¿Mafia en la política: no serán más bien las Casas Políticas?

Imagen de referencia.

El ejercicio político – electoral rebasó todos los límites legales, morales y éticos.

Empecemos con la afirmación del alcalde de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo, quien indicó que “el Cartel del Norte del Valle hacía presencia en la campaña política”. Consultados varios oficiales, activos y en retiro de la Policía, que incluso combatieron a ese grupo, expresaron que la organización no existe como tal y que hace años fue desmantelada por las autoridades.

Los últimos capos conocidos del Cartel del Norte del Valle, tuvieron final trágico: Wilber Alirio Varela, alias ‘Jabón’ fue asesinado en Venezuela, en 2012. Diego Montoya, ‘Don Diego’, extraditado a los Estados Unidos, hace varios años; lo mismo que Hernando Gómez Bustamente, alias ‘Rasguño’.

Los mismos oficiales de inteligencia consultados recuerdan que hace 15 años, en el enfrentamiento desatado entre Varela y Don Diego, se generó una guerra interna entre los capos que los llevó a crear unos ejércitos privados, ‘Los Machos’ y ‘Los Rastrojos’, que cometieron masacres, descuartizamientos y vejámenes en muchas regiones del país, pero cuya violencia no llegó a Ibagué ni al departamento.

En el Tolima sonó Eduardo Restrepo, el ‘Socio’, empleado de Varela, condenado, extraditado y deportado, quien aún anda en Ibagué en fiestas y eventos sociales. Según los informes de inteligencia y procesos penales consultados, el Socio no fue un gran capo, y su papel en la mafia quizá fue maximizado por algunos medios y sectores locales. Lo que sí es cierto es que el narcotraficante invirtió en negocios legales de Ibagué, en constructoras, empresas, bares, restaurantes y demás, que a través de los años han hecho la vista gorda sobre el origen de esos dineros calientes.

A propósito del Socio, en 2015, el entonces candidato Jaramillo dijo que una campaña estaba recibiendo dineros del narco, y como ahora, sin ofrecer elementos de prueba que soportaran la gravedad de lo denunciado. Dicha afirmación no llegó a comprobarse; tampoco se ha conocido de pronunciamiento alguno de los organismos competentes.

Hoy, suenan en el país carteles como el Clan Úsuga, el Clan del Golfo; incluso carteles mexicanos que arriban al país a negociar directamente la droga en Colombia.

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¿La verdadera mafia política, no podría estar en ciertas casas políticas, que llevan años poniendo y quitando puestos y contratistas?

Como mafia, acuden al soborno, a la persuasión suave, o quizá a la amenaza velada para obtener licitaciones, coimas, contratos y puestos en juntas directivas, públicas o privadas. Lo mismo que renglones en las listas electorales, empleando las mismas tácticas con partidos políticos y sus directivos.

¿No han practicado el nepotismo y hasta la endogamia, reservando los puestos de poder solo a los allegados, al estilo de la ‘buena’ familia a la siciliana, que solo se puede confiar en los parientes de sangre, porque alguien fuera del clan puede traicionar y llevarse dinero y secretos delicados?

¿No suenan en el gremio de las licitaciones los nombres de los mismos ingenieros que se ganan puentes, acueductos, pavimentaciones y que extrañamente aparecen financiando debajo de la mesa a los candidatos que luego los favorecen con los contratos? Revisen el caso del ingeniero Didier Portela, uno de los mayores beneficiados de contratos del Ibal, que ‘trabaja’ desde hace años y es cercano al dirigente Mauricio Jaramillo.

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¿No son tácticas mafiosas seducir a los líderes de los barrios con contratos en lo público y luego amenazarlos con botarlos del cargo si no ‘agradecen’ con el voto propio y los cientos más que deben conseguir a las malas? Lo mismo para los contratistas con los que llenan la ‘nómina paralela’ de las entidades públicas, municipales y departamentales.

¿No sobornan con dinero, contratos o favores a fiscales, jueces, magistrados, para que los cubran, mantengan el silencio sobre sus actividades, y terminen archivando o dilatando en el tiempo casos palmarios de corrupción estatal?

¿No es táctica mafiosa sacar talegadas de plata el día de las elecciones para pagar transporte, pregoneros, activistas, y ponerle precio en efectivo al voto ciudadano con la misma amenaza velada de perder el favor del candidato que ‘premiará’ a sus súbditos una vez esté encumbrado en el cargo?

¿Cuántas asociaciones, casas políticas, grupos y camarillas conocen en municipios, en el Tolima, en otros departamentos, en todo el país?

Quizá en lo único que se diferencia la mafia tradicional con la mafia política reinante y emergente, es que por lo menos en la política local no ha llegado a correr sangre contra rivales o traidores. O tampoco lo sabemos.

Ojalá no suceda con el maridaje descarado entre lo público y la política lo que ocurría con algunas organizaciones al margen de la ley que “combinaban todas las formas de lucha”.

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