Las manos

Imagen de referencia.

Serie de textos literarios y periodísticos para reflexionar en esta cuarentena.

Manos de alguien. En lo profundo de mi alma nace la estrofa de una historia, como si alguien la hubiera acomodado allí, una sensación que, sin entenderla, me agradaba sentir. La armonía de la mañana, mis palabras al cielo, el gusto de pensar en la niña de mis ojos… Todo esto parece perfectamente combinado, ensalzado, perfectamente servido y, la verdad, hace mucho que no despertaba así de feliz. La cuarentena, sin duda, me ha hecho más sensible a sentir, a escuchar, a pensar; me ha hecho menos parlanchín, me ha enseñado a través de las muchas melodías escuchadas, de los discursos oídos y del único libro que ha llamado mi atención, a ser diferente, a ver lo maravilloso que es un cielo azulado o lo agradable que es un día lluvioso; he aprendido a ver la belleza en la sencillez de un desayuno servido a las 11 de la mañana, lo interesante de almorzar a las cuatro de la tarde, o la felicidad que trae jugar tenis en la improvisada cancha que está en el parqueadero de la casa. Últimamente, en lo simple y menos rutinario, aparecen grandes experiencias y grandes enseñanzas.

Recuerdo hace poco menos de dos meses una ciudad concurrida, congestionada, veloz; una sociedad que no paraba de ningún modo posible. Rutinas más que aprehendidas, trabajos con instrucciones iguales, horarios que pasan tan rápido como una estrella fugaz si se puede comparar; pareciera que hasta la naturaleza se acomoda al afán del mundo. Nadie despertaba tranquilo, los deberes estaban primero antes que el amor, que el cariño o la paciencia. No se esperaban crisis, aun así seguíamos preocupados por la economía, la política, el deporte y, tal vez, si había un poco de tiempo, por la salud. Es claro que nuestras prioridades giraban en torno de ansiedades, problemáticas y conflictos que nunca entendimos. En lo concurrido de nuestro andar, una que otra copita de licor y baile con los amigos suponían borrar parte de nuestra rara vida cotidiana.

En la mala administración que le hemos dado a la tierra, aparece un nuevo aporte que irrumpió la vida cotidiana del mundo. Algo tan pequeño pero, a la vez, tan letal que se acopló a la velocidad de nuestra carrera diaria: un virus llamado Covid-19 penetró como alfiler al corazón de la naturaleza humana, nos recordó lo frágiles que somos, lo retrasados que estamos en una sociedad paradójicamente globalizada y que evoluciona a diario, o a si muchas personas lo han mencionado; se siente raro escapar del aire, de un enemigo invisible que no se sabe dónde está. En el nuevo contexto en que vivimos es clara la falta de orientación y de orden que muchos dirigentes no han podido entender; cada vez el agua nos llega más arriba del cuello y aún no se halla una respuesta que el mundo pueda formular.

Las calles concurridas hoy están vacías, el comercio, cerrado; las empresas, interrumpidas; los parques, solitarios; las escuelas, sin niños. Un escenario triste, doloroso, sin lugar para muchas emociones. El panorama medico evidencia los estragos del virus, nadie quiere ir a un hospital, ni siquiera los médicos, que son nuestra única arma activa para defendernos de la crisis que se percibe. Pero he aquí la chispa de la esperanza donde nace: valientes enfermeros y médicos se enfrentan a las circunstancias, sin importar el resultado de ese momento cercano a la muerte que los mira, pero le son esquivos. Parece que algo los cubriera, como si unas manos ajenas los abrazaran y no permitiera que los toque el horror; siguen ayudando, siguen confiando, siguen creyendo a pesar de las circunstancias.

En la penumbra de la crisis no todo está dicho. El hambre agobia familias, la falta de techo inquieta muchos hogares, la economía cada vez es peor, la salud está al borde del colapso; aun así, siguen aguantando. Familias enteras siguen intentando sobrevivir el día a día, hogares completos resuelven su dormida diaria, en medio de tanta crisis, incluso de ese modo, se percibe algo bueno, algo agradable como si alguien ayudara. Parece que en lo simple estamos empezando a hallar el verdadero valor de la vida. Hoy es de gran importancia una mañana cálida soleada que permite tener esperanza, hoy entendemos el valor que la lluvia nos regala, su utilidad nos beneficia de gran manera. Hoy los saludos son más sinceros, no nos sentimos solos en la lucha. hoy las cosas buenas alejan malas pretensiones y aparece el amor; qué felicidad sentir emociones ajenas, percibo como si alguien diligente, sencillo y noble estuviera haciendo un trabajo del que no nos damos cuenta, como si pusiera cosas simples, a la vista de todos, que generan grandes emociones en instantes en que parece no haber una salida. Estoy convencido de que la imaginación puede volar, pero es claro que no es la imaginación de donde nace la percepción que este autor expresa. Creo que mi alma conoce bien el verdadero sentido de estas palabras y lo reales que son, parece como si alguien las hubiera puesto allí.

