Luis Carlos Rojas Garcia

Después de la muerte

La familia de Wilfredo quedó atónita mientras leían la escabrosa nota que les dejó en su lecho de muerte:

—Han pasado cincuenta y nueve largos años desde la muerte de mi Margarita. Mi amada esposa quien me prometiera que me amaría después de la muerte. Por eso, ante la imposibilidad de encontrar a alguien que me ayudara a acabar con mi espera: ¡He tomado la decisión de adelantar mi viaje! Por mí no se preocupen que yo me las arreglo allá arriba.

La familia, creyentes todos ellos y respetuosos de los mandamientos de Dios, intentaron todo lo que estuvo a su alcance para lograr el perdón de Wilfredo, pero, no fue posible que lo enterraran en campo santo:

—¡Lo que más lamento es que haya manchado sus antecedentes de esa manera!

Les decía con soberbia el párroco de la iglesia a la que fielmente asistían.

¡Dudo mucho que lo vayan a recibir con los brazos abiertos después de haber hecho semejante despropósito!

A este dolor en la familia se suman el hecho de que Wilfredo se hubiese negado la oportunidad de rehacer su vida, de viajar, de conocer nuevas tierras, nuevos mundos. Lo que era peor, había tenido las mil y una oportunidades que hacerlo. Para rematar, se le habían presentado las mujeres más bellas que cualquier hombre hubiese querido tener, incluso, le hicieron maravillosas invitaciones a lugares que muchos quisieran visitar, pero él se negaba rotundamente porque le había jurado a su difunta mujer serle fiel y guardar un luto eterno hasta el día en que se volvieran a encontrar en el más allá.

Ocurrió entonces, y aunque ustedes no lo crean, que Wilfredo llegó a las puertas del cielo. Grande fue su sorpresa al darse cuenta que todo era como se lo habían contado los libros, las novelas, el cine, los poemas. Desde los ángeles y querubines, hasta las trompetas, las fragancias maravillosas y las personas vestidas con sus vestidos blancos y sus coronas celestiales. Al menos así era en esa enorme recepción.

Sin embargo, y tal como lo temía la familia, una vez llegó a lo que se asemejaba a una oficina de migración terrenal, fue detenido por un enorme y bonachón ángel quién le pidió algo así como su pasaporte celestial.

Luego, por increíble que parezca, el hombre miró en algo que se parecía mucho a un computador y una base de datos y, en efecto, descubrió que Wilfredo traía antecedentes. Lo miró con el ceño fruncido y le pidió que siguiera a una sala. Una vez allí fue interrogado por un par de arcángeles que jugaban al policía bueno y al policía malo.

Después de un buen rato, concluyeron que Wilfredo tenía que ir al purgatorio de manera indefinida. Wilfredo aceptó con resignación; no obstante, intentó preguntar por su mujer, pero nadie le dio razón de la misma.

No me voy a detener a contarles todo lo que tuvo que ver y vivir en el purgatorio, creo que, si ustedes ya tienen una imagen del cielo, también la tienen del purgatorio. Concluiré diciendo que pasó una eternidad de suplicios, soportando de todo, desde castigos, hasta tentaciones extremadamente deliciosas y diabólicas, pero, nada pudo corromperlo.

Los demonios estaban asombrados, no podían creer que hubiese ni en la tierra, ni en el infierno y mucho menos en el cielo, un hombre tal fiel y consagrado a una mujer como Wilfredo.

Lo cierto es que un día, y cuando menos lo esperaba, llegó una notificación del cielo en donde le daban la bienvenida al paraíso. Todos los demonios, hombres y mujeres, se reunieron y le hicieron una despedida encantadora, estaban admirados de la tenacidad de Wilfredo.

Por supuesto, fue una despedida sencilla, nada de excesos porque aprendieron a conocer a aquel hombre que se negaba a todas las perversiones que se le pudieran ofrecer. Así que le hicieron una calle de honor y entre aplausos y chiflidos de alegría le dijeron adiós.

Eso sí, antes de que cruzara la puerta, un pequeño demonio enano se le acercó y le dijo:

—Wilfredo ¡Amigo mío! Ten en cuenta que el paraíso no es lo que la gente cree que es y mi estimado, mi abuela decía que el tiempo perdido los santos lo lloran, así que si se aburre por aquí lo esperamos de nuevo.

No faltó el demonio que le diera un coscorrón al lenguaraz enano, como tratando de impedir que continuara poniendo en sobre aviso sobre algo que, definitivamente, todos en el lugar sabían. Wilfredo se quedó mirando al enano y de repente, esas palabras con voz chillona, comenzaron a abrirle un hueco en el pensamiento; tanto así que durante el recorrido no dejó de pensar en el significado de las mismas.

Una vez en el cielo y habiendo pasado todos los filtros, fue hasta una oficina de información dispuesto a averiguar por su amada. El ángel en forma de mujer que allí atendía se tardó bastante tiempo para dar con el paradero de la mujer de Wilfredo, tanto, que el hombre llegó a sentir que la espera era más larga que en el mismísimo purgatorio.

Por fin, Wilfredo recibió la dirección exacta en donde vivía su amada Margarita quien, para sorpresa del mismo, ya no tenía su apellido de casada. Wilfredo tomó una especie de transporte público conducido por un arcángel muy hablador; durante el recorrido las palabras del demonio enano se hicieron mucho más fuertes: “El tiempo perdido los santos lo lloran”.

Cuando por fin llegaron al lugar, Wilfredo se dio cuenta que el enano tenía razón. Una vez cruzada la recepción del paraíso todo era igual que en la tierra, casas, gente, carros, todo, niños, mascotas, caos, gritos, ruidos, todo.

Wilfredo bajó del vehículo y se encontró frente a una enorme mansión. Caminó a paso lento porque su cuerpo y su apariencia era la misma que tenía antes de quitarse la vida. Llegó hasta la puerta de la gigantesca casa y con mano temblorosa tocó el timbre. Su sorpresa no pudo ser mayor cuando la persona que le abrió la puerta era nada más y nada menos que su Margarita.

La mujer lo miró extrañada, le interrogó con la mirada y con un gesto cómo preguntando sin hablar, la razón que lo traía hasta su puerta y al ver que este no respondía le clavó los ojos como tratando de descubrir de quién se trataba.

Wilfredo estaba frío y confundido, Margarita estaba radiante, joven, como cuando murió; sin embargo, estaba más voluptuosa que cuando estaba viva, tenía unos senos enormes, una cintura de ensueño, parecía que se había operado los labios y el cabello, el cabello era de un rojo intenso como lo usan las mujeres modernas, nada que ver con la Margarita recatada y temerosa de antaño.

De repente, un hombre guapo y buen mozo la tomó por la cintura, le dio un beso algo lujurioso y mirando a Wilfredo le dijo:

—Lo siento anciano, hoy no damos limosnas.

Los dos se echaron a reír y cerraron la puerta. Wilfredo los observó por la ventana y sintió unas ganas enormes de volverse a morir al contemplar el derroche de pasión desenfrenada que se daban los dueños de casa.

Una lluvia ennegrecida cubrió el cielo celestial. Los perros ladraron y los truenos, que se escuchaban mucho más fuertes que en la tierra, desparpajaron a unos y otros. Wilfredo, empapado hasta más no poder, dio media vuelva y caminó sin rumbo por las caóticas e inundadas calles del paraíso.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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