Luis Carlos Rojas Garcia

La cosa

En alguna parte leí que las historias de terror o de miedo son más tenebrosas cuando hacen referencia a casas embrujadas, niños poseídos o familias que son atacadas por espectros o cualquier ente diabólico.

Ahora comprendo que quien escribió esto tenía razón puesto que, en teoría, dentro de una casa los seres humanos buscamos nuestro refugio, buscamos sentirnos seguros, y, sobre todo, buscamos que los nuestros estén seguros.

Por esta razón, cuando imaginamos que alguien o algo extraño entra a nuestra casa, comenzamos a sentir que la sangre se nos congela, que la piel se eriza y hasta llegamos a experimentar unas espantosas ganas de llorar.

Tal vez por eso, sentí lo que sentí la noche que vi a la cosa por primera vez… agachada al lado del arbolito de navidad, haciendo esos ruidos raros. No les puedo decir con exactitud cómo era su aspecto o su género, en realidad, dudo mucho que tuviese alguno.

Al principio pensé que se trataba de alguna ilusión provocada por mi cansancio del día o incluso por las mismas luces del árbol de navidad; no le dije nada a mi esposa y muchos menos a Tommy y José, nuestros niños. No quería alarmarlos.

Pero, con la segunda aparición la situación se tornó más oscura. Sí, salía yo de la ducha, después de una extensa jornada laboral, el reloj marcaba las once y treinta de la noche, los niños y mi esposa dormían.

Me dirigí a la cocina dispuesto a beber un vaso de leche; entonces, lo escuché, era el mismo ronroneo de la última vez. Ni siquiera pude darle un sorbo al vaso, mis manos comenzaron a temblar, sentí que un frío espantoso subía a través de mis piernas, mi corazón palpitaba tan fuerte que hasta creí que se me iba a salir del pecho.

Para ese momento, el ronroneo se había convertido en una risilla susurrante y macabra que me advertía que lo que estaba en la sala no era un animal.

Saqué fuerzas de donde no las tenía, tomé uno de los cuchillos del escaparate de la cocina y luego caminé con sigilo hacia el arbolito de navidad; fue ahí donde vi a la cosa, estaba de espaldas, podía ver su espinazo, tenía una cola larga, era de color oscuro, con una pequeña capa de piel que cubría su cuerpo desnudo.

Casi puedo decir que era como estar viendo un gato, pero en forma de hombre, un poco más reptiliano. Como sea, la cosa escarbaba entre las ramas del árbol de navidad como buscando algo y mientras lo hacía, emitía ese espantoso chillido que era como una risa siniestra, como un susurro que se mete dentro de los oídos y te hace recrear todo tipo de horrores.

Yo estaba completamente paralizado, quería gritar, quería abalanzarme sobre el esperpento, pero las fuerzas de hombre me habían abandonado.

La cosa se detuvo y lentamente giró su cabeza y clavó sus horribles ojos en los míos. Cuando desperté, mi esposa me estaba poniendo paños de agua fría; suspiró profundo, me abrazó y luego me contó que llevaba tres días en un profundo sueño. No supe qué decirle porque realmente en ese instante no me acordaba de lo que había sucedido.

Entonces pensé que todo había sido un mal sueño. No obstante, tres noches después de haber despertado de mi letargo, me volví a encontrar con esa cosa, pero, esta vez me abalancé sobre ella y la golpeé tan fuerte como podía, la cosa pegó un chillido salido del mismo infierno y corrió a esconderse a nuestra habitación; tomé la varilla que estaba al lado de la chimenea, entré a la habitación e inmediatamente me di cuenta que la cosa no estaba sola, habían dos alimañas más igual de espantosas y aterradoras atrincheradas con la cosa más grande, chillando, gritando y gruñendo.

Una de ellas, la más grande, se abalanzó sobre mí y con sus garras y dientes intento arrebatarme la varilla, pero, yo fui más rápido y haciendo un movimiento casi sobre humano me le trepé encima y no paré de golpearla hasta cuando me di cuenta que ya no respiraba.

Luego, acabé con las otras dos y… y… no recuerdo nada más. De hecho, no sé qué hago aquí, quiero ver a mi familia. Quiero saber que están bien. No sé si se despertaron esa noche con todo ese ruido que hacían esos monstruos.

No sé por qué ustedes me están interrogando, yo solo hice lo que tenía que hacer: ¡Defendí mi hogar y a los míos!

—Así que… Monsieur Leonardo: ¿Usted pretende que nosotros le creamos que asesinó a su esposa y a sus dos hijos porque los confundió con tres alimañas salidas del infierno?

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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