Es llamativo poder distinguir el concepto de libertad que se aprecia en medio del encierro. La naturaleza crece de una forma más independiente que nunca, los animales son más libres en un hábitat que no era compartida, la Tierra respira libremente sin tanta contaminación; sin duda alguna, en medio de tanta dificultad sigue brotando esa semilla de esperanza, un concepto más que ha estado inherente en la vida humana, pero que nunca lo habíamos tomado en cuenta. Las personalidades rígidas han cambiado, la decisión de decir un no rotundo es evaluada, hoy la humanidad intenta decir sí a la ayuda para el bienestar de otros, sí al amor, a la dulzura, a la paciencia, al respeto, al cariño natural como con el que fuimos creados. Me pregunto en lo más íntimo de mi ser, ¿por qué se había perdido esto?, ¿tras qué cosas íbamos o poníamos nuestra atención?, ¿es tal vez mejor eso que lo que tenemos ahora?

La silla quebrada que vuelve a ser útil, la puerta desajustada que cierra perfectamente, el reloj de pared que no servía y ha vuelto a sonar a la hora del almuerzo, el tiempo de jugar con los niños, con los hermanos, con los padres; lo hermoso de un beso robado, un desayuno sorpresa, una comida familiar, una carta escrita a mano, un te amo, una oración juntos. Grandes actividades muy útiles que acuden a lo humano, a la belleza de lo simple. Hace cuánto no sucedía algo así en la familia de muchos. En la intimidad de muchas casas se volvió a oír el tan conocido escondite, el famoso stop de palabras o los populares juegos de mesa, que, por los gritos de los niños, sé que el vecino de mi derecha juega. Es más, el premio se lo lleva mi hermano de 24 años, quien creó una cancha de tenis en el garaje de la casa, solo risas nos ha sacado con este maravilloso invento inspirado en sus hermanos pequeños, y eso que se suponía ser la persona menos amigable del hogar. Ahora bien, de dónde nació ese deseo, ese amor que no se conocía, esa facultad de ser creativo; pareciera que algo o alguien lo hubiera cambiado, no me atrevo a preguntarle y lo respeto mucho, pero le doy las gracias por ser como es ahora.

Ya casi es mediodía y un maravilloso cielo nos cubre. El parque diagonal a la casa cuenta con un árbol frondoso, pareciera que sus ramas bailaran con el aire, la melodía corre por mi cuenta; un par de audífonos marca Samsung es suficiente para alegrar mis oídos. Cierro mis ojos, hago una pausa. La música acústica es mi preferida y muy dentro de mí danzo con alguien especial, una persona amorosa noble y sincera; miro sus ojos color miel, su sonrisa es encantadora, detrás de sus orejas un par de remolinos de su pelo negro que la adornan, su nombre rima con feliz y sin duda no hay palabras para este hermoso momento, no hay nadie más que ella y yo. En la intimidad de mi cuarto lloro de emoción y es que, si tuviera el privilegio de devolver el tiempo no hubiera dicho algunas palabras de las que me arrepiento todos los días. Las jornadas de mi encierro se han combinado con citas de baile, con alegres momentos familiares, con las emociones ajenas de las que puedo ser parte, con las sonrisas que puedo intercambiar con otras personas; qué gran alegría se descubre en lo simple de lavar la loza y sentir el gozo de ayudar a mi madre, que ella o ellas han sido trabajadoras incansables.

El televisor pegado a la pared blanca de la sala presenta el informe de la crisis del país, pero, también, las dificultades del mundo. Pareciera que todo lo anterior no fuera real, que todo lo que siento fuera simple ficción, no concuerda su realidad con la mía. Me pregunto qué es lo correcto: ¿estar afanoso por las malas noticias diarias, o por buscar una pizca de esperanza en medio de tanta crisis? Sería lo correcto, tal vez, ¿aceptar la realidad de un trance que no ve salida, o ver las cosas positivas en medio de la angustia? Me pregunto también ¿cuál es el fin real de esta cuarentena?, ¿aislarnos para simplemente no enfermarnos?, ¿conocer lo que pasa a diario con el virus sin hacer más que ver y oír?, o hay en el contexto un propósito más importante que no nos hemos preguntado o que no hemos conocido. Estas preguntas tienen muchísimas percepciones, unas muy políticas, otras muy científicas, quién sabe. Tal vez ahora entiendo por qué al comienzo de estas líneas acudo a mi alma, como si alguien pusiera palabras adecuadas, preguntas nunca formuladas o me corrigiera sobre lo que es correcto hacer.

