Luis Carlos Rojas Garcia

El chalet

Naima llegó antes de la hora a una unidad de niños con necesidades especiales conocida como El Chalet. Días antes había aplicado para una oferta de empleo como Asistente en limpieza y desinfección para una entidad gubernamental y fue aceptada. Le pareció curioso que no le solicitasen ningún tipo de documento, pero, su necesidad era grande, así que aceptó el trabajo. Recibió unos documentos por correo, los firmó y los regresó lo más rápido que pudo.

Por tal razón, llegó temprano, además de ser su primer día, detestaba llegar sobre el tiempo y mucho menos tarde a sus empleos. Algo que, según ella, había aprendido en su país de origen y que prefería seguir conservando.

Naima descendió del autobús sin advertir nada de lo que ocurría adentro. Caminó hasta la recepción en donde una mujer le indicó el camino a seguir, haciéndole una seña con la mano para que se guiara por una alfombra de líneas naranjas que adornaba el suelo que iba desde la entrada hasta el final de un largo pasillo. Todo en aquel lugar era hermoso y Naima no podía creer lo afortunada que era al poder trabajar en un sitio así.

Caminó lentamente por el infinito pasillo de colores pasteles, incluso, las líneas de aquella alfombra, daban la impresión de estar caminando sobre el mismísimo piso del paraíso.

Naima se maravilló con los cuadros de niños sonrientes, vio dentro de las oficinas que estaban al lado y lado del pasillo, a familias y sus asesores con vestimentas pulcras y sonrisas brillantes como el sol. Ni hablar de los cabellos de oro de esos niños que eran verdaderos ángeles y qué decir del olor que pululaba por todos los rincones del lugar.

¡Oh sí! El olor era realmente adictivo, un verdadero viaje a las exquisiteces mortales, de esas que muy pocos tienen la oportunidad de saborear.

No supo en qué momento terminó su viaje. Al final del pasillo un hombre la esperaba. Naima lo saludó con un acento francés casi nativo:

Bonjour Monsieur! Je suis…

No pudo terminar la frase porque el hombre, de apariencia desgarbada y lúgubre, le hizo una seña para que guardara silencio y lo siguiera. Detrás de aquel hombre había una puerta, la puerta más hermosa y fina que nunca antes los ojos de Naima presenciaran. El hombre sacó una llave antigua y puso directamente en el ojo de la cerradura de la puerta.

No había terminado de abrirla, cuando un aíre putrefacto golpeó a Naima directamente en el rostro y se incrustó en sus fosas nasales para después bajar con violencia a su estómago y revolverse ahí como una alimaña que intenta salir a toda costa de algún cuerpo.

Naima sintió que las nauseas se apoderaban de ella y tuvo que aguantar para no regurgitar el café y la dona que había comido antes de llegar. Al cruzar el umbral, la puerta se cerró con tanta violencia que sintió que su alma se desprendía de su cuerpo.

Las luces titilaban sobre su cabeza y le dejaban ver con algo de dificultad el largo pasillo, mucho más largo que el anterior y para completar su desdicha, abrumador y espantoso. De aquel paraíso que había presenciado apenas unos instantes no quedaba nada. El piso que pisaban sus pies era de cemento y los muros de ladrillos estaban corroídos por la suciedad y el mal olor.

Naima intentó hablar con el hombre, pero este le hizo una nueva seña para que no hablara y agilizara el paso. No tuvo más remedio que obedecer. A media que fue entrando al lugar, se comenzó a sentir extraña, como si ya hubiese estado en esa horrible pesadilla, pero, asumió que de eso se trataba, de un lugar de esos que solemos ver en sueños y que luego asociamos con algún lugar de la vida real.

Después de recorrer quince largos y eternos minutos a aquel pasillo, llegaron a un viejo ascensor. El hombre presionó un botón y le hizo una nueva señal, está vez con rabia, para que entrara.

El ascensor los llevó seis pisos abajo. Naima comenzó a sentir que el aire le faltaba; no soportaba la idea de tener que trabajar bajo tierra. Una vez la puerta del viejo aparato de carga se abrió, los gritos endemoniados de un niño abrazaron a Naima con una fuerza antinatural. El niño la miró directamente a los ojos y con una sonrisa diabólica se dirigió a ella gritando:

—¿De vuelta al infierno Naima? Te estábamos esperando. La buena hija siempre vuelve a casa.

Cinco hombres y una mujer sujetaban al pequeño, uno de ellos tenía una sotana puesta y lanzaba una arenga contra el niño mientras lo bañaba con lo que Naima intuyó era agua bendita:

—Caeli Deus, Deus terrae, Humiliter majestati gloriae tuae supplicamus. Ut ab omni infernalium spirituum potestate. Laqueo, and deceptione nequitia, Omnis fallaciae, libera nos, dominates (…)

La cabeza de Naima comenzó a dar vueltas. Dio media vuelta y su terror no pudo ser más grande al darse cuenta que el ascensor ya no estaba detrás de ella. Antes de que pudiera dar un paso más el hombre que le acompañaba la tomó violentamente del brazo, le sonrió con malicia y le mostró el documento ella había firmado.

En medio de su confusión Naima rodó por el suelo y se arrastró hasta un rincón del espantoso lugar y una vez allí, pudo darse cuenta que era un salón enorme lleno de celdas en donde había todo tipo de niños, niñas y adolescentes, pero, no de cualquier tipo. Eran seres oscuros que gritaban y blasfemaban, chillaban y se retorcían de dolor.

Naima se agarró la cabeza y comenzó a gritar con desespero que la dejaran salir de ahí. El hombre se acercó y le mostró el documento una vez más. Naima lo tomó en sus manos y pudo darse cuenta que era su expediente. Entonces, lo recordó, lo recordó todo. El hombre la miró con una mueca en sus labios; luego, abrió su nauseabunda boca y dijo:

—Tenías dos días de permiso y te quedaste seis largos años por fuera Naima. Entenderás que eso se paga caro en el Chalet. Así que te recomiendo que cooperes o será peor para ti.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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