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Luis Carlos Rojas Garcia

Los días oscuros

Regresaron, regresaron… han regresado y nadie sabe a ciencia cierta cuándo se van a marchar. Llegaron en caravana, riendo, gritando y sin avisar. Vuelven los días oscuros y con ellos, aparece el miedo, las sombras, la comparsa del terror camuflada entre juegos que juegan incluso, los que no quieren jugar; porque, la apariencia está primero y qué sería de estas tierras gélidas si la gente no pudiese aparentar.

Llegan los días oscuros, los días fríos en donde el sol se esconde porque su depresión es más grande que su luz ancestral. Llegan esos días en donde las mentes se revuelven en medio de la locura y todos los saben, pero prefieren callar; es mejor así, no importa que por omisión también se peque, los habitantes de este lúgubre lugar prefieren pecar.

Estoy atento a las miradas, es lo único que puedo observar; estoy atento y he comprobado que los ojos son el reflejo del alma; por esta razón, sé que todos tienen el mismo miedo, la misma sensación que tengo yo cada vez que los días oscuros aparecen y se quedan tanto tiempo que a la final ya no sabes si es de día o de noche, si estás vivo o muerto.

Cuando llegan los días oscuros, los viejos y las viejas miran a través de las ventanas de su encierro, saben que durante estos días los huesos dolerán mucho más, por eso piden a sus cuidadores que aumenten un poco la dosis de morfina, para que puedan soportar los que acaban de llegar.

Los niños y los jóvenes hacen lo propio, pero, tienen más energía, así que pueden soportar un poco mientras se les atrofian los huesos y la mente. Los adultos ¡Oh los adultos! Los pobres miserables, encerrados en sus jaulas de compromisos y angustias, son una suerte de clase media; esta es la razón por la que sufren más, porque saben y son conscientes de a dónde van a parar.

Vuelven los días oscuros con los demonios que van despertando poco a poco de su largo sueño y harán exactamente lo que saben hacer para que el paraíso siga siendo lo que realmente es: ¡Un infierno al que todos anhelan viajar!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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