Esta cuarentena es mi mayor experiencia, el aprendizaje que me deja no queda escrito en cuadernos o folletos de presentación: queda marcado en la mente y el corazón. No vale simplemente con mencionar y señalar cualidades, sino tratar de ser diligentes a través de acciones y ejemplos, no para ser vistos y recibir aplausos orquestados o voces que alimenten nuestro ego; el único libro que en mi vida me ha interesado leer me enseña las cualidades de un hombre que a través de lo sencillo y lo simple promueve la ternura, el respeto, la solidaridad, el amor por los demás y el cariño natural que la humanidad debería sentir. Promueve la fe y la esperanza en tiempos de crisis. Advierte lo que es malo y no deja de enseñar lo que es bueno, tanto así que por amor pasó por diferentes situaciones no muy alejadas de nuestra realidad, perseguido por males que lo acechaban, y por situaciones y sufrimientos dirigidas por personas incrédulas que solo buscaban hacer daño. Él murió por quienes amaba sin esperar algo a cambio, ofreció su vida para salvar muchas vidas y he aquí una gran enseñanza.

Siendo ya de noche con las estrellas de testigo y un plato medio lleno, percibo, cual susurro en voz baja, que no todo es malo como muchos lo reflejan, soy consciente de las necesidades de muchísimas personas, pero también veo la maravillosa oportunidad de parecernos al protagonista de mi libro y, en medio de la crisis, promover la fe y la esperanza de que desde el punto de vista para este autor es más preciado que el oro y la plata y que paradójicamente, lo que debería ser motivo de unión, promueve la desunión, las diferencias sociales y la competencia, que desacomodan el verdadero propósito que tiene la vida. Anhelo que usted pueda hallar una mejor respuesta si así lo siente.

En lo estrecho de mi cuarto, por ser pequeño y convivir con mi hermano, mi cama es sillón a la vez y ya tiene un hueco de estar toda la tarde reposado escribiendo, borrando y volviendo a escribir sensaciones que mi alma y mi corazón producen. Pareciera que no fuera yo de quien nacen estas palabras, como si alguien con sus manos acomodara cada frase, cada letra, intentando expresar algo más que lo visible. Es como si mis manos fueran dirigidas, no por su naturaleza misma, sino por la gracia de alguien que las impulsa. En medio de estas líneas recuerdo una canción que habla de la belleza de las manos, lo humilde que son para hacer lo que queramos. Imagino la satisfacción de las manos de un médico que ayuda a sanar, o las manos que abrazan en medio de la soledad, pero, a la vez, qué bonitas son las manos de una mujer dispuesta a casarse, o la maravillosa ternura de unas manitos pequeñas recién nacidas. O el triste contraste de las manos de aquellos que hacen daño, o las garras de aquellos segados por la ambición, o manos que ordenan a la guerra y producen desolación. Y qué hay de las manos incomparables de una madre al acariciar a un hijo, similar al amor de las manos de alguien que nunca ha estado lejos de nosotros, que intenta ser escuchado a pesar de las circunstancias que producen ruido en el mundo. Unas manos que sin duda han estado dispuestas a interceder por nosotros en los momentos más difíciles. Unas manos más reales que lo que palpamos. Unas manos que pretenden dirigir nuestro camino y que, a su vez, sirven para corregir lo malo, unas manos que acomodan y organizan lo que debe estar en su lugar. Unas manos que alivian el dolor y producen sanidad, salvación, alegría, bienestar y paz. Esas son las maravillosas manos de Dios, unas manos santas.

No queda mucho por decir de esta historia alineada, orientada y, a su vez, necesaria para el mundo. Siento una chispa de emoción y de agrado por todo lo anterior.

Una historia inspirada por Dios.

Por: Luis Ángel Quintana.
Comunicador Social
Universidad Uniminuto, Ibagué.

*Si tienes textos, crónicas o notas literarias sobre esta pandemia puedes enviarlos al correo alexcorrearcn@hotmail.com, y los publicaremos en nuestro medio.

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