Del otro lado del Jardín

Imágenes de referencia.

Así se titula el libro del poeta colombiano Carlos Framb, que hace parte del conjunto de últimas obras leídas en el año en curso. Un bello relato, que describe la muerte asistida de su señora madre, Luzmila, quien padecía de varios quebrantos de salud, que le impedían disfrutar de una vida digna.

La señora, con sus 84 años vividos, sufría una ceguera casi total, dolores continuos, y una angustia permanente e insoportable. Es lógico, pensar que sus males irreversibles (según diagnóstico profesional) la sumían en una depresión que le impedía disfrutar la vida pese a su profunda convicción religiosa. De ahí, nace la decisión junto a su amado hijo Carlos, de considerar la eutanasia como salvación.

¿Quiénes somos nosotros para juzgar las decisiones más profundas del corazón?

Luego de haber sufrido la pérdida y de seguir lamentando la muerte de un entrañable amigo, se hace más profundo el análisis del tema del suicidio. Esto va más allá de los comentarios superficiales y llenos de ignorancia, que solo evidencian el profundo desconocimiento del funcionamiento de nuestro cerebro. Dice sobre el tema, un aparte del buen libro: Verónica decide morir, de Paulo Coelho: «Solo uno sabe la dimensión de su propio sufrimiento o de la ausencia total de sentido de su vida«.

Amar la vida desde la salud, o la prosperidad es una lógica inequívoca. El mismo Job, personaje bíblico quien gozaba de una vida plena, le pedía a Yahvé, su muerte, tras vivir varias desavenencias. Entre ellas: perder a sus hijos y sufrir una terrible enfermedad. Aún este siervo de Dios, anhelando su muerte: ¿dudaría alguien de su profunda espiritualidad? Hasta su esposa Sitis, le increpaba en la cara que maldijera a Dios y se muriera, y este la reprobó. He ahí lo difícil que es ponerse en los zapatos del otro. La mayoría del prójimo no cuenta con la capacidad de la empatía y menos en épocas tan egocéntricas.

Padecer un trastorno de depresión y de ansiedad severa, es algo muy delicado y de diagnóstico profesional. Desde mi experiencia, sé lo difícil que es sobrellevar un bajonazo de serotonina, y que los neurotransmisores del cerebro no estén funcionando de manera adecuada. No se debe confundir esto con episodios comunes de estrés o tristeza que hacen parte de la mecánica de la vida. Hablamos de trastornos que deben ser confirmados por un psiquiatra y por psicología clínica. Obviamente, luego de agotar todos los exámenes físicos pertinentes.

Aquí ya no vale la valeriana, ni el agüita de clavel blanco. Es otro cuento que exige medicación y terapia. No tiene que ver con si se cree en Dios o se es agnóstico ¿Acaso los discípulos de Jesús no sufrieron tribulaciones y fueron perseguidos y debido a esto veían la muerte como ganancia? Si la razón de la vida fuera sufrir: ¿de qué vale la esperanza de una mejor vida sin sufrimiento, sin enfermedad y sin adversidades en cuya promesa se estructura toda la base del cristianismo?

Decenas de métodos ayudan en esta lucha para prevenir las enfermedades mentales. Una sana alimentación, dormir bien, el ejercicio moderado, evitar el estrés, la meditación, la espiritualidad. Sin embargo, nada de eso puede cambiar la realidad de la existencia y es que todos enfermamos y en algún momento moriremos. Decimos ser espirituales, pero le tenemos un miedo absurdo a la muerte como si esta no hiciera parte fundamental de la vida. Lo que nace muere, lo que vive envejece. Decimos creer en Dios, pero no le creemos a él. Esa es una verdad de Perogrullo. Vivimos por la vanidad del mundo y hacemos un Dios a la medida de nuestro ego.

Lo cierto amigos lectores, es que nuestra vida es corta y frágil. Debemos aferrarnos a una esperanza, a un motivo, a una misión; a nuestra fe, para buscarle sentido a la misma. Es muy común hoy en día encontrar a cientos de personas llevando una doble vida La primera, lo más de hermosa y envidiable en las redes sociales en donde se muestran: logros profesionales, paseos, bienes materiales, fiestas, comidas y diversión. Otra que es la real, y satura cada vez más a los sistemas de salud y a las iglesias en busca de ayuda psiquiátrica y espiritual. Es claro que nadie puede ser feliz sin paz en su corazón y eso no se logra solamente con la plenitud de la materia.

Los apóstoles de Jesús, inmolaron su vida esperando una recompensa futura. Los vikingos se sacrificaban cuando estaban viejos y sentían que debían morir con honor. Muchas culturas en el mundo, buscan un buen morir, cuando es imposible ya un buen vivir. Los griegos filosofaron sobre estos temas decenas de años. El propio Elías, profeta de Dios, divagó toda su vida, y tuvo sus propias luchas internas. El escritor brasilero Paulo Coelho, en su libro La quinta montaña, nos da luces de todos los sufrimientos que padeció este siervo de Dios y cuántas veces se pudo encontrar bajo desequilibrios emocionantes.

A los creyentes les digo que es a Dios, a quién debemos dar las gracias infinitas, por darnos las fuerza de soportar las pruebas de la vida. A los agnósticos, o incrédulos, les ofrezco mi respeto y admiración, porque también viven sus propias luchas internas. No obstante, no nos corresponde juzgar o calificar las decisiones del prójimo. El libro de Eclesiastés, nos insta a aceptar los tiempos de la existencia: tanto el de reír, como el de llorar. Nadie se salva de las tribulaciones, por mucho que uno se crea ser. La debilidad del hombre y el miedo a lo desconocido nos hace humanos, y lo humano es finito. De las aflicciones no se salvó ni el rey David ni su hijo, el sabio Salomón.

También, debemos pedirle a Dios la fuerza para albergar la esperanza de un mejor futuro y de un reencuentro con nuestros seres queridos que ya se han ido. Incluso, orar para que nos otorgue el buen juicio para saber cuándo tenemos que dejar partir y cuándo nos tocará aprender a decir: «hasta pronto». Eso obviamente, si la muerte no se asoma intempestivamente. ¿Quién lo sabe? ¿Quién tiene el control? Somos hierba del campo que llega y desaparece.

Colofón

Es inverosímil, que en esta coyuntura pandémica en donde se han disparado y agudizado las enfermedades mentales, se esté pensando presuntamente, en cerrar la unidad mental del hospital Federico Lleras Acosta de Ibagué. Parece absurdo pensar que en pleno siglo XXI, no se le dé la prelación y la importancia a este tema. ¿Acaso no es suficiente ver los índices de suicidio que crecen día a día en la capital del Tolima?

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy

Comunicador Social
Esp. en Educación Cultura y Política y Docencia Universitaria.

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