Graduado

El graduado

Luis Carlos Rojas García
Luis Carlos Rojas García

Muchos años después de su graduación universitaria, el graduado recibió una invitación a un conversatorio en el lugar que lo vio cursar su carrera y posteriormente una especialización, maestría o algo así. Por un instante, el graduado intentó recordar aquellos días en donde la cátedra le profesaba que, sin lugar a dudas, lograría cambiar al mundo.

—¡Qué arrogante y narcisista resultó ser todo aquello! —Pensó, mientras daba otra mirada a la invitación digital. Luego se quedó pensando y le pareció algo paradójico que, después de casi diez años de haber terminado sus estudios, ahora resultaba que la voz de los graduados y sus ideas eran importantes para ese lugar.

Recordó además que esa era una técnica muy utilizada por parte de cientos de instituciones educativas, desde hacía ya mucho tiempo, para demostrar una suerte de seguimiento a sus graduados y así poder sacar pecho ante ciertas formalidades de esas que suelen atiborrar el sistema educativo de su país de origen.

Tal vez por eso no dudó en preguntarse a qué venía todo eso. Para aquel momento, el graduado se encontraba a cientos de kilómetros de distancia de su país. Él, como muchos otros graduados, había tenido que partir. Él, al igual que muchos otros graduados, había abandonado su profesión, su vida, su carrera y no había sido precisamente por cobardía, no; sencillamente, vivía en un país en donde cientos de graduados, como él, sin importar sus capacidades, se veían y se ven en la penosa necesidad de emigrar a otros lugares del mundo para buscar “mejores oportunidades” que llaman.

Entonces, el graduado sintió algo de indignación, como si el mundo le diera vueltas. Fue presa de un malestar emocional ¡De puta madre! Como lo dirían en España. Así que decidió salir a la calle para tomar un poco de aíre. Fue así como advirtió que en ese lugar en donde se encontraba viviendo, a los jóvenes desde los dieciséis años se les daban oportunidades laborales durante los periodos de vacaciones.

Dicho en otras palabras, los jóvenes de ese país en donde el graduado se encontraba, con tan solo dieciséis años, ganaban un salario mucho más alto que el de cualquier graduado en su país. Y no era una exageración. Además, adquirían experiencia laboral, y eso mis queridos amigos, vale más que cualquier otra cosa.

Adicional a lo anterior, la educación era relativamente económica y, como si fuese poco, los beneficios gubernamentales para las personas que quisieran estudiar eran enormes. Por supuesto, no era su intención comparar, pero, recordó que gran parte del dinero de la educación de su país era utilizado como caja menor de los corruptos de siempre y así no hay ayudas que alcancen, ni educación de calidad, ni nada.

¡Vaya chascarrillo del destino! ¿Qué podría decir el graduado en una reunión como esta? Recordó entonces la frase inmortal del escritor adaptada a su situación:

Asistir a la reunión o no asistir ¡He ahí la cuestión!

¿Qué encontraría en ese lugar de hacerlo? A uno que otro conocido, a un montón de personas hablando sobre cosas irreales que posteriormente quedarían consignadas en un papel para mostrar una maravillosa e inclusive gestión ante algún ente encargado de revisar esas cosas o, por el contrario, llegarían a la conclusión de que a través de esa reunión: ¡Salvarían al mundo! No lo sabía.

El graduado caminó lentamente por las calurosas calles de aquel lugar. Casi, casi se sintió como el coronel que no tenía quién le escribiera al dar pasos lentos, como si se tratase de un anciano, con las manos atrás de la espalda, sintiendo el inclemente sol del verano que anunciaba un invierno frío y solitario.

Entró a su edificio, abrió la puerta de su departamento, fue hasta la sala y miró la pantalla de su ordenador aún con la invitación a la reunión latente y con un comentario que le invitaba fervorosamente a participar.

Fue hasta la nevera, puso un par de hielos en un vaso, destapó una botella de whisky, se sentó frente a la ventana en su sillón reclinable de no sé cuántos dólares, le dio play a la Chanson de l’adieu de Chopin y bebió.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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