Las dos Antioquias: el instinto imitativo

El adolescente Alan Andrés Garzón custodiado en su protesta pacífica y el uribista Luis Emilio Arboleda Arenas celebrando (Imágenes del portal Pulzo.com)

De antemano, tener ascendencia de ese departamento o contar con numerosos amigos allí nacidos (la mayoría músicos de calle en Ibagué, como el “negro” Jaime o el hedonista Rodrigo, ambos ya idos), permite una mirada si se quiere más cercana aunque subjetiva, como todo lo que atañe al carácter social de un grupo o región.

Dicho esto, lo recientemente sucedido en dos marchas y trascendido periodísticamente a todo el país, frente a hechos de matoneo social (sencillamente discriminación, sancionada por el Código Penal) donde los protagonistas, el adolescente modelo Alan Andrés Garzón y el adepto uribista Luis Emilio Arboleda Arenas (hasta ahora ninguno declaradamente gay) nos invitan, a su modo, a imitar su antioqueñidad (condición instintiva como especie animal que somos), mediante la poderosa arma que es la comunicación virtual.

Empecemos con el instinto a imitar de Alan: el pasado 20 de enero, durante la propagada “marcha contra el terrorismo” – que no del orgullo fascista – el joven modelo en solitario vistió pacíficamente, sin agredir ni apuñalar banderas, su contundente camiseta de oposición a la guerra.

Lo que siguió fue el matoneo y amenazas contra el adolescente, pero también la impactante huella mediática de su mensaje: no al fascismo tan propicio a muchos de sus paisanos.

Del instinto a imitar del adepto Arboleda Arenas, tras la multitudinaria marcha del  orgullo gay, su violenta descolgada y apuñalada de la bandera LGTBIQ que fuera izada por la misma Alcaldía de Medellín en el pabellón del sitio publico conocido como pueblito paisa.

Lo que siguió: la imagen de la fraterna sonrisa cómplice de sus capturadores anunciándole su no captura, pese a infringir en flagrancia varios delitos castigados por el Código Penal, a saber: Daño en bien ajeno agravado sobre uso de bien público con bienes del Estado (artículo 265, numeral 4 del artículo 266 y numeral 2 del artículo 267) y  Acto de discriminación por orientación sexual y Hostigamiento por sexo u orientación sexual agravada por darse en sitio Publico (artículos 134 A, 134 B y numeral 1 del artículo 134 C).

No obstante las dos Antioquias que representan a estos actos ciudadanos nacidos en ese departamento, el uno legal y humanista y el otro ilegal y fascista, para este Ibagué y Tolima donde muchos de sus gobernantes de hoy y de antaño han sido proclives a imitar lo que no es nuestro y que en cambio deberían ejercer actos autónomos de gobierno regional y raizal, es hacia al instinto de Alan el que nos incumbe como región contada y recontada en sus tantas violencias desde el siglo XIX hasta hoy.

Son muchos y variopintos los, las y les antioqueños que han arribado a este Tolima, como tolimenses que han poblado media Colombia, desde esa misma época.

Desde cultos, honestos, intelectuales, artesanos, comerciantes, carpinteros, zapateros, sastres, modistas, músicos, docentes y agricultores antioqueños hasta ese ghetto transculturizado que ha dado en llamarse a sí mismos como “los paisas” (Y solo uso el articulo plural masculino, porque la misoginia y la homofobia del ghetto no permite las y les).

De los primeros, quizá su mejor representación de la antioqueñidad en el Tolima ha sido el poeta Emilio Rico (Amalfi 1906 – Ibagué 1990), “Gracias Ibagué por hacerte mía, ya que madre no tenía” dicen que solía recitar en un pequeño café de la calle 17 entre carreras 2ª y 3ª, hacia mediados del siglo pasado.

De los segundos, muchos, pero quizá el más representativo sea un exalcalde de Ibagué que se dijo así mismo, con  la plata de los impuestos de todos, ser el mejor del mundo.

Por eso el gesto pacífico y el impactante mensaje anti guerrerista del modelo y su camiseta, en medio de la marcha de enero signada por el odio y el hambre de guerra con los hijos ajenos, debería ser la impronta en Ibagué y el Tolima de quienes admiran la antioqueñidad y solo a veces, sin cuestionarse, se dejan embrujar por la caricatura social de esta.

Los dos instintos imitativos (Imágenes tomadas de Instagram alan-sparkies y portal Pulzo.com)

Por el contrario, lo ocurrido hace un par de días tras la nutrida marcha de amor a la vida y respeto a la diferencia, en Medellín e Ibagué, debería avergonzar a cualquier Tolima con recónditos apegos a descolgar y apuñalar banderas, cualquiera que estas sean.

No es lo nuestro, como no lo es la imitación que nos han intentado decretar algunos pésimos gobernadores y exalcaldes del Tolima y sus municipios.

Por el contrario históricamente lo nuestro (y me incluyo así no sea Ibaguereño y Tolimense raizal), es la contemplación, la modorra, la vida muelle de quien espera algo más de la existencia, que el poder que da el dinero y sus guerras.

Y es en los placeres sensuales (muelle) que ninguno de los, las y les actuales candidatos de la Ibagué y el Tolima jamás nos invitaran a imitar en su ditirambo electorero, como si lo hizo hace medio siglo el poeta antioqueño Emilio Rico y hoy lo hace su paisano el modelo Alan Garzón.

Más bien continua – así se perciben en sus presentaciones reales y virtuales – hacer de la Ibagué y el Tolima la segunda estancia del ghetto que a veces nos hace olvidar que en Antioquia como en el Tolima, perviven millones de honestos, contempladores, soñadores y pacíficos ciudadanos/as/es.

En el Tolima y la Ibagué nos hartamos del amor a la guerra, por ello en octubre próximo hay que diferenciar en quien imita a quien a la hora de decidir el voto.

Ya es hora de des-imitar la descolgada y apuñalada de banderas que las poderosas familias y hermanazgos electo-empresariales dizque tolimenses nos insisten en decretarnos reincidentemente desde los 80.

PD: ¿A qué se debe la sonrisa de las capturadores del apuñalador de banderas? ¿A su homofobia compartida? ¿A su exultante admiración ante su Hombre ideal?

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, Ingeniero agrónomo, propietario dela ex Tienda Cultural La Guacharaca.    

Deja un comentario