recordando en mi mente la escena de la primera noche en la que lo traje completamente desorbitado, pronunciando cualquier cantidad de incoherencias y que en un leve instante de conciencia, arrugando su frente y con sus ojos a medio cerrar, con las ganas que un varón de 45 años tiene de caer en llanto, pero que ese mismo sentimiento machista no se lo permite, me dice: “me siento mal necesito ayuda”.

Esa ayuda llegaría al día siguiente por medio de un médico psiquiatra conocido de mi pareja llamado Benjamín Salazar, quien luego de tener una consulta a domicilio con Felipe, llega al duro pronunciamiento en el que nos advierte del estado crítico de nuestro familiar y recomienda la hospitalización, aunque por la falta de pago de mi primo a la EPS sería una opción que no podríamos adoptar, por lo que decidimos hacernos cargo de su cuidado mientras se soluciona el tema de su seguridad social.

Mis pensamientos regresan al presente y vuelvo al instante en el que voy a la cocina por el vaso de agua para que se tome sus ocho gotas de Rivotril, las dos pastas de Risperidona y una capsula de Venlafaxina, formuladas por el doctor, de las cuales solo una reconozco; la primera, y eso porque en mis épocas de locura recuerdo a conocidos, que no en gotas, pero si en pepas mezclaban en una botella de licor.

Sé que por lo menos una es una droga que en una dosis elevada, es capaz de tumbar un caballo, las otras solo recuerdo al psiquiatra decir que; una “era para el ánimo” y la otra ni idea, pero con la esperanza que empiece a mejorar, se las empiezo a dar.

“¿Por qué tanta pasta y para qué son esas gotas?” pregunta desconfiadamente Felipe, le respondo; mi hermano ayer usted habló con un psiquiatra, estos son los medicamentos que él le mando, tómeselos que yo no quiero nada malo para usted. Y como si fuera un niño de cinco años me dice; “bueno”. Tomando primero la cuchara con las ocho gotas, luego las dos pepas y por último la capsula roja de Venlafaxina, no sin antes repetir “pero ¿porque tanta pasta?”.

Nos quedamos en un mutismo absoluto, sin saber qué tema de conversación exponerle para no perturbarlo, lo único que se me viene a la mente es; preguntarle por las amistades del pasado, “ole y ¿qué más de Andrés Trivin?, yo no volví a saber de ese man”, inmediatamente me doy cuenta que fue un completo error hacer esa pregunta; ahí, recostado en la cama su rostro comienza a mostrar signos de angustia y vuelve la mirada de recelo y me dice entre labios, casi sin poder entenderle “¿por qué me pregunta por él?”.

Le respondo rápidamente y un poco acelerado; porque me caía bien y hace mucho no se de él, descanse mejor hermano que lo noto muy cansado, y salgo de la habitación, sabiendo que esa dosis de medicamentos pronto lo tendrán derribado como cualquier rival que se enfrentara en sus años mozos a Mike Tyson.

Con el aislamiento por el Covid y el estado de Felipe, la rutina que siempre será un estado inapetente del ser humano cobra otra característica más; la ansiedad, por saber si mi primo saldrá de esta situación, si quedará marcado para siempre o sí simplemente volverá a ser el ingeniero activo y brillante que fuera antes.

Pasando los días su estado de ánimo comienza a mejorar, su rostro, aunque un poco descuidado por la barba, dibuja una imagen más familiar, por un momento, en un diálogo con él siento que su coherencia ha vuelto por completo, pero esta falsa ilusión se desvanece cuando me asegura que a él le hablaban a través de la televisión y le llegaban mensajes de personas extrañas a su celular.

Le pregunto si aún le hablan por medio de estos aparatos, y me responde que no, pero me asegura “yo no estoy loco, yo los escuchaba”, sé que sus alucinaciones están suspendidas por el medicamento y que muy posiblemente en el momento que deje de ingerirlos, “ellos” como llama a esta falsa realidad creada en su cabeza, volverán a perturbarlo.

Por momentos entre mi pequeño hijo Jacobo de casi dos años y la mascota de mi hija; Cora, una perra Boston Terrier que curiosamente desde que llego Felipe no se le despega, son los únicos que logran sacarle una sonrisa y le hacen olvidar todas sus preocupaciones y problemas, que unidos a este encierro que nos afecta a todos, lo llevaron al estado en el que está.

Soy un hombre de fe, y confío en que cada oración que se ha hecho por toda la familia tiene mucho que ver con su mejoramiento, aunado obviamente a la parte científica que no en vano el mismo Dios en su misericordia otorgo este conocimiento. Sabemos que su recuperación será un proceso que requerirá paciencia, pero como se lo dije en su momento y se lo sigo repitiendo “Tranquilo hermano que de esta salimos”.

Por: Jorge Infante
Comunicador Social
Universidad Uniminuto, Ibagué.

*Si tienes textos, crónicas o notas literarias sobre esta pandemia puedes enviarlos al correo alexcorrearcn@hotmail.com, y los publicaremos en nuestro medio.

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